La historia del bloqueo económico por parte de Estados Unidos a Cuba se remonta a los inicios de la década del 60, en un contexto muy diferente al actual. Nos referimos a la Guerra Fría, a que todavía existía la URSS y hablábamos de Sistema Bipolar.

Hace falta remontarnos a este momento para poder comprender lo que sucede hoy. El bloqueo, originalmente, fue la respuesta a las expropiaciones que el gobierno revolucionario había realizado con respecto a propiedades y compañías de propiedad estadounidense que se encontraban en la isla, para poder llevar a cabo algunas de sus políticas.

En 1996 se aprobó en el congreso estadounidense la “Ley para la libertad y la solidaridad democrática cubana”, conocida popularmente como Ley Helms-Burton. La misma eliminaba la posibilidad de hacer negocios dentro de la isla o con su gobierno para los ciudadanos de los Estados Unidos y fue ampliada por Clinton en 1999 para abarcar también a las filiales extranjeras de compañías estadounidenses, imposibilitándolas de comerciar con Cuba por valores mayores a 700 millones de dólares por año.

Si bien se establecieron algunas flexibilizaciones, por ejemplo para el intercambio de bienes con fines humanitarios, este embargo es el más largo que haya conocido la historia moderna y ha sido condenado en múltiples ocasiones por organismos multilaterales como las Naciones Unidas, que alegan que el bloqueo opera en contra de principios del Derecho Internacional como lo son la igualdad soberana de los Estados, la no intervención y no injerencia en asuntos internos, y la libertad de comercio y navegación internacionales.

Durante el siglo XXI hemos sido testigos de algunos momentos de acercamiento. Tal vez el más importante fue en 2014, durante el segundo mandato de Barack Obama, en el cual el expresidente de los Estados Unidos junto a Raúl Castro (en ese momento presidente de Cuba, hoy líder del Partido Comunista Cubano) acordaron mejorar las relaciones políticas, sociales y económicas entre ambos países y comienza tímidamente el inicio del levantamiento del bloqueo a Cuba por parte de Estados Unidos, y en la Séptima Cumbre de las Américas realizada en Panamá el 10 y 11 de abril del 2015, Obama y Castro se saludaron con un apretón de manos, lo cual se consideró como un gesto de acercamiento

Conforme pasaron los años, también pasaron diferentes teorías y opiniones sobre cuales son realmente los fines de este bloqueo. Entre las más escuchadas, como las que vienen de la mano de personalidades como Noam Chomsky y otros defensores del régimen castrista, aducen que el bloqueo o embargo busca obstaculizar el éxito del modelo económico propuesto por Cuba para evitar su expansión en otros países de la región. Esta lectura ha sido expuesta por algunos documentos desclasificados hace ya más de 50 años (tengamos en cuenta el contexto) que afirmaban que Cuba era considerada una amenaza a la hegemonía occidental estadounidense y un obstáculo para la Doctrina Monroe.

Por otra parte, algunos críticos son bastante escépticos acerca de la utilidad del embargo. La explicación es que en lugar de forzar al gobierno cubano a abandonar el modelo socialista por uno mercantilista o con algunas políticas de libre mercado, el bloqueo ha reforzado la voluntad socialista cubana atándolo con más fuerza a la URSS en su momento y a otros países –como Venezuela- en la actualidad. También se ha criticado que, lejos de perjudicar a la imagen del gobierno cubano, ha abierto la puerta a culpabilizar a los Estados Unidos de las imposibilidades y fallas en su gestión gubernamental. Es por esto que algunos sectores liberales sostienen que el embargo ha afianzado al modelo socialista en Cuba, evitando que este comience una vuelta hacia el libre mercado como ha sucedido en otros países ex comunistas.

Retomamos el tema de la Ley Helms-Burton para hacer referencia a lo que ha sucedido en los últimos meses en la relación entre ambos países. Podríamos decir que esta ley tiene tres grandes objetivos: el fortalecimiento del embargo contra el gobierno de Cuba, el apoyo a una transición democrática en la isla y la protección de los derechos de propiedad de ciudadanos estadounidenses allí.

Un nuevo capítulo ha comenzado con la administración Trump, la cual ha revitalizado específicamente algunos títulos de esta ley, uno de los más relevantes es el Título III -que autoriza a los cubanos exiliados en EE.UU. y a empresas de este país a demandar a quienes se beneficiaron de las nacionalizaciones hechas tras la victoria de la Revolución Cubana en 1959-, respecto del cual el actual presidente cubano, Miguel Diaz-Canel ha opinado que su propósito es “asfixiar económicamente e imposibilitar el desarrollo económico de Cuba”, en un mensaje a través de su cuenta en Twitter.

Desde la Casa Blanca, el Secretario de Estado, Mike Pompeo, ha declarado que su aplicación “significa una oportunidad de justicia para los cubanoestadounidenses que durante mucho tiempo buscaron ayuda debido a que Fidel Castro y sus lacayos confiscaran sus propiedades sin compensación”. Algunos detractores de la Ley han expuesto que su aplicación podría afectar también a algunas de las empresas estadounidenses que decidieron invertir en la isla durante la etapa de acercamiento vivida entre ambos países durante el gobierno de Barack Obama.

Esta situación hizo que la opinión internacional a través de organismos multilaterales como Naciones Unidas tomara cartas en el asunto, rechazando su aplicación y declarando que a la siempre delicada situación económica de la isla, se suma también la crisis en Venezuela, su principal aliado.

Por lo mencionado anteriormente, algunos comienzan a preguntarse si existe la posibilidad de abrir un nuevo Período Especial, como el que se vivió en los noventa tras la caída de la URSS. La respuesta a esto continua siendo ambigua, ya que a pesar de que Venezuela se constituye como el principal socio y colaborador del régimen cubano, no es el único país con quien mantiene relaciones la isla –a diferencia de la relación de casi absoluta dependencia que constituía su cercanía a la URSS-. Sin embargo, el fantasma de este periodo todavía persiste entre los habitantes y los largos apagones vividos en los últimos meses sumados a algunas declaraciones de su presidente como por ejemplo al decir que Trump ha llevado “los lazos bilaterales a su peor nivel en décadas” y que “la crudeza del momento nos exige establecer prioridades bien claras y definidas, para no regresar a los difíciles momentos del Periodo Especial” ha llevado a la memoria colectiva a ese lugar.

Habrá de verse hasta qué punto está dispuesto a llegar Trump y hasta dónde la comunidad internacional le permite actuar. Por lo pronto, podemos sostener que pareciera ser que estas iniciativas reactivan una retórica de años y décadas pasadas, reaniman el espíritu socialista de algunos sectores y desalientan el avance hacia un entendimiento bilateral que suavice las relaciones económicas y políticas entre Estados Unidos y Cuba.