La experiencia de aprender a vivir como opositor en un régimen totalitario convierte en víctimas no solo a los sujetos a los que se priva de su libertad por manifestarse contrarios a este, sino a todo el círculo familiar que los rodea, que debe convivir con el íntimo sentimiento de zozobra ante cada secuestro, ante cada desaparición, y con el estigma social.

Las personas que convivimos con opositores en Cuba nos vemos abocadas a situaciones vitales y rutinas que comúnmente no formarían parte de nuestra cotidianidad. Conservamos nuestro puesto de trabajo, muchas veces en una institución estatal; quizás hasta hagamos aparición en reuniones del los  Comité de Defensa de la Revolución (CDR); tenemos amigos que desconocen la situación política familiar; pero sentimos que una porción de la realidad nos ha sido revelada, sin que podamos ir hablando de ella a los cuatro vientos. Sentimos que alternamos entre dos mundos. No quiero sugerir que los opositores políticos son seres extraordinarios, puesto que me afano en sostener lo contrario, que son gentes tan normales como todas. Solo me interesa reivindicar las sensaciones de secreto y estigma que tenemos que desmontar los familiares en el día a día.

Lo cierto es que si eres madre, esposo, hija de un opositor político en Cuba, aprendes pequeñas manías, como limitar la profundidad de las conversaciones telefónicas; entrenarse en la identificación de posibles oficiales de la Seguridad del Estado, sus motos, sus cascos; o aterrarse cuando el teléfono celular de tu allegado está con insistencia apagado o fuera del área de cobertura.

Las horas o días que transcurren mientras un familiar opositor es víctima de una detención arbitraria nos desafían con su mezcla de inverosimilitud y zozobra a quienes nos quedamos en casa. Durante esas horas, la colisión entre esos “dos mundos” se manifiesta con su angustia rotunda.

El camino que uno seguirá después que confirme la detención varía en función de cuánto se sabe alrededor del hecho. No siempre somos testigos del arresto, a veces nos enteramos por un amigo, o por un testigo anónimo; casi nunca es posible saber a qué unidad policial (u oficina no identificada, o terreno descampado) han llevado al secuestrado. El peor escenario es cuando ni siquiera tenemos certeza de la detención, ni de la hora en que ocurrió. A partir de ese momento, echa a andar una maquinaria de rutinas y de vivencias exclusivas de cada episodio, que en algún sentido van cobrando fluidez gracias a la experiencia. Uno abre el closet y se pone el traje de ocasión para tales circunstancias.

I.        Denunciar lo ocurrido es, lógicamente, el primer paso. Con ese acto, además, se activa la red de los primeros contactos ―periodistas independientes y amigos solidarios― que serán un sostén invaluable. Lo bueno es que cada vez se suman más patas a la mesa. Las redes sociales digitales son el sitio para unir la propia voz a la de los demás que se hagan eco.

II.        Gran parte de la energía habrá que dedicarla a intentar descifrar dónde está detenido nuestro familiar. El teléfono se convierte prácticamente en el único campo de batalla, hay que pasarse horas pegado al auricular. Al igual que los primeros contactos, es preciso tener ubicados los números de todas las estaciones policiales de la ciudad, de otros centros de detención como el Vivac, servicios de información de la PolicíaPolicia Nacional Revolucionaria (PNR), de Atención a la Población del Ministerio del Interior y de la Fiscalía General de la República. Las rondas de llamadas telefónicas a todas las unidades, entre líneas ocupadas, redireccionamientos y reportes de “negativo” o “detenido no está, porque no aparece en el sistema”, se empatan unas con otras.

Es casi improbable que en uno de esos sitios respondan que sí, que nuestro familiar está en un calabozo de esa unidad. Sin embargo, es seguro que en alguno de los números a los que llamaste estaba tu ser querido, a unas rejas del teléfono. Enterarse, siempre a posteriori, de la ubicación, es como un “lo que usted no vio” en las películas, pero esta vez, en lugar de risa, provoca ira y frustración. Un truco es llamar en el momento de cambio de guardia de los oficiales a cargo del teléfono, si bien no es seguro el horario del relevo. La única vez que he sabido dónde estaba mi esposo antes de su liberación fue así como me enteré. Al parecer el oficial entrante todavía no había sido advertido de que el detenido era un “CR” (contrarrevolucionario) y, por tanto, una pertenencia de la Seguridad del Estado.

