A partir de una vasta experiencia profesional en Cuba y en otros países de la región, Yanet Rosabal nos cuenta cómo es trabajar desde la sociología en torno al desarrollo de las economías locales, en comunidades rurales y experiencias de emprendimiento autogestivo, desde los espacios productivos; también habla de la transformación que fue sufriendo su mirada sobre Cuba, la necesidad de generar una conciencia sobre la importancia de la participación y el activismo para la transformación social; de construir ciudadanía para pensarse como agente de cambio, de la institucionalidad democrática como base indispensable para el ejercicio de la libertad.

 

¿Qué elementos de tu experiencia vital como mujer, académica, proveniente del oriente cubano influyeron tus años en Cuba?

Cuando me ven es muy difícil que las personas se imaginen lo que hay detrás, porque soy una mujer blanca de ojos verdes, con una formación académica, docente universitaria e investigadora. Entonces, es difícil hacer coincidir esa imagen con mi historia personal.  Yo provengo de un pequeñísimo pueblecito en el oriente cubano, en la provincia de Guantánamo, que se llama Caimanera. Es un poblado fronterizo con la base naval norteamericana, un pueblo costero muy pequeño -acaso tiene 6.000 habitantes-, y está ubicado al interior de la bahía de Guantánamo. Este pequeño pueblo de pescadores comienza, a partir de 1901, con la construcción de la base naval a tener cierta dinámica económica, era la “puerta de entrada” a la base naval, que demandaba mucha fuerza de trabajo para las obras que se comenzaron a ejecutar allí y se convirtió en una de las fuentes de empleo más importantes de la zona oriental del país. Llegaban personas de todo el país e incluso del extranjero. Y aunque cuando yo nací ya esto no era así[1], aún quedaban vestigios de esa migración. En mi cuadra, por ejemplo, vivía un matrimonio puertorriqueño, recuerdo que el señor era jardinero y hacía unas obras de arte con los pinos de su pequeño jardín. También había un matrimonio proveniente de Jamaica, el señor era tecnólogo y la esposa costurera. Yo era una niña muy conversadora y me encantaba hablar con los adultos, pues era amiga de esos vecinos con quienes tenía largas charlas. Había en la cuadra también vecinos que eran de otras provincias del país. Esto me proporcionó una experiencia de acercamiento a la diversidad social y cultural atípica para una niña cubana en los ‘70-’80, que sin dudas marcó mi vida.

Pero además esta niña blanca de ojos verdes, es hija de una mulata, nieta de una negra. Mi abuela materna era descendiente de esclavos haitianos e indios que fueron cimarrones en las montañas de Baracoa. Así que el tema racial, la negritud, es una presencia fuerte en mi experiencia de vida, especialmente en mi infancia. Mi abuelo, el papá de mi mamá, era hijo de españoles e igualmente mi familia paterna; y de ahí mis rasgos físicos, pero desde niña viví experiencias relacionadas con prejuicios raciales, por ejemplo: andar con mi mamá en la calle. Ella nos llevaba de la mano a mi hermana y a mí, dos niñas blancas con el cabello rubio, así que la gente dudaba de que realmente fuera nuestra madre. Escuché más de una vez que le preguntaran “¿de verdad son tus hijas?” y por supuesto, ver su reacción, sentir que le molestaba, le incomodaba ese tipo de comentarios. Igualmente percibir que para ella era un “alivio” que nosotras no tuviéramos la piel “oscura”, como madre creía que era lo mejor para nosotras, que no viviéramos la carga del estigma social de ser “negras” como ella.

Al tema racial se une el de la pobreza, que también conocí desde niña. Luego de la ruptura de relaciones entre el gobierno cubano y el norteamericano, Caimanera se convirtió en una zona de conflicto, por la cercanía con la base naval.  Esto afectó muchísimo la economía local, no había trabajo para los pobladores. Incluso los pescadores se vieron muy afectados, no tenían permiso para ir con sus botes cerca de la base, sólo podían salir en ciertos horarios y pescar en una zona restringida de la bahía. La conflictividad con la base naval era un tema cotidiano para los pobladores, quizá teníamos una percepción del diferendo con Estados Unidos más cotidiana que en otros lugares de Cuba. El tema de la guerra, de la posibilidad de una intervención militar, era algo del día a día, vivíamos rodeados de unidades militares y ver los aviones militares norteamericanos volar en el cielo era algo normal. Sabíamos que había un campo minado -cerca de las unidades militares de ambos lados-, y los niños éramos alertados de no jugar en los manglares abundantes en la zona, por el peligro de pisar una mina. Entonces soy esta niña, con todas estas vivencias que forman parte de mi experiencia vital, que creo estimularon ciertas sensibilidades por tópicos sociales desde muy pequeña.

Con 12 años, recibí el beneficio de los programas educativos que desarrollaba la revolución en esos años y me seleccionaron para estudiar en una escuela vocacional, los primeros años con énfasis en la orientación vocacional -soy de la última cohorte que entró a estas escuelas al concluir la primaria. Los últimos 3 años la escuela se transformó en un instituto de ciencias exactas. Desarrollé en esos años un interés por la química, hasta fui a concursos de conocimientos en esta área, pero al llegar al último año, cuando enfrenté el momento de escoger una carrera universitaria, para asombro de mis profesores, me decidí por las carreras sociales.

