Desde el comienzo de la crisis sanitaria debido a la pandemia de COVID-19, no deja de sorprender la frecuencia, casi diaria, de actitudes o decisiones tomadas por parte del presidente brasileño Jair Bolsonaro, que generan asombro y desconcierto en uno de los países con mayor número de casos en el mundo y también en número diario de muertes.

Desafiando la lógica, el presidente Bolsonaro decidió ir a contramano del mundo y no adoptar las medidas de aislamiento recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS). A partir de esto, el mandatario brasileño se refugió en los fanáticos más radicalizados y su círculo político más cercano, mientras el colapso sanitario se agravaba con la escalada de casos y el discurso se endurecía.

En este contexto, la crisis se potenció con la renuncia del entonces Ministro de Justicia, Sergio Moro, además de Henrique Mendetta, su Ministro de Salud, por la conducción del colapso sanitario. Sumado a la rebelión de los gobernadores de distintos estados que decidieron tomar medidas propias, independientemente y en contramano del ejecutivo nacional, generando incluso tensiones en el propio partido del presidente.

A la par de la situación política turbulenta, la economía brasileña arrastra un gran estancamiento desde hace 5 años. Cuando insinuaba una recuperación, la pandemia volvió a hundirla. La caída en el nivel de actividad amenaza con un aumento dramático de la pobreza.

Aún así, y contra todo pronóstico, incluso entre rumores de impeachment, Jair Bolsonaro ante un panorama político oscuro dio una vuelta de timón en su postura y apostó a subsanar los problemas generados por la pandemia y de esa manera controlar la crisis. Con un número de encuestas mensuales nunca visto en la política brasileña, la popularidad del presidente repunta, la economía se recupera y sus adversarios políticos pierden valor ante este nuevo contexto.

Estas nuevas circunstancias no son casuales, ni obra del azar. La realidad del país forzó a su presidente a suavizar su estrategia confrontativa y decidió empezar a sobrevivir a los dos años de mandato restante. Es así que, ante la catástrofe sanitaria, el gobierno lanzó un paquete de medidas de ayuda económica a los sectores más vulnerables. Al ya famoso programa “Bolsa Familia”, se sumó el denominado auxilio de emergencia, que tuvo impacto en mas de 60 millones de personas. De esta manera nació la “Renta Brasil” que busca unificar todos los beneficios sociales en un solo programa. Este nuevo perfil económico tomado por Bolsonaro lo encuentra ante un Ministro de Hacienda ultraliberal quien debe ceder ante las exigencias de la realidad y a la propia situación electoral del presidente.

Jair Bolsonaro parece haber encontrado un punto estratégico en medio de una gran crisis, es así como, a partir de las medidas económicas, el presidente pudo repuntar su popularidad y aprobación, acompañado de una merma de su imagen negativa. Incluso, ganando territorio en sectores que históricamente respondieron al liderazgo del ex presidente Lula Da Silva

Sumado a esto, la oposición al presidente parece no encontrar un hilo conductor que pueda plantear una verdadera escalada política en contra del mandatario, ya que, entre los distintos sectores existe una especie de apatía para formar una coalición. Paralelamente, el partido de Bolsonaro, Alianza por Brasil, inició un acercamiento parlamentario hacia el centro con el objetivo de ampliar su base política y asegurar un mínimo apoyo legislativo dejando el camino libre para nuevas medidas.

Teniendo en cuenta lo referido anteriormente, los sondeos que plantean escenarios electorales corroboran que el actual mandatario superaría a cualquier adversario, incluso a Lula quien por motivos judiciales no puede presentarse. Aunque estos supuestos son muy prematuros, ya que los comicios no se llevaran a cabo hasta el 2022, una realidad arrasa con todo el sistema político brasileño: Bolsonaro salió fortalecido de la crisis y parece no tener contrincantes.