Signos de una tercera ola autocratizadora. La falta de apego al orden institucional como garante de los procesos de toma de decisión soberana por parte de la sociedad civil, la siembra de la duda y desconfianza en el funcionamiento del sistema político hacen mella en las democracias liberales tal como las conocemos y amenazan con apoderarse desde adentro de la vida en libertad que estas enarbolan.

El año 2020 nos dejó varios eventos globales, acontecimientos con el potencial de instalarse en la agenda pública, aunque todos ellos eclipsados por el más global de todos, la pandemia por el COVID-19. Sin embargo, el lector seguramente coincidirá en que la elección presidencial de los Estados Unidos fue quizá la más digna de las rivales en este apartado. Es posible que al momento de leer estas líneas ya resulte algo lejano, pero no olvidemos que durante el mes de noviembre y hasta que los miembros del Colegio Electoral se reunieron el 14 de diciembre para ratificar la victoria demócrata, todos nos convertimos en especialistas en el sistema de administración y justicia electoral norteamericano.

Más allá del impacto geopolítico que representó la elección, o el profundamente descentralizado sistema electoral, factores que ya de por sí son suficientemente atractivos, hemos presenciado un espectáculo comparable con los más exitosos reality shows, que ha mantenido a gran parte de la humanidad expectante, acompañando los conteos de votos en estados como Nevada, Wisconsin o North Carolina.

Públicos con distintos grados de instrucción, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, se han interesado, quizá como nunca antes, en una elección con aroma plebiscitario, celebrada en un marco de pandemia y protestas reivindicativas (algunas con desenlaces violentos y letales), contribuyendo a la polarización de la sociedad y condenándola al más crudo maniqueísmo.

El Presidente Donald Trump agitó, tanto en las elecciones de 2016 como en las del pasado 3 de noviembre del 2020, el fantasma del fraude. En aquella ocasión, llegó a publicar en su cuenta de Twitter mensajes como: “Las elecciones están absolutamente manipuladas por los medios deshonestos y distorsionados que presionan a la corrupta Hillary, pero también en muchos lugares de votación, TRISTE” (“The election is absolutely being rigged by the dishonest and distorted media pushing Crooked Hillary – but also at many polling places – SAD”). Luego de haber sido proclamado ganador, aseguró, sin presentar pruebas, que además del Colegio Electoral, también hubiera ganado el voto popular si se eliminaban los millones de votos emitidos ilegalmente.

Para las elecciones del año pasado, basta entrar a las redes del primer mandatario para observar el socavamiento sistemático que ha promovido en contra de la institucionalidad democrática, calificando de fraudulentas las elecciones aun antes de que se celebraran, e intentando restringir la modalidad de voto por correo, en un año en el que, hasta la fecha de los comicios, más de 250 mil personas habían fallecido a causa del COVID-19 en los Estados Unidos (para el momento de escribir este artículo la cifra ronda los 350 mil).

 

Narrativa del fraude vs institucionalidad democrática

La desinformación ha sido definida como “la difusión masiva de información falsa con la intención de engañar al público y a sabiendas de su falsedad[1]. De acuerdo al documento de la Relatoría para la Libertad de Expresión de la CIDH, “el fenómeno resulta especialmente preocupante en contextos electorales, ya que –de ser efectivo—podría afectar la legitimidad de un proceso que es fundamental para el funcionamiento y la existencia misma de una sociedad democrática.”[2]

Por su parte, Gerardo de Icaza, Director del Departamento para la Cooperación y la Observación Electoral de la OEA, al referirse a la narrativa del fraude, asegura que “cuando la idea del fraude se adueña de la opinión de un sector, resulta difícil encontrar el antídoto o argumento que pueda convencerlo de lo contrario. Sumado a esto, los medios encuentran en alegatos de fraude una oportunidad tentadora de generar ratings y vender periódicos con la publicación de titulares sensacionalistas.”[3]

Esto deja claro la capacidad que tiene la viralidad de la desinformación para deteriorar no sólo la agenda y el discurso público, polarizando al punto de volverlo tóxico, sino la institucionalidad democrática, y la confianza y legitimidad del sistema.