En mi casa nadie se asombró. Mis padres tenían poca instrucción, mi papá por ejemplo apenas logró concluir la primaria. Mi mamá estudió hasta la secundaria. Pero a ambos les gustaba leer. Recuerdo que cuando cumplí 8 años no tenían para celebrarme el cumpleaños o regalarme algo, y mi papá me dio 5 pesos -que en la Cuba de esos años tenía algún valor adquisitivo- y me llevó a la librería del pueblo y allí gasté hasta el último centavo. Desde ése momento comprar libros se convirtió en un hábito y luego hablar de esos libros que leía con mi papá, a quien también tenía que “darle clases”, al llegar de la escuela le enseñaba lo que había aprendido. Fui su maestra, un poco, era un juego, pero estimuló mi gusto por la enseñanza.

Pero al llegar la hora de escoger una carrera, te decía, elegí como primera opción Psicología y en segunda Sociología. Esta última la puse casi por rellenar la planilla, yo estaba convencida de que iba a llegarme mi primera opción y de la segunda prácticamente no sabía nada. Pero resulta que fue justamente Sociología. En un país que dejó de formar sociólogos durante más de una década esta era una profesión con casi nulo reconocimiento social. Así que llegué a la Universidad de Oriente, en la ciudad de Santiago de Cuba con mucho desconocimiento, llena de dudas. Por suerte no era la única, mis compañeros de estudio estaban en la misma situación, algo que los profesores que nos iban a formar por suerte habían considerado. Tenían diseñado un curso de familiarización que hicimos durante el primer mes de clases y que nos acercó al ejercicio de la profesión. Nos llevaron a lugares donde había profesionales ejerciendo la sociología o al menos haciendo algo cercano a ella. Conocimos experiencias de profesionales en los medios de comunicación, en una empresa ejerciendo sociología laboral, nos acercaron a la experiencia de los investigadores de la Casa del Caribe, que hacían estudios de tipo etnológico y antropológico. De muchas maneras toda esa experiencia de familiarización con la profesión nos impactó, y al menos en mí comenzó a despertar un interés cada vez mayor.

Sin embargo, nuestros profesores tampoco eran sociólogos, ninguno de ellos. Eran filósofos, historiadores, economistas, psicólogos… pero ninguno era sociólogo, incluso el jefe de la carrera en ese entonces, Miguel Matute, un excelente investigador y apasionado estudioso, era ingeniero eléctrico y había llegado a la sociología por su interés en la filosofía positivista y la investigación social. Así que de muchas maneras tanto los docentes como los estudiantes estábamos aprendiendo sociología, creo que éramos todos muy ingenuos y extremadamente soñadores. Nos formaron con una vocación de activismo social, de utilización de la sociología como herramienta para hacer visibles los problemas sociales del país y proponer alternativas de solución a los problemas, aunque siempre dentro de la ideología oficial. Eran los años del período especial (del ‘90 al ‘95), los años más crudos y difíciles para los cubanos; pero en las aulas discutíamos sobre temas como la creación de las UBPC, salíamos a estudiar comunidades marginales como “San Pedrito”, o participábamos en proyectos de intervención comunitaria desde la animación sociocultural con nuestros profesores. Era un momento en que se comenzaba a despenalizar el dólar, en el que a la par del aumento de la pobreza comenzaba a hacerse visible el tema de la desigualdad asociada a la tenencia del dólar, las familias de los “gusanos”, los que se “habían ido”, los segregados, que durante mucho tiempo fueron representados en el discurso oficial como “enemigos de la revolución”, comenzaban a mejorar su poder adquisitivo y a mostrar unas condiciones de vida mejores que las de sus vecinos revolucionarios.

Pero esta complejidad social, este emerger de tópicos de interés para la sociología, no se reflejaba en los salones de clases. Sobre esos temas críticos apenas se discutía, no eran objeto de análisis en las aulas ni estaban contemplados en el plan de estudio (pensum). Las “lagunas” formativas no están únicamente relacionadas con estas carencias sino también con contenidos que fueron excluidos de nuestra formación. Recuerdo que luego del congreso de ALAS celebrado en Cuba en 1991, alguien del grupo que pudo participar llevó a clases una revista editada por estudiantes creo que, de Venezuela o México, el hecho es que en la revista escribían sobre Habermas, Fromm, Horkheimer, Marcuse…nombres todos desconocidos por nosotros, me dije “¿y estos quiénes son?”. No nos enteramos de la existencia de un marxismo crítico; y aún no sé hasta qué punto era una decisión deliberada de quienes nos educaban o era resultado de sus propias limitaciones formativas.

