Mirada desde adentro de la lucha por el reconocimiento de derechos de las minorías en Cuba. La confrontación entre las posiciones que ocupan los distintos movimientos LGTBI de América Latina muestra la mayor debilidad del activismo de la isla: la falta de libertad y de democracia.

La manifestación del 11 de mayo de 2019 ha sido considerada por muchos como un hito en la lucha por la diversidad sexual en Cuba, ¿puede hablarse a partir de ella de la emergencia de un movimiento LGTBI en Cuba?

Creo que sí. Fue una de las ideas que estuvimos promocionando la misma semana de la marcha, en que nos dimos cuenta cuán relevante había sido lo sucedido. Sobre la “emergencia”, yo diría más bien que fue el inicio de la consolidación de un movimiento. No creo que ese movimiento esté “emergiendo”, porque he participado de él y sé por mis estudios que, en realidad, viene de mucho antes.  Hay un momento claro y conspicuo en la década del ’80, en Cuba, donde es posible ya identificar actores y procesos.

Antes también, por supuesto, en las artes y en las letras había algún tipo de referencia a las disidencias sexuales. Pero, a partir de la década del ’80 es que empiezan a emerger este tipo de cosas y me gusta respetar la historia de dónde venimos, respetar el sacrificio y el trabajo de mucha gente que lo ha hecho. De otro modo, parecería que llegamos de repente, diciendo que somos las lesbianas y gays de Cuba, y por primera vez estamos pidiendo por nuestros derechos. Eso no es así, ni desde el punto de vista de los individuos involucrados, ni tampoco desde el punto de vista de colectivos y procesos que han estado funcionando y trabajando.

Algo en lo que estuvimos trabajando todo el año anterior a la marcha fue la construcción de esta plataforma que nosotros llamamos AcciónLGTBIQba. Es un empeño que apenas tiene promoción, apenas se conoce, porque no tiene ningún liderazgo, porque no buscó en ningún momento posicionarse, sino que fue un espacio para activistas de todo tipo de ideologías, de bagaje político diverso, que confluyó para condensar la agenda de demandas de la comunidad. Pensadores, sociólogas, activistas, de manera dispersa, tenían interés en plantear estas cuestiones. Algunas eras comunes, otras eran menores o de poca relevancia, y otras eran fundamentales. Hacía falta que ello confluyera. Entonces, hicimos una mesa de trabajo y empezamos a elaborar y fraguar esta agenda; la hicimos y la publicamos[1].

Incluso distribuimos copias de esa agenda durante la Conga contra la Homofobia y la Transfobia de 2018. Este es un espacio de visibilización que organizaba el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX). Es como el Gay Pride cubano, muy restringido, muy limitado, en un espacio de tiempo y físico muy pequeño, pero existe hace varios años. Repartimos nuestros panfletos entre quienes participaban. Es decir que venimos trabajando esto desde antes del 11 de mayo de 2019.

Ahora, la marcha del 11 de mayo, para nuestra felicidad, de alguna manera logra llevar al plano de la acción varios de los elementos que están contenidos en esa agenda. No es que nos quisiéramos llevar mérito alguno, sino que había demandas ya fijadas con anterioridad. La posibilidad de expresarnos públicamente en las calles estaba en la demanda de todos los activistas, por lo que en determinado momento eso se fragua y sucede. El 11 de mayo es el momento en que eso se consolida. Pero viene de antes. Viene del trabajo tanto del CENESEX como de otras instituciones, pero sobre todo viene de activistas que, provenientes o no de estas instituciones, empezaron a pensar, a organizarse, a escribir y a diseñar acciones.

