Recorrido por los conceptos de democracia, ciudadanía, cosmopolitismo y multiculturalismo, que ponen en diálogo la relación entre lo particular y lo general, entre lo público y lo privado, entre las pertenencias identitarias locales y globales, entre las sociedades y los Estados.

Resumen: El presente trabajo tiene por objetivo estudiar el concepto de ciudadanía, visto desde su evolución histórica, hasta el posible surgimiento de una ciudadanía global. Durante mucho tiempo, las ciencias sociales han anunciado que el proceso de globalización ha llevado al debilitamiento del estatus de los Estados nacionales y de los ciudadanos nacionales. El resultado será un aumento del cosmopolitismo y el surgimiento de una ciudadanía global. Sin embargo, ¿qué tan viable es abordar dicho concepto desde esta postura, siendo que, la participación política en las democracias es la esencia del mismo?

Abstract: The purpose of this paper is to study the concept of citizenship, from its historical evolution to the possible emergence of a global citizenship. For a long time, social sciences have announced that the process of globalization has led to the weakening of the status of national states and national citizens. The result will be an increase in cosmopolitanism and the emergence of global citizenship. However, how feasible is it to approach such a concept from this standpoint, given that political participation in democracies is at its core?

 

“Una ciudadanía informada es el único depositario verdadero de la voluntad pública”

Thomas Jefferson.

 

Presentando el Problema

Resulta ineludible, en cualquier agenda política del mundo, contemplar temas de sectores vulnerables que demandan el respeto a sus derechos,  que deberían gozar todos los ciudadanos por igual, sin distinción de clase social, preferencia sexual, etnia, entre otros. Lo cierto es que, aunque la propia definición de ciudadanía y las legislaciones vigentes favorecen la integración de estas minorías, en pleno 2021 se violentan los derechos de una gran cantidad de personas.

Expertos en el tema se han cuestionado qué sucede con la ciudadanía de los inmigrantes, al encontrarse en una nación ajena, sin documentos, sin derechos políticos y en donde su voz no es escuchada hasta que ocurra un proceso de naturalización. Mientras tanto, son personas que viven en penumbras. ¿Es que, acaso, la ciudadanía se resume en portar documentos que te acrediten como un connacional? Y si no lo eres, ¿entonces no eres un ciudadano?

De acuerdo a la obra “Ciudadanía y clase social” el concepto de ciudadanía moderna asume que existe una conexión política y legal entre el Estado y sus miembros. Por tanto, el individuo es poseedor de ciertos derechos políticos, civiles y sociales (Marshall & Bottomore, 1998). Con base en esto, ciudadanía significa incluir a determinadas personas en la comunidad política y, al mismo tiempo, excluir a otras. Por otro lado, de manera intrínseca, ciudadanía es una forma de identidad social y política, ya que implica una conexión emocional y de lealtad para con el país natal (Heater, 2007, p. 13). De tal manera, de acuerdo con González y Chacón, el concepto de ciudadanía se puede definir como:

“Un estatus político y jurídico relacionado con un [E]stado que integra a las personas afectadas, al mismo tiempo que las dota de una identidad política, en un contexto sociocultural y en un determinado territorio y que desarrolla sujetos políticos activos y participativos” (2014, p. 307).

La visión que nos regala Allege sobre ciudadanía es la siguiente: “puede tener, fundamentalmente, dos significados. Por un lado, hace referencia a un estatus que atribuye derechos y deberes. Por otro, a un conjunto de ciudadanos/as que componen una nación” (2001, p. 37).

Aunque hoy en día surjan nuevas concepciones sobre la ciudadanía —como la cosmopolita, que sugiere una construcción social basada en la justicia y no en las barreras de la nacionalidad— por atractivas que fueran, no tienen cimientos firmes pues sólo avocan a la esfera ética. Tzvetan Todorov nos recuerda que Jean Jacques Rousseau así lo creía:

Las expresiones “derechos del hombre” y “ciudadano del mundo” encierran, una y otra, una contradicción interna: para poder gozar de derechos es preciso ser, no hombre, sino ciudadano; pero […] únicamente los estados poseen ciudadanos, y no el mundo. Estar a favor del derecho implica que se está del lado del ciudadano y, sin embargo, el mejor principio de justicia es el de la universalidad (2010, p. 215).