Así concluyó mi formación universitaria y decidí no regresar a mi pequeño pueblo, creí que no iba a ser lo suficientemente interesante para ejercer mi profesión y me fui a la provincia Granma, también en el oriente cubano. Pensaba que mi pequeño pueblo como objeto de estudio se agotaba en mi trabajo de Diploma, una investigación sobre migraciones internacionales que tomaba a Caimanera como caso de estudio. Teníamos en el pueblo la única frontera terrestre en la isla (con la base naval). En los años ‘93 y ‘94, ocurrió el mayor éxodo migratorio cubano de los ‘90, con su punto álgido en la llamada crisis de los balseros. En Caimanera nos despertábamos y la pregunta era “y anoche, ¿quién se fue?”, porque en la noche cuando bajaba la marea era muy fácil llegar nadando a la base naval. Había un grupo de personas a las que habían atrapado cuando intentaban emigrar. El intento de migrar se había frustrado y yo quise conocer qué los había motivado. Con la investigación, entrevistando personas me enteré incluso sobre mi propia historia personal. Supe que mi papá había estado en las UMAP[2] durante unos meses, no lo sabía, era algo de lo que en mi casa nunca se habló. Los hermanos mayores de mi papá, que habían estado vinculados a la clandestinidad y apoyado a los revolucionarios comenzaron a desconfiar del rumbo que estaba tomando la revolución y se fueron aprovechando que eran trabajadores de la base naval, un día fueron a sus trabajos y no regresaron. Mi papá se quedó sin trabajo porque también tenía trabajo dentro de la base y alguien lo denunció como “vago”. Así fue a dar durante casi 5 meses a las UMAP. Esto lo conocí mientras hacía la investigación y supe muchas cosas más del pueblo, que creía conocer porque era tan pequeño, sin embargo, no era así. Ahí empezaron a salir motivaciones familiares, culturales, ideológicas, pero la mayoría eran motivaciones económicas. Ese pueblito había sentido quizá como en ningún otro lugar en Cuba lo que representaba no tener esa oferta de empleo y lo que implicaba la base naval en opciones de desarrollo personal y la relación con los yankees.

 

¿Qué experiencias puedes compartir de tu vida como profesional con vocación de activismo y transformación social en Cuba?

Al llegar a Granma me ubicaron para realizar el servicio social en un Centro de Promoción y Educación para la Salud. Empecé a trabajar en un proyecto de la OPS que se llamaba Municipios por la Salud. Desde el primer momento tuve que enfrentarme con los “baches” en la formación, leía documentos que hablaban de antropología de transferencia, psicología cognitiva, de teoría crítica, nada de eso estaba en los conocimientos de los recién graduados de sociología en la Universidad de Oriente, al menos. Lo interpreté como un desafío que estimuló mis ganas de estudiar y aprender cosas nuevas, de ser más crítica con mi formación. La experiencia de trabajo fue muy rica porque pude conocer comunidades rurales de la zona de la Sierra Maestra, ver de cerca problemas sociales que eran consecuencia de políticas de desarrollo ejecutadas por el gobierno en las zonas campesinas, como el desplazamiento y abandono poblacional de las zonas rurales y la concentración forzada de población -anteriormente dispersa- en los nuevos asentamientos creados por la revolución. La falta de reemplazo en la fuerza laboral agrícola, los efectos negativos de la radical reforma agraria en productores ganaderos… en fin, muchos problemas que nunca aparecían en los medios de comunicación, ni se mencionaban en el discurso, no formaban parte de la narrativa de triunfo y éxito revolucionario. En Cuba no se hablaba de pobreza, sino de vulnerabilidad social. Como sociólogos teníamos que estar muy claros que ciertas categorías y conceptos jamás podrían ser estudiados si no se “ajustaban” al discurso político oficial.

Una experiencia muy demostrativa de cómo fui dándome cuenta de que mi ejercicio profesional estaría mediado por lo ideológico, por lo políticamente aceptado según el gobierno, fue que en el año 1996 se crearon unas comisiones de expertos para atender las comunidades y aunque yo estaba recién graduada y mi experiencia era casi nula no había otra socióloga en el sector salud así que me incorporaron. Funcionábamos como asesores de la Asamblea Provincial del Poder Popular en Granma, así llegamos a la Comunidad conocida como Haití Chiquito, del municipio Jiguaní, muy cerca de la ciudad de Bayamo. Esta comunidad fue creada por el gobierno; concentraba a unas 15 familias afectadas por el ciclón Flora; la mayoría eran negros, descendientes de haitianos que vivían en las montañas de Guisa y se dedicaban al cultivo del café. El gobierno les construyó unas casas en una zona casi despoblada, con tradición de ganadería, en tierras que ya habían expropiado y que eran del estado, pertenecían a una empresa ganadera estatal. Como es lógico, estas personas no tenían trabajo, y eso el gobierno no lo consideró, sólo le proporcionó las casas y ya. En poco tiempo se comenzaron a ver los hurtos tanto a la empresa como a los otros asentamientos relativamente cercanos, el rechazo de los escasos habitantes de la zona, los hizo vivir en una suerte de “endogenismo”, que propició la aparición incluso de relaciones incestuosas. Pero el gobierno solo llegó a conocer esta situación de manera casual, porque un día alguien pasó por allí, tomó unas fotos de la comunidad y los pobladores, que luego aparecieron en la prensa extranjera. El equipo de expertos de la comisión estudió la comunidad y a partir de lo encontrado se conformó una propuesta de proyecto comunitario, con un enfoque multidisciplinar. Cuando presentamos los resultados del estudio y la propuesta a los dirigentes del gobierno en la provincia una funcionaria con alto rango dijo “que ése problema se resolvía fácil”, su criterio era que se debía redistribuir a esas personas por diferentes lugares del municipio. Mi reacción fue saltar de la silla, apenas creía lo que estaba escuchando. Era recién graduada y no podía entender la indiferencia y la ligereza de la funcionaria para encontrar “soluciones”, no los veía como personas sino como cosas, como objetos sobre los que podía disponer de manera discrecional. Inmediatamente opiné que eso no era lo correcto, era una convencida de que el ejercicio de la sociología estaba ligado al compromiso social y que había que defender las opciones que posibilitarían la transformación social a la que se referían los líderes revolucionarios en su discurso. Pero otros miembros del equipo se quedaron callados, sin defender nuestra propuesta, todos ellos con más experiencia que yo.