Por ejemplo, el colectivo al que yo pertenezco, el Proyecto Arcoíris, organiza desde el 2012 una “Besada por la Diversidad”[2], con la desaprobación del CENESEX. Nosotros celebramos el Día del Orgullo LGBT, que no es exactamente el 17 de mayo, que es el día de la lucha contra la homofobia a nivel mundial. Pero el día del orgullo del LGBT es el 28 de junio, que es cuando usualmente en varios países del mundo se celebra, el Gay Pride. En Cuba no. En Cuba eso era como una marca, un residuo de las prácticas capitalistas, la mercantilización del movimiento LGBT. Esas ideas eran la justificación para impedir que las activistas nos reuniéramos en un lugar público, abierto, de modo libre y desarrolláramos algún tipo de performance. Nosotros hacíamos estas besadas cada año desde 2012.

Los años 2018 y 2019 fueron álgidos en Cuba. Estábamos debatiendo todo lo relacionado con la nueva Constitución, la posibilidad de incluir un artículo o la modificación de un artículo que  permitiera el matrimonio igualitario. Muchas personas empezamos a convocar nuevas “besadas”, frente a iglesias, por ejemplo, porque los movimientos religiosos fundamentalistas cubanos tuvieron un rol de oposición al cambio bastante activo. Entonces esas besadas empezaron a querer suceder y el Estado a la vez a querer reprimirlas, y a coaccionar a los actores convocantes. Hubo un momento previo a la marcha del 11M, en que los movimientos estaban pujando por colocarse en el espacio público, en un lugar visible. Es por ello que resultó desastrosa la decisión del gobierno cubano, a través del Ministerio de Salud Pública, y a su vez, del CENESEX, de sencillamente cancelar la famosa Conga que hacía anualmente. A partir de la indignación de muchas activistas emerge la oportunidad para decir: “No puede ser; vamos a hacer igual nuestra propia marcha”.

A pesar de que habíamos tenido un rol bastante activo en la convocatoria, mi esposo Jimmy Roque y yo no pudimos participar de la Marcha del 11M porque al salir de nuestra casa ese día, a las 8 de la mañana, fuimos secuestrados por la Seguridad del Estado y nos pasamos 24 horas detenidos, encerrados en un calabozo. Pero basta ver las fotos, videos, y declaraciones de quienes participaron para constatar la gran diversidad de actores que estaban presentes: castristas y anti castristas, personas que no se meten en nada, que no son ni una cosa ni la otra, personas heterosexuales, niños y niñas, personas trans, lesbianas. Había mucha variedad de personas ahí, y eso es lo que yo creo que logra finalmente la consolidación de esa “comunidad”.

Anteriormente, los colectivos se nucleaban con un tipo de afinidad política. Muchas veces esa afinidad, en el modo más superficial, se podía entender como estar a favor o en contra del CENESEX. Un modo un poco infantil, pero de alguna manera se expresaba así. El CENESEX es algo así como una metáfora del Estado cubano. Entonces, a partir de allí se posicionaban los actores, colectivos, etc. Había una especie de marca ideológica determinada. En cambio, ahora, en esta marcha, se mezclan todos. Uno puede identificar gente de la oposición tradicional, gente de la nueva oposición cubana, y otras personas que no son opositores, que defienden la revolución cubana, que defienden al gobierno. Pero todas confluían por la misma cuestión, por el reclamo de nuestro derecho a ocupar el espacio público. Si el Estado renuncia a la marcha a la conga que hace cada año, entonces nosotros la vamos a hacer por nuestra cuenta. El modo en que se gestó, horizontal, no verticalizado, sin liderazgos férreos, eso marca esta marcha 11M. Creo que esto consolida la comunidad, el movimiento LGBT en Cuba, que es deudor de todo el accionar y pensar anterior.

 

¿Qué semejanzas y diferencias encuentras entre las reivindicaciones de ustedes como LGBT cubano, y lo que sucede con otros movimientos de países latinoamericanos? ¿Qué convergencias o divergencia existen entre las agendas de los diversos movimientos?

