La democracia bajo la lupa. Reflexión acerca de la transfiguración de regímenes democráticos en regímenes autoritarios. Del origen legítimo del poder al ejercicio ilegítimo

Latinoamérica es una región que a lo largo de su historia ha sido marcada a fuego por las dictaduras. De diferentes tipos, sí, pero dictaduras al fin. El imaginario colectivo recuerda con miedo, tristeza y quién sabe con cuántos más sentimientos que no se pueden poner en palabras, los años que inundaron de oscuridad nuestros países.

Hoy en día observamos una notoria ambivalencia al tratar de calificar, desde algunos sectores, de manera discrecional, como dictaduras o no a algunos gobiernos, según estén más o menos de acuerdo con su posición política circunstancial. Será conveniencia, el afán de ir tras lo políticamente correcto o simple retórica vacía, pero la falta de claridad que denota en los diferentes actores de la política este tema, es nociva para la democracia.

Hace un par de semanas atrás, Cuba recibió la visita de los reyes españoles. El evento hizo rememorar otras épocas de la política española, en las que el PSOE cuestionaba fuertemente e incluso imponía la censura a través del Congreso español a la visita del padre del actual rey Felipe VI, el rey Juan Carlos, a la Argentina durante la última dictadura militar encabezada por Rafael Videla. Se cuestionaba lo simbólico de la visita, ¿era una legitimación del régimen dictatorial? 40 años después, aquellos que cuestionaban el posible respaldo implícito que aquella visita significaba, impulsan el viaje del actual rey Felipe VI a otro Estado donde existe un régimen dictatorial. La visita no solo se trató de atender a temas culturales sino también económicos y, claro, políticos. Frente a ella los medios de comunicación no fogonearon mucho el debate. Pero es válido preguntarnos si esta vez fue una legitimación del régimen autoritario que existe en Cuba hace ya más de medio siglo.

“Macri basura, vos sos la dictadura” acostumbraba vitorear la oposición argentina durante el gobierno de Cambiemos ¿Por qué? Porque Mauricio Macri a pesar de haber sido electo democráticamente -en un proceso que incluso estuvo viciado en algunos sectores del país, pero que le había permitido llegar al gobierno nacional de manera justa- no era de su sector político. A esos mismos sectores, al parecer se les olvidó reclamar en contra de otros gobiernos latinoamericanos que (como Cuba) sí niegan Derechos Humanos a sus ciudadanos, que acallan la libertad de expresión, que no alternan en el poder hace más de 15 años, que violan sus constituciones buscando reelecciones indefinidas, entre otros males que no solo van en contra del espíritu republicano sino también de la democracia per se ¿será porque la hermandad latinoamericana que proclaman también alcanza a la forma que tienen de desempeñarse en el gobierno?

Este sesgo ideológico no ha sido dejado de lado tampoco en cuanto a la definición del golpe de Estado en Bolivia en las últimas semanas. Situación en la que muchos pretendieron justificar y suavizar los excesos del gobierno de Evo Morales con la aparición de las fuerzas armadas en escena. Está más que claro que un golpe militar es injustificable bajo cualquier circunstancia; en este caso el golpe no lo hicieron los militares. El golpe fue un proceso iniciado por Evo Morales en el año 2016 tras ignorar la voluntad popular en el referéndum que decidía sobre su reelección, el golpe fue de Evo a Evo. Forzar los límites de la democracia para eternizarse en el poder no es saludable para ningún Estado; las decisiones de Morales en este sentido le costaron a Bolivia el tener ahora a las fuerzas armadas entrometidas en los asuntos del gobierno de manera directa.

Los gobiernos según la teoría política pueden contar con “legitimidad de origen” y “legitimidad de ejercicio”, la primera se refiere a la forma en la que llegan los gobiernos al poder y la segunda a cómo los representantes se desempeñan una vez en el gobierno y cómo el pueblo evalúa esas acciones y decisiones. En este punto podemos introducir otro caso latinoamericano en el cual la doble vara de la moral queda explicita, Venezuela.

Los episodios dictatoriales del pasado naturalmente han llevado a que predomine la legitimidad de origen por encima de la legitimidad de ejercicio, ya que un gobierno elegido democráticamente por su pueblo no puede ser una dictadura ¿o sí?

El gobierno venezolano es la expresión de que la legitimidad de origen no necesariamente derrama en legitimidad de ejercicio, sus sistemáticas violaciones a los derechos humanos, la destrucción del sistema económico, el aislamiento internacional, la corrupción y la pretensión de “poder por poder” también son ataques a la legitimidad que decantan en situaciones como las que se viven en el país petrolero desde hace ya varios años y de las cuales son testigos miles de exiliados perjudicados por el régimen chavista.

En las primeras dos décadas del siglo XXI Latinoamérica ha vivido un periodo en el cual la democracia (refiriéndonos exclusivamente a la realización de elecciones periódicas) se ha mantenido relativamente estable, pero ha llegado el momento de preguntarnos si la democracia que queremos como actores sociales y políticos consiste solamente el acto de depositar un voto en una urna. También indagar si entendemos a la democracia solo como el hecho de exigir elecciones cada 4 o 5 años, dependiendo el país, y que el gobierno de turno cumpla con esa periodicidad. O si, de otra forma, la democracia que queremos es una forma de vida, más profunda y abarcadora, que requiere del compromiso ciudadano constante como contralor de los gobiernos.

¿Acaso lo que sucede es que solo las dictaduras “de derecha” son las que se cuestionan? ¿Acaso es posible hoy seguir hablando de dictaduras de izquierda y de derecha? Preguntas que abren un debate en el que muchos creen tener la vara moral de quién es peor que quién; pero, en medio de la bruma de opiniones, podemos tener al menos una seguridad (y sin el afán de que sea una coincidencia, citamos a la RAE): una dictadura es el “régimen político que, por la fuerza o violencia, concentra todo el poder en una persona o en un grupo u organización y reprime los derechos humanos y las libertades individuales”.

Entonces, las dictaduras pueden ser de origen o de ejercicio y hay dictaduras de gobiernos de diferentes orientaciones ideológicas. Es una afirmación. Lo preocupante hoy en la región es la intencionalidad política coyuntural que subyace a la calificación de determinados gobiernos como dictaduras, sin miras de buscar una evaluación lo más objetiva posible (porque somos conscientes de que no podemos librarnos de nuestras subjetividades al momento de calificar fenómenos sociales) o si se quiere, más rigurosa, de los gobiernos que estamos analizando.

La democracia es un ejercicio constante de participación y compromiso ciudadano, cuyo retroceso nos afectaría a todas las mujeres y los hombres que habitamos en una sociedad. Políticos, académicos, comunicadores (e inclusive más por el rol social que ostentan) deben tener en claro que también son parte de la construcción y el fortalecimiento de nuestras democracias latinoamericanas -aun jóvenes- y, por lo tanto, deben ser responsables de lo que expresan y cómo lo expresan.

Si todo lo que no está de acuerdo con nuestra opinión personal o está en contra de nuestros intereses individuales, partidarios o gubernamentales lo llamaremos dictadura, ¿dónde está la democracia?