Distintos instrumentos metodológicos han podido dar cuenta de la desconfianza de los ciudadanos en el sistema electoral y en el respeto de las prácticas democráticas en los Estados Unidos.

La última encuesta antes de las elecciones del 3 de noviembre, publicada por el Instituto de Estudios Gubernamentales de Berkeley[4], aplicada a votantes registrados en California, registró altos grados de escepticismo y preocupación sobre el posible desconocimiento de los resultados por una parte de la población.

40% de los votantes dudaba sobre la integridad de los comicios, y 46% tenía menos confianza de que su voto sería contado correctamente en el caso de emitirse por correo.

Pero quizá el dato más preocupante, y de alguna manera anticipatorio, es que el 87% estaba de acuerdo con la afirmación “me preocupa que muchos norteamericanos no respeten los resultados de la elección de este año”. Incluso, el 88% concordaba con la idea de que era probable que hubiera violencia en caso de haber disputas sobre quién era el ganador.

Los datos de Morning Consult, en un estudio llevado a cabo entre el 6 y el 9 de noviembre, con 1987 votantes registrados a nivel nacional, confirma lo que adelantaba el Berkeley IGS.

De acuerdo a su medición, solo 3 de cada 10 votantes republicanos cree que la elección fue libre y justa. Asimismo, sólo 34% de los republicanos dice tener algo de confianza en los resultados. Antes de la elección, este número rondaba el 70%.

Por su parte, un 78% de los votantes demócratas sí tiene confianza en los resultados. Incluso en Estados como Florida y Texas, donde se proyectaba una victoria holgada de Trump para el momento del estudio, los demócratas tenían mayor confianza que los republicanos en los resultados.

Al preguntarle a los encuestados por la confianza en los resultados de las elecciones presidenciales anteriores (desde 2016 hasta 1992), se registraba el patrón de que la confianza en cada una de ellas aumentaba en los que se identificaban con el partido ganador, y a su vez, decrecía en los que se identificaban con el partido perdedor.

Si bien esto nos indica que siempre ha existido un grado de desconfianza en las elecciones por parte de los que se perciben como perdedores de los comicios, nunca se había impuesto una narrativa del fraude desde la misma presidencia, lo que, de manera infundada, le ha dado asidero a todas las teorías conspirativas que se han viralizado.

El Presidente Donald Trump, a través de su equipo legal, inició numerosos procesos judiciales con el objetivo de revertir los resultados. Todos ellos fueron desestimados e incluso el fiscal general William Barr aseguró que, a pesar de las declaraciones de Trump, no había evidencia de fraude electoral. Poco después fue cesado de sus funciones.

La desinformación sigue siendo uno de los grandes desafíos de las sociedades abiertas. Mientras en los regímenes cerrados se impone una narrativa oficial única, y se le impide a la población acceder a fuentes de información alternativas, en las sociedades abiertas existe la posibilidad de acceder a múltiples fuentes, lo que tiene como contracara la proliferación de teorías que ponen en duda la efectividad de las vacunas o el heliocentrismo.

En tiempos de desafección democrática, y atravesando lo que algunos estudiosos ya catalogan como la tercera ola autocratizadora (o contra ola democrática), los gobernantes, como representantes del sistema que les permite ser electos, tienen la responsabilidad de brindar confianza, respetar y hacer respetar las instituciones. De ello depende en gran medida el futuro de la democracia liberal.

 

[1] Guía para garantizar la libertad de expresión frente a la desinformación deliberada en contextos electorales https://www.oas.org/es/cidh/expresion/publicaciones/Guia_Desinformacion_VF.pdf

[2] Idem

[3] https://estepais.com/impreso/la-narrativa-del-fraude-en-los-procesos-electorales/

[4] https://mailchi.mp/berkeley.edu/berkeley-igs-poll-2018-11-statewide-pre-election-poll-1185080?e=d32f33f4a7

 

Jesús Delgado

Director de Desarrollo Institucional de Transparencia Electoral. Coordinador de DemoAmlat. Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Central de Venezuela (UCV). Maestrando en Estudios Electorales por la Universidad Nacional de San Martín. Coordinó Misiones de Observación Electoral en Chile, Perú. Ecuador, Paraguay y México. Columnista en distintos medios de la región.