Consideraciones iniciales

La tradición académica que intenta definir la democracia a partir de un sólo punto de partida, como una medicación prescripta a todos, sobre lo que realmente sería una democracia, en el presente pierde relevancia para el análisis con foco en su diseño. En otras palabras, la atención recae en sus contornos, para que la receta pueda ser utilizada mundo afuera, como un modelo ideal.

En América Latina, el tema ganó más notoriedad después que muchos de los regímenes de la región, antes autoritarios, se convirtieron en jóvenes democracias consolidadas. El argumento de la transición, que había ocupado una parte especial de la literatura académica, pasó a analizar mucho más la cuestión de cómo sería posible el alcance de la mejoría de la calidad de la democracia, en sistemas políticos establecidos o restablecidos. Así, hubo un interés más grande sobre el estado de sus componentes tal cual las elecciones.

 

En países latinoamericanos, más específicamente, es recurrente la realización de procesos electorales en medio de crisis institucionales, destitución de presidentes, escándalos de corrupción, votación de temas polémicos y desconfianza ciudadana, que desestabilizan ese tipo de pleitos.

 

Hoy, tales procesos ocurren en medio del aumento de la migración mundial, incipiente nacimiento de la extrema derecha y difícil ciclo económico. Además de estar marcados por el fin del fenómeno de la Pink Tide, que consistió en la elección secuencial de gobiernos progresistas en América Latina, a finales de los años 1990 y principios de los años 2000. Fueron gobiernos que realizaron reformas en la agenda política de los países implicando, entre otras acciones, mayores gastos sociales, nacionalización de industrias estratégicas para la economía y renegociación de alianzas y acuerdos de comercio.

 

Por todo eso, el tema de las elecciones ganó la atención de la comunidad internacional, de modo que, en los últimos veinte años, la realización o supresión de los procesos electorales pueden ser considerados como una exigencia a la recepción de recursos externos, por ejemplo. De esa manera el tópico siguiente contiene el tema de la emergencia de un consenso internacional sobre lo que una democracia necesita para ser reconocida como tal.

 

La emergencia de un consenso internacional democrático

 

La última década ha sido escenario de una verdadera ola de democratización (Huntington, 1996), impulsada, en general, por el fin de regímenes comunistas o autoritarios. En ese sentido, la realización de elecciones libres y justas ha sido uno de los primeros pasos en el establecimiento de nuevas democracias.

 

De acuerdo con Kingsley (1998), el consenso internacional de lo que se entiende por elecciones democráticas libres y justas ha sido guiado por al menos tres principios: participación, justicia y transparencia. La determinación de cuando estos principios se respetaron plenamente depende, sin embargo, de la comprensión más amplia de todos los elementos involucrados en el proceso electoral de un determinado país, que va de su legislación electoral hasta el recuento del conteo de votos.

 

El énfasis recae sobre las reglas y procedimientos a ser adoptados por los países, que en el caso de los procesos electorales, deben ser transparentes, además de contar con una autoridad central que no pueda ejercer influencia o intervenir en el proceso.

 

Sin embargo, Dahl (1971) establece componentes mínimos para la caracterización de un país como democrático, además de la centralidad de las elecciones. Para el autor, existen ocho requisitos institucionales mínimos para que exista una democracia, son ellos: i) libertad para formar y formar parte de organizaciones; ii) libertad de expresión; iii) derecho de voto; iv) elegibilidad para cargos públicos; v) los derechos de los líderes políticos a participar en los votos y el apoyo; vi) fuentes alternativas de información; vii) elecciones libres y justas y viii) instituciones que puedan hacer que las políticas gubernamentales dependan de elecciones y otras manifestaciones de elección.

 

Sartori (1994) también prevé algunas condiciones esenciales para el establecimiento democrático al señalar que las democracias liberales modernas, dependen, para su adecuado funcionamiento, de: poder limitado de la mayoría, procedimientos electorales y transmisión de poder a los representantes. El poder limitado de la mayoría debe ser consensual, es decir, aceptado por todos para que funcione y por medio del cual los conflictos serán resueltos. Los procedimientos electorales presuponen un elector consciente de su voto y no simple “opinión pública”. Por último, la transmisión de poder debe ser precedida por los valores, y no sólo por la simple elección, que busca el llenado de escaños en el parlamento, sino una selección cualitativa de los procesos electorales.