Al concluir el servicio social (1997) concursé para trabajar como profesora en la universidad de Granma, en el departamento de marxismo. Eran los años en que los antiguos departamentos de marxismo de las universidades cubanas se cambiaban el nombre, comenzaban a llamarse departamentos de Ciencias Sociales, pero no ocurría así en la Universidad de Granma. Igualmente cambiaban los nombres de las materias del ciclo de Filosofía marxista, que comenzaba a llamarse Filosofía y Sociedad. Yo comencé impartiendo esa materia y luego otra que se llamaba Problemas sociales de la Ciencia y la Tecnología, ambas a estudiantes de Agronomía y Veterinaria. Pero no me desligué de la investigación y el trabajo en comunidades, un pequeño grupo (3) de profesores estaban investigando el tema del cooperativismo y el desarrollo rural, enseguida me vinculé con ellos, era la única socióloga en toda la Universidad. En el año 1999 empecé a estudiar la Maestría en Desarrollo Cultural Comunitario de la que me gradué en el 2001, y para esa fecha justamente al culminar la maestría fuimos convocados por el Departamento de Sociología de la Universidad De La Habana para formar parte de un proyecto que tenía mucho de novedoso y atrevido, se llamó “El papel de los actores sociales en el desarrollo local: potencialidades y limitaciones de los gobiernos municipales para el desarrollo” y estaba financiado por una ONG de obreros noruegos, Ayuda Popular Noruega (APN). Esa experiencia fue esencial para los cambios que estaban ocurriendo con respecto a mi comprensión de mi rol como profesional.

Hablar de desarrollo local en Cuba en ese entonces y en el oriente del país era casi una entelequia. En la segunda mitad de la década de los ‘90, y debido a la crisis se habían tomado algunas decisiones gubernamentales que flexibilizaron un poco el férreo control del estado sobre la economía en los municipios y poblados. Aparecieron los primeros permisos a trabajadores por cuenta propia (privados) y los municipios con una mayor actividad turística comenzaban a presionar por recibir algo de los ingresos que el turismo generaba, se comenzaba la experiencia de la Habana Vieja con la oficina del historiador de la ciudad, existían otras experiencias en el interior del país. Todas giraban alrededor del tema económico-productivo, estaban enfocadas en cómo mejorar la economía local porque la situación de la alimentación, de la infraestructura productiva era crítica.

Entonces se comenzó a hablar de desarrollo local en Cuba, aunque -como con otros conceptos y nociones teóricas- en la isla tuvieran otro “significado”. Recuerdo un artículo escrito por A.H., en aquel entonces una muy joven socióloga de la Universidad de La Habana y que justamente tenía por título “¿De qué desarrollo local estamos hablando?”, porque leíamos los análisis de las experiencias en Europa o en América Latina, leíamos las elaboraciones teóricas que se producían en esos años (Coraggio, Boisier, Vazques-Barquero) y no era eso lo que se aplicaba en Cuba, no. Desde la academia se intentaba hacer una contribución no sólo al debate (que era incipiente) sino a la implementación de ciertas estrategias y creo que esta intención estuvo en la motivación del equipo del departamento de Sociología que convocó a otras 4 universidades del país[3]. Se puede creer que al tener un proyecto aprobado con financiamiento internacional -que debía pasar por todos los trámite ante el MINVEC[4]–  los resultados de nuestra investigación encontrarían un mayor respaldo institucional. Sin embargo, los resultados nunca fueron publicados en Cuba y el debate no salió del entorno de los equipos que trabajábamos en cada una de las provincias.

No obstante, esta experiencia para mí fue una de las más enriquecedoras, porque pude conocer de cerca las instituciones de gobierno -que jamás estudiamos en la carrera ni en ningún nivel de formación anterior-. Por ejemplo, conocí que el presidente de la Asamblea, que duplicaba sus funciones como presidente del Consejo de Administración, igualmente que los municipios no contaban con un marco legal de rango constitucional y que todo el funcionamiento se regulaba vía reglamentos e instructivos derivados del gobierno nacional. Una de las tareas del proyecto era justamente identificar las potencialidades y limitaciones de los gobiernos municipales cubanos para el desarrollo local, mientras más nos adentrábamos en la investigación y más trabajábamos con los delegados y presidentes de los consejos populares veíamos que las limitaciones eran muchas, entendíamos por qué a muchos nuestros análisis les parecían subversivos. Lo eran, porque en un sistema de gobierno excesivamente centralizado, potenciar la economía local implicaba conflictos y problemas imposibles de solucionar sin debilitar el control del gobierno nacional sobre los niveles locales. Igualmente pude percatarme de las debilidades con respecto al modelo de participación social cubano, en los que los delegados elegidos por la gente no tenían ningún poder real, al igual que las asambleas y sus presidentes. Las rendiciones de cuenta ante las circunscripciones no eran más que una falsa performance de participación popular, toda una representación teatral a la que la gente asistía con absoluto desinterés, sólo a registrar su asistencia y dejar constancia ante el sistema de vigilancia vecinal. A las asambleas municipales se las llamaba gobierno, pero no gobernaban. Eso sin considerar la subordinación de las asambleas del poder popular al Partido, un tema que nunca abordamos, hubiera sido suicida.