En el presente texto abordaremos tanto la evolución histórica de la ciudadanía como las dos visiones que predominan hoy al respecto: el paradigma clásico, que liga el concepto de forma natural con un Estado-nación; y, por otro lado, el paradigma contemporáneo, que desdibuja las fronteras y atribuye a la sociedad un poder político, no para elegir gobernantes sino para generar cambios en favor de la convivencia social.

 

La ciudadanía: matrices conceptuales

El origen del concepto de ciudadanía, de carácter político, se remonta a la antigua Grecia, en donde involucraba la participación en asuntos de índole público con la finalidad de consensuar las decisiones más beneficiosas para la comunidad. En Roma, este concepto tenía un carácter legal y jurídico, pues otorgaba derechos y deberes a los ciudadanos a los que consideraba iguales ante la comunidad política. Entendiendo que ciudadanía es el vínculo jurídico que une a una persona con el Estado y la comunidad que se organiza políticamente. Esta supone la obtención de una serie de derechos y obligaciones políticas, económicas y civiles.

Para analizar el tema concerniente a las características de la ciudadanía clásica, debemos recordar que la democracia ateniense era una democracia directa, demarcada dentro de un territorio denominado polis, y era restringida ya que no todos podían votar. Los cargos públicos no eran elegidos, sino sorteados y  en su contexto social, se permitía y practicaba la esclavitud. La ciudadanía, desde entonces, se consideraba una condición propia de la naturaleza humana (zoon politikón). La filosofía griega se encargó, mayoritariamente, de reconocer en el hombre un animal político, por tanto, se decía que el hombre tiene, en esta naturaleza política, un elemento propio de su esencia natural: el poder de participar en el gobierno de la polis. Por ello Aristóteles decía que: el ciudadano que no participara en el gobierno de la polis y sólo se dedicara a sus negocios particulares era un idiota, pues negaba su naturaleza política.

Por otro lado, no tener la categoría de ciudadano, implicaba una condición inferior a la de un animal político. En consecuencia, ser extranjero representaba una exclusión de la ciudadanía, significaba  una degradación de la condición humana. La ciudadanía era un derecho adquirido, pero de carácter restringido. El ejemplo tácito fue Esparta, que no evolucionó hacia la democracia como Atenas y el resto de las polis griegas. No todos podían ser ciudadanos, solo los hombres nacidos en la ciudad, hijos de padres citadinos, mayores de 20 años y que fueran libres; se privaba de estos derechos a los esclavos, mujeres y extranjeros.

Ser ciudadano implicaba el derecho a poseer tierras en las polis, a participar en cultos religiosos, a votar las leyes, a ser sorteados para los cargos públicos, a votar a mano alzada las decisiones sobre el buen gobierno y progreso de la polis, los que se llevaban a cabo en la parte alta de la ciudad, etcétera. También implicaba obligaciones como el pago de impuestos, la defensa de la ciudad-Estado y conocer las leyes y respetarlas.

Este concepto se revolucionó, en el siglo XVII, con la formulación de la teoría contractualista, conocida como el pacto que el hombre establece para vivir en una sociedad, teorizada por Locke, Hobbes y Rousseau. Es entonces que se suprime el origen divino del poder.

El pensamiento de Rousseau, con su modelo político, revela cómo la ciudadanía debe ser aceptada como soberana, pero al mismo tiempo, niega que la soberanía deba ser independiente del pueblo. Afirma que, en cualquier régimen legal, el soberano es el pueblo, refiriéndose al “pueblo” como un grupo de ciudadanos que son miembros de una comunidad política y que controlan colectivamente las decisiones concernientes a todos. Por tanto, Rousseau consideraba que el resultado de un sistema político depende, en primer lugar, de la unidad entre los ciudadanos, de su compromiso con la sociedad, del ejercicio de las virtudes y de la búsqueda de la libertad republicana. La unidad política se logra mediante la separación de soberanía y sujeto. Su posición muestra que a los ciudadanos les gusta la ley, pues saben que es la garante de su libertad. Su virtud es obedecerla y, en consecuencia, son un apoyo para el Estado y el mejor garante de la ley.