Hay condiciones de base que se dan en todo el continente, quizás en todo el mundo. Existe un heteropatriarcado imperante que define el modo en que están organizadas las sociedades, la educación, las leyes y, por supuesto, este movimiento es una reacción ante el sistema heteropatriarcal. Esa es la principal semejanza: luchamos contra lo mismo. Lo que pasa es que lo mismo no se expresa siempre del mismo modo. Otra semejanza que encuentro es la minimización que se hace de esta lucha en el contexto de otras luchas políticas. Para muchos, la lucha por los derechos LGBT es una lucha “menor”, que puede ponerse en stand-by porque hay que resolver el problema de una dictadura que no permite los derechos políticos de la ciudadanía; o hay que esperar porque tenemos ahora un problema ambiental que es prioritario porque las comunidades están sin beber agua, por tanto, el tema LGBT no es primordial, puede esperar también. Y así, todos los movimientos postergan un poco esta lucha. Recuerdo en 2019 la marcha en defensa de los derechos de los animales, que se hizo en La Habana, en la que participé. Estuvo muy bien, pero estando ya en el cementerio de Colón, donde los animalistas se reunieron, una señora manifestaba a la prensa: “Si los homosexuales tienen el derecho de hacer su conga, nosotros también, porque además esto es más importante…”. Yo la entiendo, porque la lucha animalista es bastante nueva en Cuba, bastante emergente. Hay un celo, y yo la entiendo. Pero también entiendo que los derechos forman un sistema. No puede postergarse uno para privilegiar otro. Es posible que determinadas luchas sean más abarcadoras e integrales, e incluyan más de un derecho; pero, en definitiva, existe la necesidad de que cada grupo pueda avanzar sus agendas según sus capacidades. Entre el pequeño o emergente movimiento LGBT de Cuba y otros más consolidados a nivel regional la semejanza es que igualmente tienen que lidiar con el menosprecio de otros actores políticos.

Otra semejanza puede ser la dificultad en el acceso a los recursos. Una lucha que no es prioritaria verá dificultado el acceso a los recursos. Yo participé en el año 2014 en la Conferencia Regional de la Lesbian and Gay Asociation (ILGA), una de las organizaciones más grandes a nivel mundial. Ellos hicieron su congreso regional de América Latina y el Caribe en Varadero, un emporio turístico lejos de La Habana, bien lejos de los activistas, en un lugar bastante caro, donde era casi imposible acceder. El registro para participar en ese evento era de 700 dólares y yo por entonces ganaba el equivalente de 13 dólares al mes. Es posible imaginar lo complejo que eso resultó, pero de todos modos logramos participar. Allí pude conocer a muchos actores y colectivos de la región y conocer sus problemáticas. Una de ellas era el problema del acceso a los recursos y el tipo de condicionamientos que ponían a estos colectivos las organizaciones no gubernamentales (ONG) o los Estados. Eso pasa mucho, y en Cuba es todo un dilema actualmente. El punto álgido en el debate ahora mismo es de dónde provienen los financiamientos, cuán legítimos son los financiamientos para desarrollar proyectos en la isla. Supe entonces que también era un problema en otras partes, el que algunas ONG condicionan de manera bastante dura hacia dónde deben dirigirse los movimientos. Así que es una problemática que me parece común a otros actores de la región.

Hay cuestiones comunes en la agenda como, por ejemplo, el reclamo por el matrimonio igualitario que parece ser la más evidente y clara de las demandas porque es un derecho que logra empoderar a través de las leyes a la comunidad. También la adopción homoparental.

Sin embargo, hay una diferencia que creo es la más importante cuando pensamos el activismo LGTBI en Cuba, y tiene que ver con el entorno de derechos. En Cuba no tenemos derecho a existir como movimiento. A nivel regional estas agendas se mueven con relación a gobiernos que son algunos más reacios y otros ceden un poco más, y ahí se desarrolla la lucha entre Estado y sociedad civil para lograr confrontar sus demandas. El problema en Cuba es que no es posible existir como movimiento alternativo e independiente del Estado. Esa es una diferencia significativa que lastra mucho las capacidades organizativas, de crecimiento, de alcance, de llegar a más personas, la capacidad de diálogo, de establecer esta Agenda AcciónLGBTIQba de la que hablaba anteriormente. Es muy difícil porque cada grupo deslegitima al otro, y esa deslegitimación, en primera instancia, proviene del Estado. El Estado no otorga ningún tipo de garantías para que la sociedad pueda expresar esas demandas. Comprendo que esas garantías legales no lo son todo. Si determinados actores o luchadoras de América Latina me escuchan pueden decir “Bueno, en mi país se puede hacer, pero igual me reprimen”. Bien, por eso la idea es luchar para que no te repriman; en cada lugar hay que luchar por lo que hace falta. Definitivamente, en Cuba necesitamos una especie de plataforma legal que garantice a la ciudadanía la expresión de sus distintos modos de entender la realidad. Esta es una diferencia fundamental.

