Un análisis de la experiencia de la realidad que propone el régimen cubano cuya retórica, basada en la lógica de oposiciones binarias insalvables, ha construido una narrativa exitosa (persuasiva) bajo el signo esquivo del simulacro: situar una presencia allí donde no hay más que la escenificación de la presencia. Acerca del poder de la representación del otro como el enemigo.

El libro Las epidemias políticas del filósofo alemán Peter Sloterdijk (Karlsruhe, 1947) participa de una clara voluntad de pensar lo inmediato. En cinco textos brevísimos el autor explora temas nodales: populismo, democracia, ideología, comunicación, lenguaje. Como quien desea recuperar un debate extraviado, sugiere algunas interrogantes: ¿En qué circunstancias surge la falsedad? ¿Cuáles son sus detonadores? ¿Quiénes la sostienen? ¿Cómo es posible desarmarla? Boceta un posible camino y se posiciona frente a las (im)posturas más socorridas por los líderes mundiales: el cinismo, la hipocresía, el simulacro. 

Luego de los sucesos más recientes en Cuba: la saga de los acuartelados de San Isidro en noviembre de 2020, el recrudecimiento del cerco policial a los activistas más visibles, la expropiación de las obras del artista Luis Manuel Otero Alcántara por agentes de la Seguridad del Estado o el internamiento hospitalario involuntario al que fue sometido con el propósito de interrumpir su última huelga de hambre y sed[1], la mirada reposada de Sloterdijk —a modo brújula de una pandemia en tiempos de pandemia—, se antoja como escala apropiada para pensar la política insular en su propensión a la falsedad como espectáculo.  

La historia de la Revolución cubana puede ser leída como la historia de una escisión ideológica que se repite ad nauseam. Esos bordes sofocantes de Patria o Muerte, conmigo o contra mí, ellos o nosotros, adentro o afuera, todo o nada proclamados por el líder máximo como soporte de su programa político, han delineado un pensamiento binario que no concibe espacio para la disparidad de opiniones. 

Por más de medio siglo la cancelación de cualquier criterio disonante en aras de la un(anim)idad ha generado una realidad paralela donde la construcción del reclamo ciudadano deviene ejercicio de disidencia política; el portador del mensaje, enemigo; el censor, héroe. Esa manera irónica en que el poder se ha ¿relacionado? con la crítica interna denuncia su predilección por una retórica de lo falso: el enemigo falso, la guerra falsa, la réplica falsa.

De conformidad con el tremendismo discursivo que precede cualquier praxis en la Isla, el acto de pensar o hablar distinto concomita con una suerte de pena nacional. Como si se tratase de una patología infecciosa, la diferencia se ubica en la dimensión de lo despreciable, lo innombrable, luego impulsa una sarta de estrategias de saneamiento: reeducación, purgas, depuraciones. Quien comete semejante afrenta es llamado parásito, escoria, lacra, gusano, en una recopilación de términos epidemiológicos con clara intención punitiva. El mismo propósito suele justificar el uso del calificativo “mercenario” desde una jerga dizque revolucionaria que busca condenar la lealtad de una figura presuntamente impulsada por beneficios económicos. En definitiva, el enemigo interno encarna la intransigencia de un poder que se niega a dialogar desde el respeto a la misma diversidad que propugna hacia el exterior.

El camino que inicia con el disenso no admite otra respuesta que la confrontación. La simbiosis de la crítica con la oposición (que resguarda la falsedad de ese supuesto adversario) la impulsa a radicalizarse. Cuando las medidas preventivas implementadas por el Estado se convierten en mecanismos de coerción, las voces críticas suelen tornarse inflexibles en sus posturas o demandas. De esa suerte, el recrudecimiento de la represión, en sus formas variadas de disciplinamiento, dinamita un aumento de la contestación —justamente lo sucedido con el Movimiento San Isidro, en principio preocupado por libertades artísticas—.