Si abordamos el pensamiento de John Locke veremos que trató de imaginar una sociedad donde la gente viviera en un Estado natural, sin reglas ni leyes. Profesó que en una sociedad así, los individuos sienten la necesidad de establecer orden por sí mismos para protegerse. Consideraba que el propósito del gobierno era proteger los derechos naturales de sus ciudadanos, los cuales eran: la vida, la libertad y la propiedad; todas las personas deberían gozar de estos derechos, automáticamente, desde su nacimiento. Cuando el gobierno no protege estos derechos los ciudadanos tienen la potestad, e incluso la obligación, de derrocarlo.

Durante el siglo XVIII, con la Ilustración —período en el que tuvieron lugar la Revolución francesa y la guerra de Independencia de los Estados Unidos—, se reivindicaron los derechos de los ciudadanos y se estableció la condición de ciudadanía para los miembros de un Estado, quienes tendrían derechos y obligaciones; en ello residiría la soberanía. Más adelante, en el siglo XIX e impulsadas por la ideología de la Ilustración, surgieron las revoluciones que lucharon por la defensa de las libertades y los derechos del ciudadano.

Todo esto derivó en el concepto de ciudadanía que conocemos hoy, mismo que combina atribuciones jurídicas y morales. Con ello se entrelazan las ideas liberales más racionales enfocadas en la justicia con las ideas más comunistas, enfocadas en un sentimiento de pertenencia. Se vive, además, un nuevo concepto social debido a la globalización, tanto social, como económica y cultural, además de los nuevos medios de comunicación que han transformado el planeta, creando nuevas necesidades y alterando las que ya existían. Es entonces que se reclama la intervención del Estado para que garantice el bienestar de todos los ciudadanos.

Así como se creía que los contratos sociales solo podían llevarse a cabo entre hombres, los derechos políticos se otorgaron, gradualmente, a todas las personas, con independencia de su género, sector social, estatus económico, ideología o religión, dando paso a los derechos humanos. No obstante, a pesar del reconocimiento formal del goce igualitario de estos derechos, en ciertos grupos sociales no se ha hecho efectivo. Basta con recordar que, durante muchos años, las mujeres han sido excluidas del proceso político. Aunque hoy en día su derecho al voto es innegable, existen países donde la posibilidad de ostentar un cargo público para una fémina es remota. En la actualidad, ser ciudadano significa convertirse en miembro pleno de la comunidad, gozar de los mismos derechos que todos, pero también, tener las mismas oportunidades para influir en el destino de la comunidad.

De acuerdo con Marshall & Bottomore (1998), la ciudadanía se manifiesta en tres aspectos: por un lado, porque la comunidad a la que pertenece es una fuente de identidad colectiva (nacional); por otro, porque los individuos poseen cierto estatus legal, lo que les garantiza un piso de derechos consagrados en las leyes de su país; y, por último, porque dicho estatus legal otorga a las personas la facultad de elegir el rumbo de las instituciones políticas, a través de su participación electoral. Estos tres aspectos se interrelacionan en el mundo real y son el punto medular de algunas tendencias filosóficas, tales como el comunismo, el republicanismo, o  el liberalismo.

 

Ciudadanía y globalización: nuevos marcos, nuevas identidades

En las últimas décadas las diferencias entre la esfera pública y la privada, el impacto de la globalización, los ciudadanos internacionales, el crecimiento en la diversidad social, o incluso de las crisis económicas han desafiado de manera contínua la visión multidimensional de los ciudadanos. Dichos factores están constantemente discutiendo el concepto de ciudadanía, por ejemplo, con respecto a la diferencia entre espacio público y privado. La historia nos muestra cómo diferentes grupos obtienen derechos de ciudadanía por igual y cómo la filosofía se olvida de explorar lo que sucede en el espacio privado.

Olvera menciona en su obra que desde la perspectiva sociológica y la filosofía política podemos conceptualizar la noción de ciudadanía:

La sociología se pregunta por el origen histórico del estatuto de ciudadanía, por su evolución y desarrollo, y por el contenido de los derechos que constituyen la ciudadanía, y ubica estos procesos como parte de una larga etapa histórica en la que las relaciones entre los individuos y el Estado se han ido redefiniendo. La filosofía política se cuestiona sobre el carácter y el sentido de la ciudadanía, sobre el significado de ser ciudadano, sobre las relaciones que debe haber entre individuos y Estado, y sobre las relaciones entre ciudadanía y democracia. (2008, p. 17)

Es decir, desde el enfoque sociológico Olvera define a la ciudadanía como la existencia de una correlación entre los individuos y el Estado, la cual, a lo largo de la historia, ha evolucionado y se ha reescrito. Pero también ha sufrido cambios y rupturas, provocando que esta relación, en algunos aspectos, se haya mantenido, y que en otros se haya quebrantado. Debido a que, en muchas ocasiones, no se han tomado en cuenta las minorías que diariamente luchan por sus derechos, se produce una comunicación disruptiva que imposibilita mejorar el sistema político de un país. Así, la ciudadanía como sentido de pertenencia nacional nos remite a una serie de reglas que permiten, a determinada población, aceptar a alguien como un connacional, es decir, como un ciudadano en plenitud de sus derechos, fundados en el reconocimiento de pertenencia al Estado-nación (Olvera, 2008, p. 18).

Los beneficios legales implícitos en la nacionalidad de una persona constituyen la esencia de la misma del concepto de ciudadanía, tales como el derecho a votar y ser votado, poder desempeñarse en un cargo público, el acceso a la seguridad social, a la educación pública, o bien, el derecho al empleo y a la propiedad privada. Si bien no son derechos aplicables en todos los países, pues cada régimen tiene particularidades propias, es importante destacar que existen derechos humanos consagrados en tratados internacionales, los cuales establecen límites a la soberanía de los países. Específicamente, existen dos principios en dichos tratados que tienen por objeto restringir la discrecionalidad de los gobiernos respecto a la ciudadanía, estos son: el “principio universal de no discriminación a los derechos humanos” y el “principio de no ciudadanía”. Por otro lado, “la capacidad de estos sujetos para elegir a quienes han de gobernarlos y los derechos sociales garantizan las condiciones mínimas de supervivencia y dignidad para todos los miembros de una comunidad en condiciones de igualdad” (Olvera, 2008, p. 18).

La importancia del ejercicio de nuestros derechos reside en la participación activa en los procesos de elección pública, pues esta conforma nuestro sistema político democrático. Y no consiste únicamente en el derecho al voto y ser votado, sino que, en esencia, representa una forma del poder de expresión que tiene la ciudadanía. Tales derechos, en ocasiones, pueden ser violentados, al imposibilitar el sufragio a cualquier persona, o bien, obstaculizando el trámite de su identificación oficial, la cual es un requisito indispensable para emitir el voto.

Los derechos sociales que se mencionan han sido materia de debate en los últimos años, pues tienen por objeto regular la relación entre individuos con diferencias significativas, ya sea de etnia, de posición económica, de creencias religiosas o de otros ámbitos. Con ellos se persigue la igualdad y justicia social. Estos derechos son básicos y, generalmente, se consagran en las constituciones de cada país, además de los ya mencionados tratados internacionales en materia de derechos humanos que tienen como principio rector a la justicia.

La participación política de los ciudadanos es el común denominador en todos los países democráticos, pues el poder de decisión concentrado en la sociedad con miras a construir un mejor lugar siempre estará presente. La mayoría de las personas en el mundo son ciudadanos legales de algún Estado-nación y con ello pueden gozar de sus derechos. Sin embargo, ser un ciudadano también impone ciertas obligaciones, en términos de lo que el Estado espera de las personas sometidas a su jurisdicción. Por lo tanto, los ciudadanos cumplen ciertas obligaciones con su Estado y a cambio pueden esperar la protección de sus intereses vitales.