 

Valenzuela (1990) atribuye un papel importante a las elecciones cuando se examina desde ese punto de vista. Según él, esa mayor institucionalidad sólo es posible si existe el desarrollo de “esqueletos” que sostienen toda la estructura. Es decir, para la correcta institucionalización deben existir parámetros mínimos a seguir, tales como la existencia de reglas para la celebración de elecciones, la libertad de organizaciones, partidos, grupos políticos, lobbies y una red de medios libres, a través de los cuales las opiniones puedan ser defendidas. Todo ello conforme a las demandas societarias.

 

En América Latina, más específicamente, las elecciones contribuyeron, sobre todo con el fin de los regímenes autoritarios, para garantizar que los procesos políticos de transferencia de poder no sucedieran de forma violenta. En otras palabras, las transiciones pudieron ocurrir sin el recurso a conflictos armados o revoluciones, en que se crearon estructuras mínimas para el establecimiento de nuevas democracias.

 

Para ser considerado una democracia representativa, un gobierno necesita cumplir ciertas características, la central o su núcleo, son las elecciones (Dahl, 1971). Entre los derechos que deben garantizarse se encuentra, principalmente, el derecho de los individuos a participar en elecciones libres y justas, un derecho humano fundamental reconocido en varios instrumentos legales internacionales.


En otras palabras, las elecciones democráticas deben asegurar las condiciones, a través de las cuales, los ciudadanos poseen la oportunidad de elegir a sus representantes, en un entorno donde las personas libres tienen las mismas condiciones para competir y acceder a los recursos.

 

La Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) de 1948, sostiene que “la voluntad del pueblo será la base de la autoridad gubernamental; esto se expresará en elecciones periódicas y genuinas por sufragio universal, por voto secreto o por un procedimiento equivalente para mejorar la libertad de voto” (Art. XXI, § 3).

 

De manera similar, las Naciones Unidas (ONU) adoptaron el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (PIDCP) en 1966, que incorporó este principio a un tratado internacional vinculante, que establece que:

 

“Todos los ciudadanos tienen el derecho y la oportunidad de (…): (a) la conducción de los asuntos públicos para participar, directamente o por medio de representantes libremente elegidos; (b) Votar y ser elegido en elecciones genuinas, periódicas, universales e iguales, en votación secreta, garantizando la libre expresión de la voluntad de los votantes” (art. 25).

 

Como se puede observar, ambos documentos aseguran la centralidad de las elecciones como medio de fortalecimiento del proceso democrático, al tiempo que enfatizan el derecho de todos a participar en el proceso. Por lo tanto, cabe destacar que además de estos, hay otros instrumentos regionales que refuerzan y se basan en los supuestos realizados y, en general, existen variaciones en la forma en que los criterios que constituyen elecciones verdaderamente democráticas.

 

Los mismos términos que los presentados en los tratados internacionales, pueden aparecer de manera diferente, como el hecho de que las elecciones deben ser “regulares” y “genuinas”. Otras veces, los términos utilizados son “libres” y “justos” o “honestos” y “transparentes”, pero todos tienen una definición de acuerdo con el objetivo de fortalecer este componente de la democracia (Bjornlund, 2002).

 

Las elecciones han dejado de ser solo el reflejo de la voluntad de los ciudadanos, también pasaron a tener otras funciones. Por ejemplo, en las nuevas democracias, las elecciones libres y justas son consideradas por la comunidad internacional como un paso hacia una mayor democratización de un país. En las naciones donde hay un conflicto inminente, a las elecciones se les asignan habilidades de resolución de disputas de larga data. Además, se convirtieron en una de las instituciones a través de las cuales se definen las democracias modernas.