Lo otro es el nivel de los debates y demandas. En América Latina existen movimientos sociales que han venido desarrollándose desde años, no de la misma forma que el caso cubano (aunque también lleva años) que es una lucha muy marginal, en espacios alternativos. Defendemos esa alternatividad, pero ello implica poca visibilidad, poco acceso a los medios. Cualquier investigador en América Latina puede conocer lo que está sucediendo sencillamente con leer las noticias. Es posible saber que existió unamarcha, que existe  un reclamo, una demanda legal; y eso viene sucediendo desde hace años, y se presentan en las cortes, y se deniegan y pierden los procesos, o se ganan. Es una lucha pública. Esa lucha genera profesionalidad, compromiso, sistematicidad. De eso carecemos en Cuba. De entender un poco de leyes, hasta dónde podemos mover la demanda. Sé que existen personas en Cuba que trabajan la cuestión de los derechos, desde el punto de vista de la promoción de determinadas leyes pero, definitivamente, estamos muy atrás.

Esta diferencia también implica que las demandas son diferentes. Por ejemplo, hay un debate global en torno a cuán mercantilizadas están las marchas del orgullo gay, pero en Cuba lo que tenemos es la discusión de si hay o no hay marchas de orgullo gay. Es muy elemental: ¿podemos tenerla o no podemos tenerla? Ya pensar en cómo se articula, cómo se diseña, quiénes son los actores, hasta dónde llega, qué nivel de impacto mediático tendrá, si se mercantiliza o no; ese ya es un debate ulterior. Primero, tenemos que existir para entonces después decir si no nos gusta cómo lo hacemos y poder plantearnos cambiar. Para resumir lo anterior, se trata del nivel de precariedad que tenemos en Cuba, justamente producto de esta imposibilidad de desarrollar los procesos de manera regular. Las carencias democráticas que tenemos son las que más marcan los discretos avances en Cuba.

 

¿Cómo se desarrolla la agenda del movimiento en el entorno político, social y cultural particular de Cuba? ¿Qué pasó en los últimos años con la lucha y el posicionamiento de la agenda del movimiento en el contexto de cambio constitucional y, específicamente, del nuevo Código de Familia?