Es cierto que el concepto clásico de ciudadanía tal como la concebían los griegos y los romanos es elitista. No obstante, se trata de un concepto que está en constante expansión, con nuevos participantes como jóvenes, poblaciones inmigrantes, grupos sexualmente diversos, pueblos indígenas y afrodescendientes, entre otros. Los numerosos grupos sociales se han vuelto, por sí mismos, cada vez más democráticos e inclusivos, pues reconocen el valor de la convivencia social y el valor de la diversidad para la sociedad contemporánea.

Dado que las personas pertenecientes a las minorías están contempladas en el concepto moderno de ciudadanía, es necesario deconstruirlo para hacerlo más inclusivo y abierto a todos los que constituyen una sociedad moderna, diversa y pluralista. Por ejemplo, el filósofo canadiense Will Kymlicka (1996) propuso hablar de ciudadanía multicultural: “Las personas pertenecientes a diferentes grupos deben gozar del mismo reconocimiento y deben tener oportunidades reales de ejercer sus derechos, y el Estado tiene la obligación de hacer iguales a todas las personas”.

El concepto de ciudadanía tiene muchas más capas de significado. Al pertenecer a una comunidad, el ciudadano puede influir y participar de distintas formas en su desarrollo, además de contribuir a su bienestar. Por lo tanto, la ciudadanía se entiende como una práctica, la de desempeñar un papel activo en la sociedad. Esa participación podría ser dentro de su colonia, en clubes sociales o como líder de algún movimiento nacional. Es decir, aún a pesar de las legislaciones actuales, o bien, de la promulgación de derechos, existe una clara diferenciación en la sociedad, que se divide en clases sociales definidas por características específicas. No se limita a la situación económica, sino que incluye los comportamientos, los gustos, el lenguaje, las creencias éticas y religiosas.

La clase social es un indicador del estatus correspondiente a cada estrato de la sociedad. Generalmente cada clase social se distingue de otras de acuerdo a ciertas características que las definen, como la calidad de vida y su rol en la jerarquía social. Esto no significa que sean estratos sociales aislados, sino que generalmente se consideran entre sí. La clase dependiente, que se necesita orgánicamente, demuestra las diferencias y similitudes entre los individuos, así como la oportunidad de lograr una mejor calidad de vida y escalar de una clase social a otra. El aspecto político juega un rol esencial en la conformación de las sociedades, pues hace referencia al conflicto propio de las relaciones sociales y a la edificación de una identidad colectiva. De acuerdo al tipo de ciudadanía que se promueva será como se determine el tipo de sociedad que se busque construir.

Otro ejemplo de diferenciación social, es la llamada “comunidad LGBTTTIQ” que actualmente es  poco escuchada, dependiendo el país en miras, y que, a pesar de tener los mismos derechos que todos, en muchos Estados se ha hecho caso omiso de respetarlos y tomarlos en cuenta. Estos son sólo algunos sectores que no han sido respetados de manera igualitaria en su participación ciudadana. Por ello se debe tener en cuenta que, en la actualidad, es necesario escuchar la voz de estos movimientos sociales, teniendo como objetivo integrarlos en la toma de decisiones, al mismo tiempo que se promulgan nuevas leyes para satisfacer las necesidades de cada uno de ellos con el fin de que se respeten sus derechos, que intrínsecamente han adquirido a la par que los demás.

En otro orden de ideas, el proceso de globalización,  ampliamente explorado en la literatura científica (Bauman, 2010; Beck, 2008; Giddens, 2002), está transformando a las culturas nacionales y locales de todo el planeta, así como su proceso de identificación.

La “modernidad mundial” se refiere a la tendencia hacia la homogeneidad que afectará a ciertos espacios protectores de la tierra. En comparación con múltiples culturas locales la “modernidad mundial” ha producido un espacio unificado. Un espacio de difícil hegemonía. Al contrario de la “memoria colectiva nacional de masas” también existe una tendencia a producir “memoria colectiva internacional de masas” (Ortiz, 1998).