 

La teoría por detrás de los estudios


Según lo definido por Dahl (2006, p. 38), una democracia exitosa es la competencia electoral que representa la voluntad de los ciudadanos. Sin embargo, con la caída de regímenes autoritarios en la región, surgió una plétora de diferentes concepciones de la democracia; una tendencia exacerbada por el avance de los regímenes democráticos que va más allá de la Europa occidental a finales del siglo XX, un fenómeno que Collier y Levitsky (1997) denominaron “democracia con adjetivos”. Por lo tanto, todos estos nuevos regímenes, con sus propias historias y culturas, tienen un gran potencial para llevar a la identificación de diferentes formas democráticas diferentes de las observadas en los países europeos (Levitsky y Way, 2002; 2010).

 

Aunque existan críticas con respecto a las desventajas sobre la aceptación de la existencia de diferentes tipos de democracias según sus denominaciones, desde el punto de vista empírico y analítico, al considerar tales cambios en el término, lo que pasa es que hay una mayor posibilidad de identificación y descripción de los diferentes regímenes democráticos en todo el mundo, acercando la explicación un poco más a los objetos en consideración. Al mismo tiempo, evita una mirada de reojo, ya que no requieren el modelo de Europa Occidental como un ideal democrático, sino que proporciona un verdadero catálogo de cómo diferentes culturas desarrollan sus propias democracias (Levitsky y Way, 2002).

 

Sin embargo, estas definiciones no prestan mucha atención a las libertades fundamentales que deben respetarse para poder incorporarlas en un entorno que realmente pueda proporcionar diferentes medidas de la democracia. Este es, por lo tanto, un diseño mínimo, por lo que los cimientos democráticos básicos deben construirse sobre él, como el respeto a la ley interna, las libertades civiles y los derechos humanos, para que de hecho haya una democracia delegativa.

 

O’Donnell (1994) define la democracia delegativa como un modelo que reconoce la gobernabilidad delegando y no representando a las democracias de todo el mundo y, en particular, a muchos países latinoamericanos. Una de las principales diferencias con respecto a la democracia representativa es que estos líderes de variación tienen una capacidad de ejercicio más limitada, mientras que hay menos posibilidad de participación horizontal de otros actores políticos.

 

Entonces, las elecciones son algo realmente competitivo, pero no tanto debido a la voluntad de los políticos de conducir un gobierno representativo de facto del pueblo, sino que es un choque entre candidatos que desean gobernar sin restricciones. Por lo tanto, “las democracias delegativas se basan en la premisa de que quien gane la elección presidencial será quien pueda gobernar de la forma que desee” (O’Donnell, 1994, p. 59).

 

El autor también argumenta que los actores políticos en una democracia delegativa interpretan las elecciones, como mandatos dados por los votantes que dan permiso para que sus respectivos presidentes actúen como “los principales guardianes y defensores de los intereses” (O’Donnell, 1994, p. 60), lo que podría resultar en su diferenciación frente a los que los eligieron, por ejemplo.

 

Carothers (1992) comparte esta opinión y dice que las elecciones son una variable importante para medir un régimen político, sin embargo, no pueden considerarse condiciones suficientes para la clasificación de una democracia como tal. Así, el autor critica el enfoque dado a las elecciones por parte de la sociedad internacional que asignó a las elecciones un lugar decisivo en la existencia de una democracia.

 

Según Bjornlund (2004, p. 7), “en varios países del mundo, se espera que las elecciones inicien o consoliden las transiciones a la democracia y ayuden a resolver conflictos de larga data”.

 

Entonces, las elecciones son una marca fuerte del avance de la democracia en todo el mundo. A pesar del debate en el que los académicos se comprometieron a posicionarse como defensores o no de las elecciones como una forma de mejorar los bloques de construcción de la democracia, el número de nuevas democracias se mantuvo en crecimiento por al menos veinte años; todavía la tendencia que aparece en este momento en los índices de la región es diferente. Lo que se ve es un declive en el número de nuevas democracias, así como de las garantías esenciales para que un gobierno sea considerado democrático.

 

Los índices y sus tendencias

El concepto de democracia ha cambiado a lo largo de los últimos años a punto de ser reconocido siempre de manera adjetivada. Como consecuencia, instituciones y organismos de investigación, crearon mecanismos para medir la calidad de los regímenes democráticos alrededor del mundo, cuyos indicadores pueden ser variados tanto en los números como en la forma por medio de la cual son presentados.

Varios son los criterios que pueden ser utilizados para analizar la calidad de la democracia, y, más específicamente, el estado de las elecciones en la región. Uno de los índices más conocidos que utiliza esa línea de investigación es el de Freedom House.

En su último informe, lanzado en 2019, la organización señala que la ola reversa de democratización alcanzó no solamente a los países europeos como a muchos otros, incluso aquellos localizados en las Américas.

El estudio también demuestra que aumentaron las estrategias adoptadas por las autocracias para mimetizar procesos electorales competitivos, pero que en su esencia son marcados por coerción, fraude y gerrymandering, además de otras técnicas de manipulación de resultados. En general, indicadores de la organización para las elecciones disminuyeron dos veces la tasa global de puntuación en los últimos tres años. Es la tasa que más bajó en comparación a otras categorías evaluadas por el índice.

Sobre el estado de la democracia en los países latinoamericanos, lo que se ve es lo siguiente:

Tabla 1 – Derechos políticos, libertades individuales y status de los países latinoamericanos en 2018*

PaísDerechos PolíticosLibertades IndividualesStatus
Antigua y Barbuda22Libre
Argentina22Libre
Bahamas11Libre
Barbados11Libre
Belice12Libre
Bolivia33Parcialmente Libre
Brasil22Libre
Chile11Libre
Colombia33Parcialmente Libre
Costa Rica11Libre
Cuba76No Libre
Dominica11Libre
Ecuador33Parcialmente Libre
El Salvador23Libre
Granada12Libre
Guatemala44Parcialmente Libre
Guyana23Libre
Haití55Parcialmente Libre
Honduras44Parcialmente Libre
Jamaica23Libre
México33Parcialmente Libre
Nicaragua54Parcialmente Libre
Panamá22Libre
Paraguay33Parcialmente Libre
Perú23Libre
República Dominicana33Parcialmente Libre
Saint Kits y Neves11Libre
Saint Lucia11Libre
Saint Vincent y Granadinas11Libre
Surinam22Libre
Trinidad y Tobago22Libre
Uruguay11Libre
Venezuela65No Libre

*La Freedom House cuenta con una media de puntuación de 1 (mejor) a 7 (pero). La organización clasifica los países como libres (1.0 a 2.5), parcialmente libres (3.0 a 5.0) y no libres (5.5 a 7.0). Lo mismo es utilizado para las subcategorías de derechos políticos y libertades individuales.

Fuente: Datos de Freedom House, 2019.

 

En comparación a índices lanzados anteriormente, hay países que cayeron significativamente en su status frente al recuadro general, como Brasil, El Salvador, Venezuela y Nicaragua. Eso no implicó cambios en su clasificación, pero señalan direcciones divergentes del camino democrático que antaño tomaban. Todavía, se da en la región la prevalencia de regímenes libres que cuentan con derechos políticos y libertades individuales preservadas.

Ya el índex de democracia construido por la revista The Economist, presenta un panorama parecido, pero sostiene que hubo un incremento en la participación política, en que más personas fueran a votar, hubo más protestas en las calles y más organización política a través de recursos online. Eso fue impulsado por amenazas a la democracia como el fenómeno de la desinformación; interferencia de otros países en procesos electorales domésticos y el ingreso de más líderes autoritarios en posiciones de poder.  

El reporte también enfatiza en que el último año fue una gran prueba para los países de la región, sobre todo porque hubo grandes cambios de gobierno. Las transferencias de poder transcurrieron de manera ordenada, pacífica y sin grandes incidentes.

Además, los procesos electorales realizados en los últimos años demostraron el retorno de tendencias que se pensaban adormecidas, como el populismo, en Latinoamérica. En contraste, el indicador que se ha elevado de modo más positivo fue aquel relativo a la participación de mujeres en la política.