En una construcción instantánea de los reclamos cívicos como actos de disidencia política, el Estado cubano entiende la oposición como terrorismo lo cual le permite poner en vigor el derecho a la legítima defensa. Esa excusa lo obliga a desplegar su maquinaria de castigo. La figura ficcional del enemigo interno, en última instancia, confiere sentido a un aparato que restaura los mecanismos de represión más rústicos: actos de repudio, arrestos domiciliarios, detenciones preventivas e interrogatorios por parte de los Órganos de la Seguridad del Estado. 

El uso profiláctico de esta mecánica de la violencia muestra las líneas de fuga de un poder que se escuda en la simulación para ubicar el foco nacional en un frente militar ficticio. La retórica en torno a la guerra de todo el pueblo o el pueblo combatiente apuntala esa obstinación de hacer de la épica una rutina en un país que, en su historia reciente, no ha participado de ninguna contienda armada.

La fobia inoculada hacia la figura del enemigo interno se suele acompañar de la construcción de mentiras domésticas (fake news) que sustentan el metarrelato de la Revolución. Esa política del simulacro halla en los medios masivos de ilusión (Sloterdijk, 2020, p. 63) la plataforma indicada para un combate con tendencia fobocrática (Sloterdijk, 2020) que apuesta por la corrupción de la opinión pública a partir de la propagación de un miedo al cambio[2].

La pornografía de la (contra)revolución desplegada en las emisiones estelares del Noticiero Nacional de la Televisión Cubana (NTV) muestra la profunda inoperancia de un aparato de propaganda que pretende fabricar su legitimidad en el descrédito ajeno. Solo las campañas de difamación a artistas, activistas, periodistas independientes permiten entender cómo la guerra falsa reclama una réplica falsa.

El Estado, en su absurda propensión a controlar los comportamientos sociales discordantes, arma biografías que fungen como registros para la descalificación. Con ello, crea una realidad análoga donde su defensa se funda en el ataque a la integridad de un oponente previamente desprestigiado. Los medios, en su misión de policía inquisitiva, sostienen un sistema basado en la violencia que se retira a la posición de la mentira para encubrir su ideología erosionada (Sloterdijk, 2020). Sin embargo, el linchamiento simbólico de la “oposición” se limita a reciclar antiguas consignas, a apelar a una unidad desgastada, a afirmar la continuidad de quién sabe qué: ¿la represión?, ¿la censura?, a patologizar comportamientos meramente en principio críticos. De esa forma se inscribe en una narrativa anquilosada de defensa de la patria que muestra cómo la verdad es aquello que se puede hacer con la mentira (Sloterdijk, 2020) o de la falsedad.

Las voces disidentes —en el sentido del que está en desacuerdo—, por su parte, usan el efecto posfáctico de las redes sociales para sublimar su protesta, desde una concepción del reclamo que pasa de esas ficciones epidemiológicas construidas desde el poder. En una Isla sitiada por la policía política (i.e. por los agentes de la Seguridad del Estado) las redes son las únicas hendiduras por las que es posible colar demandas diversas. Siempre que los movimientos críticos intentan tomar el espacio público chocan con la parábola del ridículo: “la calle es de FIDEL”[3]. Esa locución que tuerce cualquier lógica no solo restaura el derecho a la defensa sino que pone a funcionar una política basada en la (des)movilización asimétrica.

Los actos de repudio, los arrestos domiciliarios, las detenciones preventivas evocan una espacialidad del poder —ideológicamente fijada— que los órganos represivos emplean con completa impunidad mientras hacen uso de los recursos públicos. Entretanto, las voces disidentes confinadas a la intimidad de sus casas crean una suerte de espacialidad de la resistencia que aprovecha aquellas cavidades, interiores, aislamientos interconectados o archipiélagos que no han sido ocupados por el poder en su desmesura.