Cuando me veían en Granma hablando de todo esto mis colegas -otros profesores universitarios- y amigos, me decían que me iba a buscar problemas… “es muy subversivo, te van a llamar de la seguridad del estado”, escuché con frecuencia. Vivimos así los cubanos, con esa sensación de ser observados, vigilados, perseguidos, todo el tiempo, el panóptico totalitario del que habla Foucault, al que tampoco estudié en la Universidad. Alguna que otra vez me llamaron por lo que estábamos diciendo y haciendo. En Cuba en cada universidad hay un oficial de la seguridad del estado, igual está el comité del Partido en cada organización, ambos vigilan y te llaman a contar. Creo que es oportuno puntualizar que quien te está hablando es una mujer que desde muy joven tuvo una participación activa en el proceso político, por supuesto en mi contexto geográfico, muy alejado de los altos niveles de dirección política, fui militante de la UJC y luego del partido; pero mi ejercicio profesional, mi experiencia de trabajo cada vez me proporcionaba mayores argumentos para criticar, para cuestionar la ejecutoria gubernamental, y las políticas de desarrollo del país y en fin, para disentir. Creo que mi ejercicio profesional me fue convirtiendo en una disidente, como acostumbran a llamar en Cuba a todo aquel que critique al gobierno, aunque lo hagas desde la ciencia social. Lo peor era que me daba cuenta de que no iba a poder hacer las contribuciones que esperaba realizar como socióloga, comenzaba a acumular frustraciones a entender a qué se debía el azaroso camino que había recorrido la sociología en Cuba, las limitaciones que tendría el ejercicio profesional, que dentro del socialismo cubano no había cabida para hacer de la investigación social una herramienta para transformar y mejorar la sociedad.

En esos años logré llevar a las aulas algunos de los tópicos que trabajaba en la investigación, al menos mis estudiantes escuchaban y leían elementos que les permitirían un ejercicio crítico. Era profesora en la carrera de Licenciatura en estudios socioculturales e impartía Teorías del Desarrollo. También comencé a tener vínculos con investigadores de otros países: Venezuela, Ecuador, México, Nicaragua… pude contrastar algo de mi experiencia en Cuba con la de esos países. Fui a Ecuador como parte de un convenio para diseñar una Maestría en Desarrollo Local, en la Universidad Técnica de Cotopaxi, me articulé a la Red ILAPIR[5] y comenzamos a intercambiar experiencias sobre innovación y desarrollo especialmente en contextos rurales; fui a Venezuela y estuve en comunidades campesinas; fui a México e intercambié con colegas del Colegio de Posgraduados que trabajaban con productores de chile poblano, estuve en Holanda en un programa de fortalecimiento de capacidades compartiendo con investigadores y académicos de Ghana y Sudáfrica. Las salidas del país fueron cuestionadas -sólo lo hice en 4 oportunidades- y finalmente, cuando me enamoré de un colega de Venezuela, quien coordinaba las acciones del ICRA para América Latina y con quien había trabajado en la edición del libro, me acusaron de que estábamos preparando un “robo de cerebros”, según el oficial de la seguridad que atendía mi universidad mi plan era irme y llevarme a varios profesores más de la universidad. Era totalmente falso.

Entonces, la decisión de irme del país, además de estar motivada por mi relación sentimental, fue impulsada también por todo lo que he contado. Ya para entonces mi esposo, que había respetado mi inicial decisión de permanecer en Cuba, me presionaba para vivir juntos y Venezuela, su país natal, fue la opción natural para establecer nuestro hogar.

 

¿Cómo esa misma identidad y las vivencias de tu país natal te han impactado al migrar, vivir y entender la realidad venezolana?

En 2010 nos fuimos a Venezuela e inmediatamente me puse a trabajar de nuevo en las comunidades rurales, con Fundacite-Lara[6] que estaba desarrollando el programa de Redes de innovación productiva, que luego comenzaron a llamarse “socialistas”. Después sistematizamos una experiencia que estaba desarrollando el CIARA, otro instituto de desarrollo agrícola venezolano y también trabajábamos con el INIA (Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas). Me resultaban interesantes estos programas porque al contrario de lo que se hacía en Cuba, aquí se asociaban productores agrícolas, que ya lo eran, para acceder a financiamiento productivo. No era la cosa de la asistencia social o la filantropía, sino el fortalecimiento de capacidades productivas, eso me parecía en ese momento; y había un asesoramiento técnico de Fundacite, de las universidades y de los institutos de investigación. Yo todavía al inicio no veía el brazo político metido ahí. No lo veía, pero, cuando comienzo a trabajar me doy cuenta de que sí estaba. Era la época en que en Venezuela se realizaban elecciones y referendos, casi cada año; no había momento en que no se hablara del tema electoral o que el gobierno no movilizara a la gente políticamente. O sea que, en definitiva, era una estrategia de financiamiento, que la gente accediera a recursos, para mejorar su condición de vida pero que sí estaba orientada desde lo político y era una estrategia para lograr votos, para cooptar los espacios comunitarios y el activismo social comunitario para movilizar los afectos de la ciudadanía.

La experiencia de trabajo con Fundacite y especialmente con las redes socialistas de innovación me permitió conocer de primera mano los efectos de las leyes que estaba impulsando el gobierno de Venezuela. Era la época en que la Asamblea Nacional estaba absolutamente en manos del chavismo y el gobierno había comenzado a introducir un conjunto de leyes que habían sido rechazadas en el referendo constitucional, entre ellas las Leyes de Los Consejos Comunales. Para mí era todo muy novedoso, porque en Cuba no había una ley del municipio, apenas se hablaba de leyes ni de basamento jurídico, las decisiones gubernamentales inmediatamente pasaban a ser implementadas y en Venezuela había todo un debate, en la prensa, en los institutos y universidades, había algo vivo que me resultaba interesantísimo, como cubana era todo un aprendizaje.

Y así en las comunidades rurales de Lara, pude percatarme de cómo se gestaba una fragmentación y atomización de los esfuerzos de las comunidades, que tenían historia de lucha social, de activismo, que se habían unido enfrentándose al poder, cómo esos esfuerzos y esos años de lucha pro reivindicaciones comenzaban a diluirse. Muchas organizaciones comunitarias, buena parte del activismo fueron cooptados por el partido en el poder. Hipotéticamente, las leyes eran para empoderar a los productores a las comunidades, pero el efecto fue exactamente el contrario. Lo peor era que muchos no se daban cuenta de lo que ocurría, pero mi experiencia profesional y personal me permitía ver el rumbo que estaba tomando la revolución bolivariana.

Por ejemplo, un día estuve en una comunidad de productores caprinos en el semiárido larense. Se había creado la red socialista de innovación productiva con productores de la comunidad quienes asesorados por Fundacite habían elaborado un proyecto para crear una pequeña unidad de pasteurización de leche caprina, se le había dado un financiamiento, y los líderes del Consejo Comunal (CC) recién creado -todos militantes del PSUV[7]-, empezaron a enfrentarse a los productores. La razón del conflicto era el financiamiento, que los miembros del CC consideraban debían manejar ellos, ya que la nueva Ley así lo establecía, que todas las organizaciones dentro del territorio que quedaba bajo su jurisdicción, se subordinaban al CC. Ahí se veía todo el conflicto, el tema del poder, cómo le iban a pasar por encima a las otras dinámicas comunitarias y cómo estaba ocurriendo esa atomización.

Lo advertí en varias comunidades, en las que pude ver con tristeza cómo zonas donde había toda una tradición de activismo y asociación, en torno del cuidado del medio ambiente, el cuidado del agua y la producción orgánica, que comenzaba a perderse; el caso de Monte Carmelo una comunidad muy interesante en las montañas larenses, pero en la que el conflicto político, la polarización creciente debilitó el activismo, trajo consigo familias divididas, esfuerzos comunitarios desmontados. A nivel macro, era capaz de darme cuenta de la tendencia a la concentración del poder, cercenando lo que había de descentralización en la gestión pública, los niveles de polarización política estimulados por una narrativa que enfrentaba a una parte de la población con la otra. Comenzaba a consolidarse ante mis ojos un proyecto autoritario y la cooptación de todos los espacios por el partido. Igual que en Cuba, con las diferencias del caso.

Y en relación con la vida cotidiana vivíamos una relación tensa emocional porque los amigos antichavistas querían mandar a todos los chavistas a la hoguera directamente, te decían, “los chavistas no son gente”, y por otro lado amigos chavistas o ex chavistas que pensaban que había cosas que se podían salvar y estaban preocupados por el destino del país pero que también consideraban a los opositores como algo nulo, la representación de todo lo malo de la 4ta república. Pocas veces se encontraba gente ecuánime con la que discutir. Con frecuencia conocí gente que consideraba un hecho que yo estaba a favor del gobierno de Chávez, sólo por ser cubana. Cuando escuchaban mis opiniones más de uno salía decepcionado.

Luego, por supuesto, todo lo que ha sucedido lamentablemente confirmó mis sospechas. Era lo que veía venir, sin dudas. Pero esta vivencia en los años en Venezuela ha sido esencial para entender mejor a Cuba. Y ha sido importante para revisarme a mí misma, porque mi formación ha sido toda desde la izquierda. Yo más de una vez me he dicho, si esto es el socialismo yo no quiero esto, no soy socialista; si esta es la izquierda pues yo no soy de izquierda. Y claramente me voy moviendo hacia una posición en la que me queda claro que lo más importante es la democracia, defenderla con fuerza. Como socióloga apuesto al valor del asociacionismo, del activismo social, de los movimientos sociales, pero de los que defienden la democracia. Todo lo que percibo que puede socavarla pues ahí no estoy.