El informe anual de la Unión Interparlamentaria (IPU), robustece esa tendencia al afirmar que el porcentaje mundial de mujeres en los parlamentos siguió aumentando, aunque lentamente. Incluso, la fuerte presencia de mujeres puede ser atribuida a la aplicación de diversos modelos de cuotas de género, aprobadas por medio de cambios políticos en legislaciones de países como Argentina, México y Costa Rica. Todavía, en otras naciones, como en Brasil, la aplicación de cuotas no generó el incremento deseado por las mujeres en cuanto a la ocupación de bancas en los parlamentos.

Tabla 1 – Porcentaje de mujeres en las cámaras latinoamericanas en 2018

PaísCámaraPorcentaje de mujeres
Antigua y BarbudaCámara de Representantes11,11
ArgentinaCámara de Diputados38,82
BahamasAsamblea Legislativa12,82
BarbadosAsamblea Legislativa20
BeliceCámara de Representantes9,38
Bolivia Cámara de Diputados53,08
BrasilCámara de Diputados15,01
ChileCámara de Diputados22,58
ColombiaCámara de Representantes18,13
Costa RicaAsamblea Legislativa45,61
CubaAsamblea Nacional del Poder Popular53,22
DominicaAsamblea Legislativa25
República DominicanaCámara de Diputados26,84
EcuadorAsamblea Nacional 37,96
El SalvadorAsamblea Legislativa30,95
GranadaCámara de Representantes46,67
GuatemalaCongreso de la República18,99
GuyanaParlamento 31,88
HaitíCámara de Diputados2,54
HondurasCongreso Nacional21,09
JamaicaCámara de Representantes17,46
MéxicoCámara de Diputados48,2
NicaraguaAsamblea Nacional 44,57
PanamáAsamblea Nacional 18,31
ParaguayCámara de Diputados15
PerúCongreso de la República30
Saint Kits y NevesAsamblea Nacional 13,33
Saint LuciaAsamblea Legislativa16,67
Saint Vincent y GranadinasAsamblea Legislativa13,04
SurinamAsamblea Nacional 29,41
Trinidad y TobagoCámara de Representantes30,95
UruguayCámara de Representantes22,22
Venezuela Asamblea Nacional 22,16

Fuente: Adaptado de IPU Open Data, 2019.

A su vez, el informe de Latinobarómetro, que analiza la opinión pública en Latinoamérica, publicó que la imagen de progreso ha bajado demasiado, debido a una percepción de retroceso, por parte de los entrevistados. De una manera general, esa visión se debe a dos problemas principales: las penurias económicas y la delincuencia, quedando tanto la política como la corrupción en un segundo plano. Ambos contribuyeron a los resultados obtenidos en las urnas, porque fueron temas determinantes de voto, en las elecciones realizadas.

El perfil de los votantes también ha cambiado. El estudio identificó el aumento en cuanto a los ciudadanos que se declaran como ‘indiferentes’ al tipo de régimen que prefieren. Eso significa que, a pesar del incremento en el número de votantes, o sea de la cantidad de personas que van a votar, muchas de ellas se consideran lejanas de la política, no se identifican ni con la izquierda, ni con la derecha.

Cuadro 1 – Elecciones Presidenciales en América Latina por país, fecha, tipo de elección, resultado y participación electoral, en 2018

PaísFechaElección PresidencialResultado (%)Participación Electoral (%)
Costa Rica04/02Primera vueltaFabricio Alvarado M. (24,91)

Carlos Alvarado Q. (21,63)

65,66
01/04Segunda vueltaCarlos Alvarado Q. (60,59)

Fabricio Alvarado M. (39,41)

65,71
Paraguay22/04ÚnicaMario Abdo Benítez (46,44)

Efraín Alegre (42,74)

61,40
Venezuela 20/05Primera vueltaNicolás Maduro (67,84)

Henri Falcón (20,93)

46,07
Colombia27/05Primera vueltaIván Duque (39,34)

Gustavo Petro (25,08)

54,22
17/06Segunda vueltaIván Duque (54,03)

Gustavo Petro (41,77)

53,93
México01/07ÚnicaAndrés López Obrador (53,19)

Ricardo Anaya Cortés (22,27)

63,42
Brasil07/10Primera vueltaJair Bolsonaro (46,03)

Fernando Haddad (29,28)

79,67
28/10Segunda vueltaJair Bolsonaro (55,13)

Fernando Haddad (44,87)

78,70

Fuente: Adaptado de Lagos, 2019.