Para Sloterdijk (2020) mientras la metáfora de la red describe las variedades de contacto que se generan en las sociedades modernas (puntos, líneas, canales, direcciones), la de la espuma sugiere la diversidad de espacios en que ellas logran estructurarse (cavidades, interiores, aislamientos interconectados, archipiélagos). ¿Será posible leer la frase estamos conectados, usada recurrentemente por Luis Manuel Otero, desde esta representación de la sociedad como islas (inter)relacionadas? ¿Este mismo marco analítico podría usarse para entender la repercusión de la última huelga de hambre y sed que realizara el artista por 7 días estando solo, en su propia casa, luego de que sus obras de arte fueran robadas por la policía política cubana?

Este desplazamiento físico coincide con un desplazamiento moral de los movimientos críticos hacia una agenda comprometida con problemáticas sociales desatendidas por el Estado. El protagonismo de sujetos racializados, empobrecidos y olvidados ubica al poder frente a un virus autoinoculado que han adsorbido los desafectos de la Revolución para convertirlos en reclamos. Las figuras más visibles de la oposición encarnan las circunstancias de una población enfrentada a situaciones de abandono, violencia, desmemoria que, por demás, ha sido llevada al límite por un poder que se rehúsa a asimilar la diferencia que ellas representan. Desde ese lugar de enunciación imputan la imagen unívoca de una nación/revolución, presuntamente, construida para el bien de todos.

Si el proceso de identificación de los “apestados” políticos solía resultar sencillo, en la medida en que sus biografías se adosaban al perfil antisocial construido para el enemigo ficcional interno, los movimientos contestatarios de los últimos tiempos han fracturado ese marco. El hecho de que la llamada oposición insular funcione más para mirar (o ser mirado por) un Estado que se enfrenta a su propio drama, ubica esa alteridad previsible, invariable, reconocible y predecible (Bhabha, 1994, p. 66) en un terreno desconocido que obliga al Estado a improvisar a posteriori de sus propios errores.

Probablemente calificar a Luis Manuel Otero o al rapero Maykel Castillo como miserables o delincuentes —en una narrativa que ha excedido las libertades que de manera usual se toma la oficialidad cubana— sea la maniobra perfecta para sancionar una otredad que precisa ser enfrentada. Sin embargo, no vale denunciar el signo sino el síntoma que esa descalificación denota. 

Las tecnologías de detección de cuerpos problemáticos [4] usadas en este caso descubren la impunidad con la que una clase blanca en el poder decide el destino de una clase negra desposeída. El derecho a la réplica falsa que la primera se apropia apenas reactiva una política del desecho, de la sobra, del resto con larga data en la Isla. 

Cuando los marcos interpretativos del Estado inducen un abierto proceso de exclusión, la criminalización de la oposición se convierte también en criminalización de la pobreza que la circunda. En un silogismo bastante primitivo: el opositor es peligroso, el opositor es pobre/negro, el pobre/negro es peligroso; la urgencia de prevenir traslada el punto de mira hacia lo socialmente instituido. 

Si el uso de los imaginarios asociados a la precariedad muestra cómo el poder (re)produce la identidad de ciertas personas desde marcas de abyección, las clasificaciones de algunos intelectuales o artistas de la élite insular subliman el cinismo. En una construcción de la otredad que no es monopolio del Estado cubano, las voces más destacadas de la oposición, especialmente relacionadas con el Movimiento San Isidro, han sido etiquetadas como “negras marginales”, dados sus orígenes populares. Esa impostura que amenaza con recrear, en el presente, un pasado ligado a la compra/venta de negros esclavos delata una propensión al saneamiento social que emana de determinados privilegios: clasistas, raciales, profesionales, etc. 

En ambos casos se aprecia una técnica para señalar la no-pertenencia de estas figuras a un estatus, avisar las posibles implicaciones de su comportamiento inadecuado o asegurar su sumisión a un orden político e ideológico prestablecido. Con ello se maquilla la manera en que la sola relación con la oposición/pobreza/marginalidad/negritud genera una sensación (repugnancia, miedo, temor) y, en la misma dimensión, una acción (indiferencia, rechazo, deseo de exclusión). Sin embargo, el margen social crea sus propios márgenes; lo que delinea un espacio de posibilidades a futuro.

La contundencia de desigualdades que se acumulan, potencian, encadenan e interactúan en las biografías de las figuras más destacadas dentro de la oposición, no solo alumbra aquella zona imprecisa donde suele confluir la desmemoria con la necesidad de construir imaginarios compactos de la nación, la Revolución o el socialismo. Si algo aporta ese movimiento experimental, un tanto neurótico, que ha irrumpido en el ámbito político cubano es la posibilidad de ubicar en la agenda social nacional el archivo de la miseria, de la ruina y de la desesperación. 

 

Referencias:

Arendt, H. (2006). Sobre la violencia, Alianza Editorial, Madrid

Bhabha, H. (1994). The Location of Culture, Routledge, London/New York.

Carey, S. (2006). “The Dynamic Relationship between Protest and Repression”, Political Research Quarterly, 59(1), 377-403.

Rojas, R. (2020). “Sobre el dato falso”, Revista El Estornudo, 25 de diciembre, disponible en https://revistaelestornudo.com/mentiras-campana-mediatica-artistas-cubanos/ 

Sierra, A. (2016). “«El trabajo os hará hombres»: Masculinización nacional, trabajo forzado y control social en Cuba durante los años sesenta”, Cuban Studies, 44, 309-349.

Sloterdijk, P. (2020). Las epidemias políticas, Ediciones Godot, Ciudad de México.

[1] El 16 abril de 2021, agentes de la Seguridad de Estado irrumpieron en la vivienda de Luis Manuel Otero Alcántara, sede del Movimiento San Isidro (MSI), con la finalidad de impedir la realización de un evento para los niños de la comunidad que incluía una exposición de piezas del artista. En este acto, se llevaron preso al artistas/activista e incautaron sus obras. Después de ser liberado, Otero decidió salir para reclamar la devolución de su arte, pero, como consecuencia del cerco policial que fue impuesto alrededor de su casa, en todas las ocasiones terminó preso. Luego de varias jornadas de encarcelamientos continuos, decidió iniciar una huelga de hambre y sed para sustentar tres demandas: 1. Eliminación del cerco policial que lo rodeaba desde inicios de 2021; 2. Devolución de sus obras de arte e indemnización del daño que les pudieran haber ocasionado; 3. Respeto a las libertades artísticas de los/las artistas cubanos. La mencionada huelga —que se extendió por 7 días (del 25 de abril al 2 de mayo)— fue interrumpida cuando la policía política cubana allanó nuevamente la casa de Otero para trasladarlo, de manera involuntaria, al hospital Calixto García en La Habana, donde aún se encuentra internado.

[2] El historiador cubano Rafael Rojas en un texto publicado a finales de 2020 en la Revista El Estornudo señala el uso de acusaciones falsas (la construcción del dato falso) con propósitos mediáticos.

[3] En la práctica política de armar actos de repudio para contener a artistas, activistas o periodistas independientes destaca la consigna «la calle es de FIDEL». La asociación inmediata de la imagen del político con el programa que impulsó por más de medio siglo dota de contenido un discurso nacionalista que no teme marcar un adentro/afuera.

[4] En su artículo “«El trabajo os hará hombres»: Masculinización nacional, trabajo forzado y control social en Cuba durante los años sesenta” (2016), el historiador cubano Abel Sierra Madero hace referencia a modalidades de control de cuerpos disidentes: prostitutas, alcohólicos y homosexuales que conectan con ciertas tecnologías de detección de sujetos “problemáticos”. Ver en: https://cutt.ly/6bYJi9Z

 

Anet Hernández Agrelo. Licenciada en Filosofía (2008) y Master (2014) en Ciencia Política por la Universidad de La Habana. Fue docente de la Facultad de Filosofía e Historia de la misma institución de 2008 a 2016. En 2020, se graduó del Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad Iberoamericana con una tesis sobre las desigualdades sociales en Cuba.