Asimismo, se reconoce que:

Los artífices de la memoria nacional fueron el Estado y la escuela. […] Los artífices de la memoria internacional popular son, en primer lugar, los medios de las transnacionales, quienes tienen la capacidad de generar un conjunto de imágenes que se transforman en referentes culturales (Ortiz, 1998, p. 64).

Este tipo de cultura transnacional a menudo entra en conflicto con la cultura étnica arraigada en el área local. Por tanto, se está produciendo la homogeneización de la occidentalización que refleja principalmente ciertos valores o líneas de poder, como el consumismo. Esta homogeneidad es desafiada por fuerzas locales que enfatizan la diferenciación. La mayoría de los científicos sociales confirman esta dicotomía de dinámicas; por un lado, la de una homogeneidad cultural, pero, por otro, la dinámica de diferenciación entre lo local y lo global. Pero, para la mayoría de las personas, el desafío “lo plantea una cultura global emergente, de procedencia occidental, en su mayor parte (estadounidense, en realidad), que penetra en el resto del mundo, tanto en el nivel de la elite como en el nivel popular” (Berger y Huntington, 2002, p. 13).

Por tanto, la construcción de la identidad social se ve particularmente afectada por esta cultura global, que es aceptada, a veces rechazada o incluso negociada por los individuos. En el mundo actual la ocurrencia de la paradoja de la identidad hace que algunas personas parezcan estar demasiado seguras de quiénes son, mientras que otras no tanto. Esto es así porque la identidad se compone de múltiples niveles: género, edad, pertenencia a la comunidad o cultura del gusto y consumo. La elección de adoptar estos factores es, generalmente, racional, y los individuos tienen cierta capacidad para negociar con su propio entorno cultural y establecer su propia identidad.

La identidad no es un proceso automático que refuerza los supuestos no críticos de los individuos, sino que es una estructura social alrededor de la cual pueden negociar sus posiciones. Sin embargo, existe cierto debate sobre la existencia de una identidad principal, que da sentido a todas las demás identidades. Algunos autores afirman que no existe tal cosa, pero las identidades funcionan en paralelo. Amin Maalouf, por ejemplo, sostiene que la identidad posee varias capas.

En todas las épocas hubo individuos que nos hicieron pensar que había una sola pertenencia primordial, tan superior a las demás en todas las circunstancias que estaba justificado denominarla identidad. La religión para unos, la nación o la clase social para otros. En la actualidad, sin embargo, basta con observar los diferentes conflictos que se producen en el mundo para advertir que no hay una única pertenencia que se imponga de manera absoluta sobre las demás (Maalouf, 2010, p. 21).

Es posible que haya relaciones jerárquicas entre las identidades personales, pero esto no es estático, sino diverso. La raza, la religión, la etnia, el género o la edad pueden tener cierta importancia para las personas, en diferentes momentos, dependiendo de su entorno social e histórico. Con base en lo anterior, es posible sostener la existencia de múltiples fuentes de identidad. La nacionalidad, ciudadanía, raza, o cualquier otro criterio se puede utilizar como base de la identidad social. Sin embargo, la cultura global puede convertirse en un nuevo factor de identidad social que entra en conflicto con la cultura tradicional.

En la actualidad los defensores del concepto de identidades múltiples afirman que el estándar básico de la ciudadanía tradicional se está debilitando. Lo anterior ocurre, principalmente, en dos áreas: por un lado, la diversidad de razas y nacionalidades en los países separa la ciudadanía del Estado-nación; mientras que, las fronteras abiertas y la integración supranacional permitirán la convivencia o superposición de las ciudadanías. La primera tendencia puede denominarse crisis de identidad nacional y la segunda refiere a una conciencia cívica débil.

La existencia de naciones o grupos étnicos con identidades diversas puede conducir al debilitamiento del Estado-nación. Los países multiétnicos son más realistas que la misma realidad. En la mayoría de los casos la idea de un Estado-nación con una ciudadanía unificada puede parecer utópico. En varios países de la antigua Europa conviven diferentes identidades étnicas bajo la protección de un mismo país (Lamo de Espinosa, 1996). Esto puede crear conflictos de identidad obvios, especialmente cuando las culturas incluidas en un país multiétnico afirman ser su propio país y ciudadanía. El nacionalismo escocés, vasco o catalán ilustran bien esta situación.