Me gusta llevar el registro de cada llamada de esas rondas. Lo anoto en una libreta que tomé casualmente una de las primeras veces, y que guardo en una gaveta que yo bien sé. Es una libretica casera que hace años hizo una sobrina mía con hojas blancaspresilladas. En la primera página está su nombre con caligrafía de niña y una calcomanía de Hello Kitty;. (mMi sobrina ahora es una joven en otro país.) Allí, además de los nuevos teléfonos que voy sumando en cada detención, escribo las respuestas que recibo y las horas exactas de las llamadas. A riesgo de parecer obsesiva, me parece un buen método. Se sorprenderían de la variedad de incongruencias y cinismos que es posible recibir por respuesta.

Aparecerse personalmente en alguna de las estaciones es una buena estrategia, pero lamentablemente no resulta muy factible: habría que estar enterado del paradero del detenido. Si se conoce el sitio y la hora en que fue arrestado, una opción es dirigirse a la unidad principal de ese municipio, pues muchas veces se les conduce allí como una primera parada antes de ser derivados a las de otros municipios, probablemente muy distantes de su casa.

Entre los intentos de informarse con la policía Policía se insertan las llamadas al celular de la víctima. Mientras siga apagado o fuera del área de cobertura, se ratifica la condena. Yo llamo cada hora. Es una manera de refrescar la esperanza, es el momento de mayor cercanía e intimidad con la persona que más echamos de menos, aunque los timbrazos nunca lleguen.

III.            Los que quedamos en el hogar nos reafirmamos como sostén incondicional de quien mal subsiste en una celda y, con coraje delegado, nos blindamos ante cualquier reticencia de algún conocido. El apoyo de las personas de confianza y los aliados es un consuelo salvador para quienes sufrimos la espera. En mi libreta queda también anotado el nombre de todos los que telefonean o me escriben por Internet. Su ayuda nunca es reiterativa, nunca es excedente. Es, sin dudas, el saldo positivo del evento; y el más bello testimonio de una Cuba a veces oculta, pero palpitante.

Ese respaldo parte, ante todo, del resto de la gente en casa. Todos tienen que aceptar, con el menor costo emocional, que la familia ha pasado a un modo especial en que cada quien sirve a los demás como mejor puede, con tolerancia y paciencia. Los niños se incluyen en esa alianza, aunque sean pequeños y no puedan entender con la razón lo que está sucediendo, porque siempre están aptos para comprender que su madre, abuelos, tíos, los necesitan también a ellos.

IV.        En poco más de cinco años hemos pasado por diversas fases en la comunicación con nuestros hijos a propósito de una detención de su papá. De decirles que está ausente por motivos de trabajo, cuando eran pequeños; a hacer partícipe a nuestra hija mayor pero presentar otra versión ante el niño; hasta informarles en tiempo y claramente a ambos. Ya no tiene sentido mantener ocultamientos, después que nuestro hijo menor presenció una irrupción de agentes de la Seguridad del Estado, preludio de un arresto, en el camino al parque con su padre. El mensaje a los niños es, en definitiva, simple como un cristal y no necesita muchas variaciones con la edad: tu papá es un hombre bueno, tal y como tú lo conoces; por nada que diga nadie tienes que dejar de pensar eso; cuando llegue a casa lo vamos a querer más que nunca.

Los niños saben brindar, mejor que nadie, sosiego y frescor en esas horas, con simplemente estar con ellos. Las obligaciones, mejor reducirlas al mínimo. Esa tarde, en mi casa, no se hacen tareas escolares si no quieren, no se va a clases de inglés después de la escuela, se comen comidas sencillas que no requieran mucho tiempo de elaboración. La familia está en bloque en su puesto de mando.

V.        En esos días en que un ser querido está detenido, la ansiedad es la fuerza que corroe y debilita, el hueco oscuro del que hay que cuidarse. Caminar, ejercitar la respiración, intentar la oración o la meditación, tomarse un tilo o medicarseun clorodiazepóxido, las estrategias se van erigiendo a base de gustos, experiencia y posibilidad. La ansiedad, además, puede regresar bajo otros tintes en los días siguientes a la liberación. Ten paciencia, permítete volver a la vida a tu ritmo, recibe con todo el corazón a quien hasta ayer estaba en una celda. Respira y recuerda que ha terminado un capítulo más del camino hacia un país feliz.

 

Texto originalmente publicado por la autora en su perfil de Facebook. Ampliamente reproducido por la prensa independiente cubana, su humanidad, cercanía y valor lo hacen un testimonio relevante. Con algunas pequeñas modificaciones es compartido en este medio para visibilizar los costos emocionales de la lucha por la defensa de los derechos humanos en nuestra región. Su esposo, Boris González Arenas es opositor político y periodista independiente en Cuba.

Juliette Fernández

Graduada de Psicología. Es editora de la editorial CEDEM, del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana.