Si reconocemos que los procesos electorales se viven en nuestro continente con la intensidad de una épica final deportiva, podemos afirmar que este año tiene lugar en México una elección histórica, la tercera Copa del Mundo en el país, donde el pueblo y sus representantes disputarán el presente y el futuro del sistema político y sus instituciones. Sucede que, como consecuencia de un alineamiento entre los resultados de elecciones anteriores y el calendario electoral, condimentados por los efectos de la pandemia, se llevó a cabo este domingo una elección tan aplastante y espectacular como Andrés Calamaro describe al “gigante” Estadio Azteca.

Al concurrir a las urnas de votación, el pueblo mexicano definió la composición de la Cámara de Diputados, que cuenta con 500 representantes: 300 elegidos por mayoría absoluta en un sistema uninominal representando cada uno de los 300 distritos electorales en que se divide el país, y los 200 restantes distribuidos proporcionalmente de acuerdo a los porcentajes de votos en las 5 regiones que dividen al país en partes iguales de población. Simultáneamente se llevaron a cabo elecciones para renovar autoridades estatales y locales en 15 de los 32 estados: Baja California Sur, Chihuahua, Nayarit y Querétaro, actualmente gobernadas por el PAN; Campeche, Colima, Guerrero, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Tlaxcala y Zacatecas, gobernadas por el PRI; y Baja California, gobernada por la coalición MORENA.

En los comicios MORENA buscó mantener la mayoría en el congreso, y ampliarla para tener una mayoría calificada sin necesidad de continuar con los acuerdos con otros partidos. Para ello oficializó una coalición electoral denominada “Juntos Hacemos Historia” junto con el Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo, aliados hasta ahora en el Congreso. El sistema mixto de asignación de las bancas (curules) hace que, si bien la intención de voto a nivel país de Morena estaba asentada arriba del 40% (llegando incluso al 55% en algunas encuestadoras) para la elección de diputados, permanecía la incógnita de si sería capaz de traducir esas cifras en el reparto de escaños. Todo apuntaba a que, con el crecimiento del Partido Verde y el estancamiento del Partido del Trabajo, actuales aliados del partido gobernante, el día lunes 7 de junio el presidente López Obrador deberá sentarse con los primeros para ratificar la alianza que le permita sostener la mayoría en el senado.

Desde la oposición, los partidos tradicionales (PRI, PAN y PRD) se presentaron unidos en la coalición “Va Por México”, en busca de recuperar su peso en el congreso después de una pobre elección en 2018, que resultó devastadora para sus aspiraciones a recuperar poder. El más beneficiado respecto de las últimas elecciones apunta a ser el PRI, con serias posibilidades de duplicar su presencia en la Cámara. El PAN y el PRD, por su parte, tenían una aspiración más modesta: renovar las bancas que poseían para no seguir perdiendo terreno en la Cámara. En cuanto a las gobernaciones, es interesante notar que la tendencia se invierte, con previsiones para un triunfo de los partidos tradicionales. En gran parte debido a que en 14 de los 15 estados que renuevan autoridades se presentan como oficialismo, aunque también hay que considerar el efecto de la pandemia sobre la intención de voto de la población: Se puede observar una fuerte crítica a la gestión del ejecutivo nacional, que si bien ha logrado estabilizar la situación sanitaria en los últimos meses, lejos está de sepultar los desaciertos y subestimaciones expuestos durante el 2020. Por ello podía explicarse y esperarse un voto castigo en el ámbito ejecutivo a la coalición gobernante.

No se observó sin embargo el mismo deterioro en el ámbito legislativo, donde el apoyo a los legisladores del oficialismo parece ser impermeable al desempeño del gobierno. Esto puede deberse a la naturaleza antisistema del partido gobernante y sus aliados, que le permiten, mientras enfrentan numerosos frentes de críticas por la gestión, defender desde el rol del legislador y la discursiva propuestas de reforma de leyes de “la vieja política”. Es precisamente esta vieja política, encarnada sobretodo el resurgimiento del PRI como opción predilecta para muchos votantes, que se le conforma como una oportunidad y una amenaza para el oficialismo: se trata de un contrincante beneficioso para la narrativa anti-establishment en el ámbito legislativo, pero a la vez constituye un rival formidable para disputar los cargos ejecutivos, en tanto retienen en la población un imaginario construido durante décadas como partidos efectivos (aunque lejos de eficientes) para la resolución de sus “problemas cotidianos”, los cuales han ganado peso en la población consecuencia de la pandemia y la crisis económica global.

Por supuesto, en todos los procesos electorales se disputan más que bancas y cargos electos y se entienden sólo dentro de un contexto. México no es la excepción a la regla, y además de las dificultades propias del Covid-19, estas elecciones estuvieron enmarcadas por un clima de violencia política en ciertas regiones que empañaron lo que debería ser una fiesta de la democracia y sembraron dudas sobre qué intereses se encuentran en pugna detrás del escenario político y social. Se trata además de una elección bisagra para la institucionalidad del sistema político, que luego de la irrupción de nuevos partidos en la última década, empieza a mostrar signos de falta de representatividad y un descreimiento del sistema en general, por ejemplo, en la baja intención de participación de electores en el extranjero. Sin dudas que los resultados del domingo condicionarán la política mexicana durante las próximas décadas, permitiendo a MORENA acelerar en su proyecto de reforma política o bien marcando un lento retorno a los partidos y las prácticas políticas tradicionales.

Con su voto, el pueblo mexicano tuvo la oportunidad de decidir qué camino tomar de cara al futuro: Consolidar el proceso de reforma política o ponerle un freno. Ambas opciones tenían sus beneficios, y la pandemia puede inocular tanto un deseo de estabilidad o de revolución para recuperarse. Más allá del resultado, siempre será motivo de celebración que este pueda decidirse a través de la vía democrática, esperando que los hechos de violencia que tuvieron lugar en los últimos meses sean un eco de viejas prácticas que desaparecen y no un síntoma de los tiempos que están por llegar. Que millones de personas se unan en un festejo en el que nadie quede mudo.