Hay muchos ámbitos de la isla en donde se expresa el crecimiento de este movimiento. Pienso que en al ámbito artístico y cultural. Siempre desde las artes es desde donde más han estado posicionando determinadas demandas, determinados actores, personas, figuras que permiten o posicionan el sujeto LGBT dentro de la sociedad y eso es algo que en el entorno cubano, pienso, es en lo que más se ha avanzado. Y pienso también que es uno de los aportes del CENESEX; más allá de todas las críticas que podamos hacer a la gestión de esta institución, que es líder de determinados reclamos del LGTB en la isla, estas deben separarse de la visibilización que, efectivamente, ha logrado hacer de las personas LGTBIQ dentro de la sociedad cubana, específicamente en la televisión cubana. El CENESEX hace asesoría, que eventualmente funciona también como censura, por cierto, dentro de la TV cubana. Pero esto ha ayudado a que el tratamiento que históricamente se le dio a la figura del homosexual, siempre alguien de quien burlarse, ridiculizada al extremo, empezara a modificarse. La presencia de personas y temáticas de LGTB en los medios es un aporte fundamental. Más allá de que no estemos conformes, estamos muy contentos de que eso haya sucedido. Para mí fue increíble encontrarme en el Pabellón Cuba, cuando se celebraron las primeras Jornadas contra la Homofobia y la Transfobia organizadas por el CENESEX, con tantas personas homosexuales, gays, lesbianas, trans, a plena luz del día, ante los ojos de todo el mundo. Eso fue bastante transformador y estimulante. Lo que sucedió, por supuesto, es que cuando eso no pasa a concretarse en políticas y derechos para esa comunidad, no es suficiente la existencia de esos espacios institucionales y estatales como los que promueve el CENESEX. Yo pienso que el desarrollo ha estado presente sobre todo en estos ámbitos que te estoy comentando, pero no solamente. Ha avanzado en espacios como, por ejemplo, en el Código de Trabajo, en los lineamientos del Partido Comunista de Cuba (PCC), que es muy importante porque es el único partido legal que tenemos en la isla y que incluso está por encima de la Asamblea Nacional del Poder Popular. Finalmente, en la nueva Constitución no quedó de modo explícito el derecho al matrimonio igualitario, pero al menos reconoce formalmente el derecho a no ser uno discriminado por su orientación sexual o identidad de género. Es decir, hay presencia en determinada legislación en la isla que ha sido un paso en el soporte de los derechos. No obstante, se trata de una presencia tímida a la que de ninguna manera uno puede echar mano; no es que uno puede decir “has violado este artículo del Código de Trabajo y me vas a resarcir, de alguna manera”, no se ha llegado ahí todavía. Pero tampoco es posible desconocer esa realidad, creo que es fundamental que exista, que esté ahí para que podamos tener otros derechos. Con lo que sí estoy completamente en desacuerdo es con pensar que solamente la existencia de estas alusiones al derecho a no ser discriminado en estos documentos legales, puede ser suficiente. Para nada. Eso es completamente insuficiente sobre todo porque en Cuba ni siquiera tenemos un tribunal de garantías constitucionales. Entonces, cuando se viole la constitución a ninguna parte podemos ir a decir “miren se ha violado la Constitución”. La agenda de los derechos LGBT está ubicada en algunos espacios de la sociedad, pero tiene limitaciones muy marcadas. Lo vimos durante el debate en torno a la Constitución. La Constitución fue aprobada en 2019, pero desde 2018 se promovió un debate de base en todo el país, en los centros de trabajo, en los barrios, para que las personas expresaran sus criterios sobre la Constitución. El proyecto inicial de Constitución tenía una modificación en el artículo 68. La vieja Constitución decía que el matrimonio era la unión legal entre un hombre y una mujer, mientras que la nueva propuesta era definir el matrimonio como la unión legal entre dos personas: Por supuesto, eso era lo que proponíamos los colectivos LGBT porque a partir de ahí se podía avanzar hacia el matrimonio igualitario.

Sin embargo, la respuesta que se obtuvo a nivel social fue muy interesante. Sigue siendo un misterio porque lo que sabemos de los debates está mediado por los agentes del Estado, quienes “traducen” a los medios lo que se está hablando en las asambleas de barrio. En las primeras semanas de debate, la prensa oficialista cubana insistía en que la gente estaba en contra de esta modificación en el concepto de matrimonio. En efecto, después de varios meses de debate, al momento de votar la Constitución, la cantidad de intervenciones sobre el tema del matrimonio fue la excusa para eliminar la modificación. Nunca supimos cuántas intervenciones fueron en contra y cuántas a favor. Eso aparentemente no se contabilizó. Estábamos llamando a muchos activistas para que hablaran a favor del cambio del artículo y eso cuenta tanto como el que vota en contra del artículo. Como nunca fue claro el procedimiento, es lo que se utiliza en nuestra contra; al no ser transparentes las cifras de quien estuvieron a favor o en contra entonces, la élite política pudo decir en la Asamblea Nacional que quitaría el artículo porque la mayoría del pueblo no lo quiere. Fue lo que pasó. Este ejemplo también demuestra que, aunque sí hay una presencia, hay inserción del tema LGBT en los medios, en las artes, en el debate popular; eso no es garantía de que la ciudadanía ni las instituciones comprendan la problemática, ni que estén de acuerdo en buscar alguna solución para ello.

