Vivimos en una campaña permanente. A esta altura del partido esta es una cuestión más que asumida, no se discute. Sabemos que, aunque exista una “campaña dura” en la que los candidatos se empeñan en marcar presencia, cada paso emprendido por las figuras políticas está sometido a la lupa crítica del electorado. Más en la era donde todo queda registrado, al alcance de un clic.

Ahora bien, desde la crisis política instalada en el país andino, a raíz de las irregularidades denunciadas por la Organización de los Estados Americanos (OEA) en el proceso electoral del 20 de octubre del año pasado, las elecciones generales de Bolivia no lograron ver la luz. La renuncia de Evo Morales dejó un vacío de poder luego de una serie de manifestaciones violentas a favor y en contra del gobierno. Esta acefalía que fue cubierta con la asunción de la entonces segunda vicepresidenta de la Cámara de Senadores, Jeanine Áñez.

Actualmente, el ex mandatario se encuentra en Argentina diagramando cada decisión que el Movimiento al Socialismo (MAS) toma en relación al proceso electoral.

“No aceptaré ninguna salida que no sea unas elecciones democráticas que se atengan a la constitución vigente” fueron las palabras de Añez en su primer comunicado tras asumir el cargo de presidenta interina. Conforme a sus dichos en enero de este año se definió poner fecha a las tan ansiadas elecciones para el 3 de mayo del 2020. En aquel entonces los casos de Covid-19 y el aislamiento eran cuestión de noticias, puntualmente esas que aparecen en la sección “internacional”, esas que usualmente (mal) consideramos ajenas.

En febrero la segunda campaña presidencial se había puesto en marcha, considerando que previo a los controversiales comicios de octubre del 2019 en Bolivia ya había transcurrido una campaña ceñida. El escenario decididamente era otro.

Por un lado, Evo marcaba terreno desde el exterior. Por el otro, la oposición al masismo decidía aceptar el desafío de marchar cada uno por su camino mientras a este abanico de candidatos se sumaba la inesperada candidatura de Jeanine Áñez.

Meses atrás la presidenta interina había declarado: “quiero ser exclusivamente el instrumento del pueblo de Bolivia para reponer la legalidad”. Un giro que llama la atención en varios aspectos. Esto no solo advierte cierto “apego al poder”; sino que Jeanine pasa de ser una pieza necesaria en la transición hacia la democracia, a hacerse de este proceso como principal herramienta de posicionamiento electoral frente a los próximos comicios.

Aun así, a principios de marzo la encuesta realizada por el canal televisivo ATB nos advertía que, con fuerte presencia Luis Arce, el candidato del MAS lideraba la intención de voto seguido por el candidato de Comunidad Ciudadana (CC), Carlos Mesa y la actual Presidenta interina.

Pero los primeros días de marzo la pandemia llegó para poner en stand-by todo avance que hasta el momento se haya consagrado. La pandemia empezaba a delimitar el camino de las elecciones que asomaban su postergación, en principio, hasta los primeros días de septiembre.

Pasaron los meses y en general nos vemos en la obligación de aceptar dos cosas: el covid-19 promete ser un capítulo extenso; tenemos que aprender a convivir con las medidas de prevención. El Coronavirus no se atiene a los tiempos de la política ni viceversa. Son dos batallas que el Gobierno debe atender paralelamente: contener la expansión del virus mientras se intenta devolver al pueblo su soberanía. La realidad es que cada vez que los comicios se posponen, Añez va perdiendo legitimidad, una especie de cuenta a gota que puede acabar colmando el vaso de un pueblo que ya demostró ante las irregularidades del 2019 que quedarse de brazos cruzados no es una opción.

Esta vez le toca al Tribunal Supremo Electoral (TSE), con el apoyo del Ejecutivo interino y las demás fuerzas políticas representadas en la Asamblea Legislativa, tomar nota, prepararse y proveer a la ciudadanía de un proceso electoral que garantice la protección de sus derechos políticos y de salubridad. Finalmente, luego de una ola de protestas y bloqueos de carreteras, las elecciones fueron definidas para el 18 de octubre y con ella se puso en marcha la tercera edición de una campaña electoral que pareciera no tener fin, esta vez sujeta a las medidas que importa la pandemia.

Mientras tanto, en esta partida de nunca acabar, Bolivia lleva aproximadamente diez meses de pura campaña y el proceso para retomar las vías democráticas busca el equilibrio entre: un Evo que desde el exterior se dedicó a dirigir y opinar sobre cada decisión tomada; un giro inesperado en la posición de Jeanine Áñez; el empuje de los grupos opositores al MAS; y el desafío de sortear unas elecciones transparentes y seguras en el marco de una pandemia que ya se cobró más de 5.000 vidas en Bolivia.