Y pensando a Cuba desde Venezuela, te digo que aquí todavía hoy hay espacios de institucionalidad que en Cuba simplemente no existen. No hay espacios para reformar ni siquiera cosas menores. Y suelo decirles a los venezolanos que eso es lo que hay que tratar de defender en Venezuela. Cuando me dicen “estamos peor que en Cuba” les digo, no, no es verdad y les explico. Sigo creyendo que aquí aún se puede rescatar la democracia. Con mucho trabajo, sí, pero se puede. Lo veo más difícil en Cuba, allá no habría que rescatar, allá hay que democratizar, empezar prácticamente de cero. Además, el apoyo que hoy tienen los venezolanos de la comunidad internacional jamás lo han tenido los cubanos que se oponen al gobierno, no hemos logrado generar esa empatía hacia nuestras luchas.

Por eso los cubanos tenemos que contarnos mejor, de una manera que seamos más creíbles. No sé a veces he escuchado que parecemos arrogantes, no sé si deba a eso. La arrogancia cubana es bastante ingenua, forma parte de la condición insular, creemos que vivimos en el “mejor lugar del mundo”, luego cuando sales de la isla te das cuenta que no, que está muy lejos de serlo. Pero si creo que tenemos que empezar a narrarnos de una manera que logremos mayor empatía. Cuando se dan cifras nadie analiza lo que representan los tres millones de cubanos emigrados para la población de Cuba de 11 millones. Mucho mayor que los 5 millones de venezolanos emigrados en una población de alrededor de 30 millones. Sin embargo, la migración cubana nunca ha levantado esa sensibilidad que movilizó la diáspora venezolana, tendríamos que preguntarnos por qué. Para colmo, cargamos con el estereotipo de la izquierda intelectual para quienes inmediatamente que te vas de Cuba pasas a ser un reaccionario, un extremista de derecha. Creo que esos son elementos que juegan en contra. Hay que pensar cómo lograr llegar, cómo contar quiénes somos y lo que hemos vivido.

 

Como socióloga preocupada por el desarrollo local y la participación, ¿cuáles crees son los principales desafíos y potencialidades de nuestras naciones?

Me gustaría comenzar hablando de las potencialidades porque pese a todo lo narrado soy optimista. Creo que en América Latina hay un enorme potencial que debe hacerse visible desde la academia, acercando las universidades y los institutos de investigación a la realidad social y viceversa. En mi experiencia de trabajo pude conocer proyectos de transformación comunitaria en Ecuador, México, Nicaragua, Venezuela, todos auténticos, generados desde las comunidades en articulación con investigadores, activistas, ONGs; sin embargo, escasamente esas experiencias son estudiadas en las universidades. Deberíamos sistematizar los aprendizajes con mayor intencionalidad, generar cuerpos teóricos que tengan como base las experiencias concretas de transformación social en los espacios micro (municipios y comunidades). Cuando estuve en Ecuador trabajando en el diseño de la maestría y luego cuando volví a facilitar una materia pude conocer en Cotopaxi y en otras provincias experiencias muy interesantes de trabajo comunitario, de proyectos participativos para estimular el desarrollo local. En México conocí equipos de investigadores del Colegio de Posgraduados que acompañaban un proyecto de investigación participativa vinculando a productores de chile poblano, en Nicaragua el proyecto Campesino a Campesino comenzaba a articularse con profesionales de la Universidad de Managua. Y hay mucho más, sin dudas, por ejemplo, toda la experiencia chilena en torno a desarrollo económico local, el estímulo a las Pymes, todo el tema del emprendimiento social incluso. Creo que hay muchos aprendizajes que lamentablemente no se han sistematizado como se debe. Creo que la academia latinoamericana aún no ha estado ordenando todo lo que se ha producido en experiencias concretas de desarrollo comunitario, de participación social comunitaria y de desarrollo local en la región; hay tantas experiencias y tan interesantes. La academia latinoamericana tiene un reto ahí al que debe responder.

Hace unos años estuve leyendo que desde España estaban defendiendo la sistematización de experiencias comunitarias como un método de indagación sociológica, desde la universidad en España, y yo decía ¿y dónde está este trabajo en Latinoamérica? Este método surge de la experiencia latinoamericana, del movimiento de la educación popular. O sea, no lo pensamos, no lo vemos como un conocimiento que enriquece el acervo teórico metodológico de la Sociología latinoamericana. Y ahí tenemos el informe Gulbenkian, tenemos claro el diagnóstico del estado de las ciencias sociales, sabemos de los desafíos que hay desde el punto de vista epistemológico y de la necesidad de construir unos métodos que nos permitan hacer lecturas más holísticas y más cercanas a la realidad latinoamericana, tan compleja, pero dejamos esa experiencia ahí y no lo sistematizamos en cuerpos teóricos y eso después no forma parte de la formación de las siguientes generaciones y se pierde un aprendizaje tan valioso.