 

Retos y expectativas para la causa y el movimiento tanto en Cuba como en la región, ¿cuáles son tus valoraciones personales en ese sentido?

Yo pienso que definitivamente va a seguir creciendo la cantidad de países que finalmente aprueben el matrimonio igualitario en la región. Actualmente hay varios países: están Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador, Uruguay, Guyana francesa, Islas Malvinas. Está el tema de matrimonio igualitario en Costa Rica que desde hace dos años fue aprobado, pero se va a concretar  mayo de este año. De modo que se sigue incrementando la cantidad de países que tienen avances a nivel legislativo en este ámbito. Eso nos da mucha fuerza. En el caso cubano sabremos qué va a pasar en algún momento antes de que se cumplan los dos años de ser aprobada la Constitución, que incluyó una Disposición Transitoria que llevará a referendo el futuro Código de Familia, documento legal que ampararía el matrimonio igualitario. El derecho de la comunidad LGBT será llevado a votación, va a ser consultado con la población en uno de esos procesos de deliberación que son bastante interesantes en Cuba, y después va a ser llevado a un referendo. Forma parte ahora de la lucha que nos espera en Cuba. Yo y las personas con quienes trabajo estamos en contra de que los derechos de las minorías sean plebiscitados en vez de garantizados. No pueden ser sometidos al voto de la mayoría. Eso no tiene sentido, sobre todo, cuando sabemos que nuestros pueblos tienen una homofobia arraigada. Lo que esperábamos era que fuera aprobado. No es nada tan descabellado que dos personas del mismo sexo puedan casarse. Menciono esto no porque sea la única demanda de las organizaciones y de las personas LGTBI a nivel nacional y regional. Lo que ha sucedido es que es muy fácil de entender de qué se habla cuando se hace una demanda de este tipo. Yo pienso que estratégicamente los movimientos a nivel regional han utilizado esto como bandera fundamental para poder luego ir a por otros derechos que son muy importantes para nuestra comunidad. Yo hacía referencia a que la agenda LGBTIQ que hicimos en La Habana, mencionaba entre los primeros temas modificar, la Constitución, o cambiar el concepto de matrimonio, pero eso era solo un acápite, de un total de 63 puntos que necesitamos para nuestra comunidad. Van avanzando y deben ir concretándose de manera paralela, aunque sean temas que tengan menos visibilidad.

Quienes han logrado conquistas en sus países, deberán defenderlas. Hay un avance muy fuerte de gobiernos conservadores y grupos religiosos fundamentalistas en la región, por lo que es nuestro deber cuidar que los derechos alcanzados no nos los arrebaten.

 

[1]Ver  AcciónLGBTIQba. Agenda por los derechos de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans, Intersexuales y Queers en Cuba. Disponible en: https://accionlgbtiqba.wordpress.com/agenda-por-los-derechos-de-lesbianas-gays-bisexuales-trans-intersexuales-y-queers-en-cuba/

[2] Ver Proyecto Arcoíris. 28 de junio: Besada por la Diversidad y la Igualdad. Disponible en: https://proyectoarcoiris.wordpress.com/2012/06/26/28-de-junio-besada-por-la-diversidad-y-la-igualdad/

 

Isbel Díaz Torres (Cuba, 1976).

Activista social, biólogo y escritor. Defensor de Derechos Humanos vinculados a la comunidad LGBTIQ cubana. Director de la organización ambientalista Guardabosques. Fundador de iniciativas ciudadanas como Proyecto Arcoíris, plataforma AcciónLGBTIQba, Observatorio Crítico Cubano, Taller Libertario Alfredo López, y Centro Social ABRA.