Respecto a la doble ciudadanía se puede decir que, aunque legalmente no pueden convivir en determinados países (otros países sí aceptan esta situación), esto no significa que no puedan vincularse a dos países. Es posible que una persona no renuncie a su nacionalidad sino que se le asocie con el país en el que vive como ciudadano, que a su vez puede no reconocer la doble ciudadanía. No es necesario llegar a un consenso sobre legitimidad e identidad (Sen, 2007, p. 56). Ambas ciudadanías pueden convivir pacíficamente o ser víctimas de graves conflictos en otros momentos.

En definitiva, si sumamos las dificultades del Estado-nación, como la crisis de identidad nacional, encontraremos que el concepto tradicional de ciudadanía se está debilitando. Por las razones anteriores, Stephen Castles (2003) cree que, por un lado, se forma una jerarquía dentro del Estado-nación; mientras que, por el otro, se crea una jerarquía estatal mundial.

Hasta ahora, hemos discutido los problemas que la globalización ha traído a los ciudadanos tradicionales. A partir de este momento, intentaremos dar respuesta al posible problema de la ciudadanía global. Es cierto que, con la llegada de la globalización, nos cuestionamos si la especie humana ya no es una categoría más o un número estadístico, sino un ente sociológico real, razón por la que este tema se relaciona de una manera muy estrecha con el concepto de cosmopolitismo. Si este es el caso, es posible hablar de ciudadanía global en un sentido sociológico. De lo contrario, los ideales cosmopolitas tradicionales de los ciudadanos del mundo recibirán otro nombre.

Varios autores han enfatizado en el impacto de la globalización en el concepto de ciudadanía. En particular, destacaron su carácter desintegrador en la soberanía nacional y su debilitamiento sobre el concepto tradicional de identidad nacional. Sin embargo, no hay consenso sobre el impacto de la globalización en la ciudadanía global, internacional o universal. Algunos creen que la globalización destruye el concepto de ciudadanía. Otros afirman que la globalización neoliberal está destruyendo los derechos sociales e impidiendo el surgimiento de ciudadanos del mundo. Otros tantos ven las oportunidades de la globalización de una manera más optimista, que permitirá un cosmopolitismo en el que la nacionalidad y las fronteras no obstaculicen el desarrollo de los derechos reconocidos por la justicia universal.

El cosmopolitismo puede considerarse un ideal moral. El concepto, por sí mismo, implica una doctrina moral, según la cual el individuo está conectado con todos sin importar nacionalidades. En otras palabras, los seres humanos son los primeros ciudadanos del mundo y son miembros accidentales de la política mundial. Por tanto, independientemente de su nacionalidad, deben ser iguales ante los demás. Para Immanuel Kant el cosmopolitismo es un principio moral que confirma la pertenencia del ser humano a una misma sociedad universal. De hecho, habló de la Federación Mundial, es decir, el cosmopolitismo es un orden político real pero cree que dicha Federación tiende a ser un ideal aspiracional más que una realidad alcanzable.

En última instancia el fenómeno de la globalización puede tener su origen en el fortalecimiento del diálogo racional transnacional, o en la divulgación de conceptos éticos mundiales impulsada por la cultura occidental globalizada con pretensiones universales. En cualquier caso, sea cual sea su causa, la expansión de los ideales de una ciudadanía global, es empírica. En teoría, la globalización debería sustentar al cosmopolitismo.

Por tanto, el proceso de globalización puede tener un doble efecto. Por un lado, puede influir en la expansión de los ideales éticos cosmopolitas y en la construcción de una identidad mundial, independiente del verdadero cosmopolitismo. Por otro lado, los vínculos cada vez más estrechos entre las sociedades del planeta pueden producir una verdadera autoridad internacional que requiera una ciudadanía global.