Se diluyen esas acciones, pero hay muchísimas. La experiencia de desarrollo local en Chile, hay trabajos, pero desde la economía, no desde la sociología y mucho menos desde la vocación de entender el emprendimiento, la iniciativa emprendedora y la innovación. En los institutos de investigación agraria de toda América Latina hay experiencias de autogestión en ámbitos rurales que sigo creyendo que estamos en deuda los académicos de sistematizar todas esas experiencias. Necesitamos oír, escucharnos, articularnos, y escribir esas experiencias para trasmitir esa información para que sea parte de la formación de profesionales de las ciencias sociales, no sólo los sociólogos.

Los desafíos son muchísimos los que tenemos, fundamentalmente desde el punto de vista de la democracia, de la participación ciudadana. Parece que en Latinoamérica no nos cansamos de dar bandazos, hay problemas recurrentes como el caudillismo, la búsqueda del líder carismático, que creo que tiene mucho que ver con la historia y la impronta del cristianismo católico en la cultura latinoamericana. Y ahí tenemos partidos y líderes con una jerarquía centralizada, con líderes mesiánicos, con la verdad partidista como dogma, con seguidores ciegos acríticos… habría que revisar nuestra historia cultural porque hace falta construir en nuestras sociedades otras capacidades, la de formar sujetos reflexivos, críticos, que se puedan revisar a sí mismos, ver su propia historia de manera crítica y su historia social, y esto es también una tarea de los profesionales de las ciencias sociales, creo que es también parte del rol del ejercicio profesional. La necesidad de potenciar al ciudadano, que la gente se pueda percibir a sí misma como agente de cambio, a nivel individual personal pero también como agente de cambio social.

Quiero rescatar eso de mi experiencia conviviendo con los venezolanos, porque he estado en las comunidades, en los barrios, en las protestas y conocí y compartí con personas que se autopercibían como agente del cambio que querían para su país, salían a la calle, protestaban; hoy hay desmovilización, desaliento y me da terror el desánimo que veo en la gente porque sé el costo de que la sociedad se aletargue y que los ciudadanos no se perciban con un rol activo en el rescate de la democracia. Lo viví en Cuba, varias veces escuché decir “esto no hay quien lo cambie ni quien lo arregle”, lo decían mis estudiantes y compañeros de estudios, la mayoría de ellos hoy dispersos por el mundo.

Otro desafío es la necesidad de desmitificar el tema de la historia de los gobiernos de derecha y los gobiernos de izquierda en Latinoamérica, y los análisis sesgados según el posicionamiento ideológico-partidista de quien lo hace. La militancia de los científicos sociales latinoamericanos, de un lado y otro nos ha impedido reconocernos, ha producido visiones parciales, rígidas, interesadas en el poder. Ha secuestrado organizaciones gremiales, universidades, institutos de investigación, impidiéndoles jugar su verdadero papel. Es ese un gran desafío, porque en Latinoamérica nos encantan los mitos. Necesitamos escucharnos desde el respeto, re-conocernos en la diversidad, revisarnos críticamente, re-pensarnos y articularnos. Creo que hay que tratar de no autoengañarnos, siempre está nuestra subjetividad involucrada, eso es cierto; pero, si pudiéramos escuchar al otro y encontrarnos en el intercambio respetuoso, podríamos comenzar a hacer la más valiosa contribución a nuestras naciones.

[1] En el año 1964 a raíz de los numerosos conflictos en la zona, el gobierno prohibió la contratación de trabajadores cubanos, quedaron algunos cuyos contratos eran de antes de la medida.

[2] Unidades Militares de Apoyo a la Producción. Campos de trabajo creados entre 1965 y 1968 por el gobierno cubano. Bajo la idea de que serían “reeducados” fueron llevados a estos campos jóvenes por diversos motivos: homosexuales, artistas, religiosos y opositores, disidentes.

[3] Participaron en ése proyecto además de la Universidad de la Habana, la Universidad Central de Las Villas, el Centro Universitario de Santi Spíritus -ambas de la región central de la isla-; la Universidad de Holguín y la Universidad de Granma – de la región oriental-.

[4] Se refiere al Ministerio para la Inversión Extranjera y la Cooperación Internacional actualmente MINCEX, que era en ése momento el ente cubano que aprobaba y regulaba toda la cooperación en cualquier materia, incluso a las academias. Ninguna donación podía recibirse sin su aprobación.

[5] Iniciativa Latinoamericana de Procesos de Innovación Rural

[6] Fundación para la Ciencia y la Tecnología en el estado Lara. Una entidad regional subordinada en ése momento al Ministerio para la Ciencia y la Tecnología en Venezuela.

[7] Partido Socialista Unido de Venezuela.

 

Yanet Rosabal Navarro

Socióloga, Magíster en Desarrollo Comunitario (Universidad de Oriente, Cuba). Experiencia como profesora e investigadora en temas de Organización Comunitaria, Desarrollo Local y Participación Ciudadana, en la Universidad de Granma, Cuba. Coordinó proyectos de investigación sobre Desarrollo Local y Participación Comunitaria, algunos de esos trabajos están publicados en libros y revistas científicas. Desde el año 2010 reside en Venezuela país en el que continuó sistematizando experiencias de participación comunitaria y desarrollo rural, un trabajo que se interrumpió por falta de apoyo institucional y financiero. Actualmente es colaboradora de la Asociación Civil Alternativa País, desde donde trabaja promoviendo el fortalecimiento de capacidades para estimular la participación ciudadana.