Según el propio informe: “Se trata de un conjunto de ciudadanos que abandonan lo colectivo para refugiarse en su individualismo, rechazan lo establecido y rompen los esquemas. Son ciudadanos más bien desencantados y frustrados”, y como consecuencia “este contingente de desafectados de los gobiernos, las ideologías y la democracia son la fuente mayor en el surgimiento de populismos en la región, no son una novedad y hace años que se observa su crecimiento (LATINOBARÓMETRO, 2018, p. 14).

Los ciudadanos de la región que se desencantaron con el régimen democrático son indiferentes al tipo de régimen que apoyan en la actualidad, no se interesan por la política tradicional, ni por la democracia y sus instituciones, tampoco por un régimen autoritario. Son ellos quienes están produciendo los cambios políticos, porque no son leales a ideologías y partidos específicos y pueden cambiar su voto de modo imprevisible.

Sobre las elecciones, el estudio demuestra que diferente de lo que se esperaba, las elecciones presidenciales no ayudaron al aumento del apoyo a la democracia. Eso significa que las elecciones presidenciales dejaron de ser un punto alto en el ánimo de los electores, condición de la renovación democrática. Todavía, los países que realizaron elecciones, por ejemplo, de Costa Rica, Paraguay, México y Colombia, tuvieron un impacto positivo en el indicador de la institución sobre la percepción de que se gobierna para todo el pueblo. O sea, las elecciones fortalecieron la idea de que las instituciones democráticas funcionan para el beneficio de todos.

Aún así vale resaltar la caída en la confianza, de una manera general, respecto de las instituciones electorales, que son los organismos electorales. El informe habla de una baja de 51% en 2006, para 28% en 2018. Son puntuados como razones para esa caída el aumento en los casos de corrupción que penetraran las campañas electorales y la competencia electoral para juzgar esos casos. En muchas de las ocasiones, el organismo electoral no es visto por los ciudadanos como una entidad libre de interés y apartidista (LATINOBARÔMETRO, 2018).

Consideraciones Finales

El tema de la democracia despierta muchos interrogantes sobre el futuro de los gobiernos de la región. Teóricos intentaron explicar lo que es realmente una democracia, pero muchos acabaron por centrarse en las condiciones para que un régimen sea considerado democrático.

La cuestión también se convirtió en una causa de interés internacional, una vez que tratados y acuerdos multilaterales pasaron a considerar la existencia de elecciones como un requisito necesario para la identificación de una democracia. Así, cada vez más los procesos electorales dejan de ser un asunto limitado a la esfera doméstica para abarcar preocupaciones externas.

Como consecuencia, fueron creados índices que contribuyen a la mejor comprehensión de cómo marchan las democracias alrededor del mundo, y, más específicamente en Latinoamérica. A través de la observación de los componentes democráticos es posible visualizar cómo los países se comportan frente a un rasgo u otro.

Por fin, las tendencias muestran que el camino hasta la democracia perfecta aún está lejos, pero apuntan caminos para que se puedan corregir sus vicios.

 

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Paula Gomes Moreira

Doctora en Relaciones Internacionales por la Universidad de Basilia (UnB). Maestría en Relaciones Internacionales y Bsc y Licenciatura en Ciencias Sociales por la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ). Ha trabajado como asistente de investigación en el Observatorio Político Suramericano (OPSA-IESP/UERJ), como colaboradora del Centro de Estrategia, Inteligencia y Relaciones Internacionales (Ceiri Newspaper). Es editora de la revista Encuentro Latinoamericano (ELA) y realiza investigación en el Instituto de Investigación Económica Aplicada (IPEA). Participó como observadora internacional en elecciones en América Latina como parte de misiones de la Organización de Estados Americanos (OEA). Desarrolló tesis de doctorado en el tema de la observación internacional de elecciones en los países donde ha estado.