 

A manera de conclusiones

Durante al menos los últimos 300 años uno de los principales criterios básicos para la construcción de la identidad social y política ha sido la ciudadanía. Este es un concepto cuestionado. Para ser precisos, la cultura global defendida por el proceso de globalización es un diluyente poderoso del concepto principal de identidad que rodea al concepto tradicional (moderno) de ciudadanía y la conexión entre los Estados-nación y la ciudadanía.

Los teóricos de los ciudadanos afirman que el concepto de ciudadanía nacional y la vinculación entre los ciudadanos con el Estado-nación está en crisis. Disputaron esto en muchas obras de naturaleza más o menos teórica. Como se ha intentado demostrar, se cree que el debilitamiento de la nacionalidad de los individuos traiga consigo consecuencias como el surgimiento de la nacionalidad flexible, cuya clasificación y jerarquización serán globales, o bien, podría derivar en el surgimiento de nuevos “ciudadanos metropolitanos internacionales”. Estos últimos, en teoría, se superponen o se oponen a los ciudadanos nacionales. El proceso de globalización, a menudo, se considera la principal fuerza impulsora de esta transformación.

Como han demostrado algunos estudios, bajo la influencia de medios transnacionales se está desarrollando un cosmopolitismo mediocre. Los llamados ciudadanos globales parecen ser un importante recurso retórico para las instituciones globales e incluso para aquellas personas que han comprado la idea de convertirse en ciudadanos del mundo. Debido a la influencia de la cultura global difundida por los medios, esta se ha vuelto cada vez más aceptada. Sin embargo, la identidad nacional no ha desaparecido. Por el contrario, junto con las identidades locales y regionales continúa siendo la principal fuente de identidad para la mayoría de las personas de todo el mundo.

Al revisar los datos de diferentes investigaciones, confirmamos que el entorno local, regional o nacional sigue siendo la principal fuente de identidad de muchas sociedades y personas. Aunque nuestra identidad nacional se encuentre desafiada se trata de una realidad que posee mucha influencia. Nos sentimos pertenecientes a un país que pertenece al mundo.

Algunos colectivos globalizados expresan estas ambigüedades combinando el discurso internacionalizado con la defensa de la identidad nacional, o bien, la vaga identidad transcultural. Es crucial seguir avanzando en esta dirección, apegados a la investigación, para verificar si estos colectivos son una avanzada de la nueva ciudadanía global o viceversa. Mientras tanto, la identidad nacional sigue y seguirá siendo básica, por tiempo indefinido.

 

Referencias:

Allegue, P. (2001). “Sobre el concepto de ciudadanía: ¿Una senda ilustrada?”. En: Jueces para la democracia, 41, pp. 37-42

Berger, P. L. y Huntington, S. P. (comps.). (2002). Globalizaciones múltiples. La diversidad cultural en el mundo contemporáneo. Paidós.

González, E. y Chacón, H. (2014).Sobre el concepto y modelos de ciudadanía. Etic@net. Revista científica electrónica de Educación y Comunicación en la Sociedad del Conocimiento, 14 (2), pp. 288-311.

Heater, D. (2007). Ciudadanía. Una breve historia. Alianza.

Lamo de Espinosa, E. (1996). Culturas, Estados y ciudadanos. Una aproximación al multiculturalismo en Europa. Alianza.

Maalouf, A. (2010). Identidades asesinas. Alianza.

Marshall, T. H., & Bottomore, T. (1998). Ciudadanía  clase social. Alianza Editorial.

Olvera, A. J. (2008). Ciudadanía y democracia (1.a ed.). Instituto Federal Electoral.

Ortiz, R. (1998). Los artífices de una cultura mundializada. Siglo del Hombre-Fundación Social.

Todorov, T. (2010). Nosotros y los otros. Reflexiones sobre la diversidad humana. Siglo XXI.

 

Cristian Yair Delgado Corro

Emprendedor egresado de la Universidad Veracruzana y estudiante de Derecho en el Colegio de Veracruz.

Daniela Hernández Aguilar

Educadora, estudiante de la Licenciatura en Derecho, trabajadora y orgullosa madre.

Daniel Méndez Gutiérrez

Estudiante de Derecho en el sistema sabatino de El Colegio de Veracruz, Camillero en el Centro de Alta Especialidad de Veracruz.