Las langostas son una plaga terrible. De repente llegan, arrasan con todo y se van impunes. ¿Les suena familiar?. Algo parecido le sucede a la democracia tras el paso de gobiernos sin escrúpulos que la destruyen, porque la entienden de manera simplista.

La democracia es todo lo que pasa entre elecciones, es decir, en las instituciones gubernamentales. La calidad democrática de un país va más allá del sentido etimológico “poder del pueblo”, sino también trata del Estado de Derecho.

A continuación, veremos, pues, los tipos de langostas que son peligrosas para la democracia: las que desprecian las instituciones, las que son adictas al poder y las que no les gusta debatir.

  1. Las que desprecian las instituciones.

Este tipo de langostas piensan que están encima del resto. Las instituciones dentro de una democracia cumplen un rol fundamental, puesto que son el límite natural frente al poder del Estado, asegurando los derechos de los individuos. La historia nos enseña que el sistema democrático necesita límites institucionales y mecanismos jurídicos que cuiden las libertades de los individuos de los excesos mayoritarios auspiciados por pasiones pasajeras de líderes o grupos con complejos mesiánicos.

El Estado de derecho, la separación de poderes, la libertad de expresión, la igualdad ante la ley, la alternancia, la independencia de los jueces, la competencia del legislativo, la participación ciudadana, el rol de la Corte Constitucional, entre otros, no son elementos decorativos o referenciales. Representan arreglos institucionales que velan para que ningún poder, así sea popular , violente las libertades individuales de los ciudadanos. En definitiva, necesitamos un Gobierno de leyes, no de hombres: aunque gobiernen langostas, las instituciones deben prevalecer.

De acuerdo con el Latinobarómetro, la credibilidad en las instituciones es de apenas un 20%. Somos una región desconfiada por claras razones, sin embargo, la democracia sin confianza se convierte estéril.

Varios autores de la Ilustración, como David Hume y Adam Smith, sitúan a la confianza como base de la sociedad civilizada. La desconfianza, es un problema de doble filo. Por un lado, los ciudadanos dejamos de valorar los principios democráticos, al perder la esperanza en ellos. Por el otro, se crea la incubadora perfecta de las ínfulas autoritarias.

2. Las que son adictas al poder.

Algunas langostas tienen el síndrome de la silla vacía. Frente al miedo de dejar el poder, recurren a su uso déspota. El abuso del poder tiene varias caras, desde la corrupción, la politización de la justicia, la persecución a opositores, entre otras tareas reservadas para tiranos. De paso, se creen imprescindibles, que sin ellas el país no funciona. Es un ser místico capaz de interpretar el lenguaje único del “pueblo” y armarán una quimera filosófica para justificar los atropellos para quedarse más tiempo. Por ello, no ven a la Ley de forma imperativa sino referencial: si me conviene la cumplo y sino, la cambio según mis antojos. Se hará lo que se necesite para imponer un proyecto político, así se crucen fronteras morales, éticas y democráticas. Hacen del país su hacienda. La voluntad del partido o del líder pesará más que los intereses del ciudadano de a pie. El pensamiento anti democrático por excelencia.

3. Las que no les gusta debatir.

A otras langostas no les gusta debatir (o que les discutan). Hay dos aspectos a considerar en este tema: los consensos son necesarios y se llegan a través del diálogo. Esto solo puede lograrse en un marco dónde las partes estén dispuestas a entenderse a pesar de estar en esquinas ideológicas contrarias. La democracia sólo puede funcionar si cada ciudadano cree que su voz cuenta.

Muchas veces nos encontramos con discursos e ideas que nos incomodan, sin embargo, no por eso deben censurarse. La libertad de expresión es un elemento fundamental de una sociedad abierta y democrática. Es preferible que existan varias narrativas a que un iluminado decida cuál cuenta y cuál no. La historia de la humanidad está llena de tiranos que callaron a la prensa, manipularon información, torturaron a periodistas, censuraron libros y opiniones disidentes con el fin de establecer la verdad única. Un atropello absoluto a las instituciones, además.

Los consensos son esenciales para gobernar porque nadie piensa igual, ni podemos pretender homogeneizar la conversación. Los temas de fondo para la prosperidad de un país deben ser discutidos a conciencia para llegar a acuerdos mínimos que perduren y aseguren estabilidad a largo plazo. Lo opuesto es la imposición de criterios.

Huyan de aquellos que quieren colectivizar el pensamiento, pues no solo presentan problemas éticos, sino también atentan contra la democracia.

Por todo lo anterior, lamentablemente, el deterioro democrático es cada vez más común. El Índice de Calidad Democrática publicado por The Economist reporta: “El 95% de los países viven en democracias deficientes, regímenes híbridos y totalitarismos”. Cada cuatro años, aparece el fantasma de los fraudes electorales para recordarnos la fragilidad de nuestra democracia. Nos invade el temor del “robo” en las elecciones, sin darnos cuenta que ese fraude se maquinó años (hasta décadas) atrás.

Recuerden que nunca estuvimos hablando de langostas. Nuestro sistema no tiene por qué ser un triste simulacro, una pantomima, una farsa. En estas elecciones estemos pendientes ante los vicios antidemocráticos.

 

Arianna Tanca

Politóloga ecuatoriana con una amplia trayectoria en asesoría y análisis político, económico y social para organizaciones de la sociedad civil, academia, organizaciones políticas y sector privado. Desarrolla actividades de asesoría en redacción para publicaciones nacionales e internacionales.