Hoy en día en Haití se vive una situación de desintegración social y pobreza que afecta a gran parte de la población, la cual se encuentra cansada de décadas de postergación, discriminación y atraso. Pensar esta problemática de manera aislada, sin un contexto en el cual ubicarnos, podría tornarse reduccionista. Más aún, si consideramos que el presente es el resultado de una multiplicidad de procesos en constante transformación, sería un fatal error no tener en cuenta al pasado.

Toda fuerza en la magnitud y/o el sentido equivocados son capaces de causar el efecto contrario al esperado. 

La República de Haití fue el segundo país de América en conseguir su libertad, después de Estados Unidos, y el primero en América Latina. Si nos ponemos a reflexionar, algo lógico sería pensar que, al igual que el coloso del norte, debería ser una potencia. Pero, desafortunadamente se quedó a mitad del camino, ya fuese por acción de factores exógenos, endógenos, naturales o humanos, o por la interacción de ellos.

Lo que hace de Haití hoy el país más pobre de América es la imposibilidad de definir reglas del juego claras y poderlas hacer respetar en el tiempo por parte de los diferentes actores sociales que intervienen. Básicamente se trata del lento y doloroso proceso de construcción del estado haitiano, siempre frenado por los intereses de una clase reaccionaria, en sentido conservador, que tomó las medidas, y las sigue tomando, para hacerse con el poder de la isla y gobernarla en su provecho sin importar lo que le espere a la mayoría. Haití es un país caracterizado por la violencia y la inestabilidad. La historia se repite, a lo largo de ella podemos apreciar los sucesivos actos de coerción a través de los cuales se derrocó a líderes y gobernantes. 

Es importante resaltar la figura del poder de policía que el estado haitiano no ha podido ejercer para mantener los derechos de los ciudadanos, así como sus deseos y elecciones a lo largo de los años. Es sustancial diferenciar el poder de policía de lo que sería la policía administrativa o policía en sí. Esta fuerza preventiva y/o punitiva es una facultad que posee todo Estado en ejercicio de su soberanía para asegurar el orden y paz interior. Es posible que automáticamente relacionemos este concepto con la fuerza de policía o el ejército. Se torna crucial que las personas en las que recaiga esta responsabilidad velen por el bien de toda la sociedad, haciendo respetar las normas que en todo Estado republicano el legislador sanciona en consideración de lo mejor para el pueblo, para sí. Es uno de los pilares sobre el que descansa la república y la democracia.

Pero estas fuerzas, así como pueden desarrollar un rol tan importante en la continua defensa de la república, cuando velan por intereses particulares o que no coinciden con el bienestar de la sociedad claramente se vuelven un desestabilizador de la democracia. Numerosas han sido las veces en que militares de la nación de Haití o extranjeros han favorecido a la desestabilización política de líderes que muchas veces han sido erigidos desde la voluntad popular. Es constante la amenaza de la reaparición de grupos paramilitares, figuras presentes en el pasado del país caribeño. Entre ellos podemos mencionar los Lavala. Lavala en haitiano significa inundación. Dicha palabra fue utilizada por el líder popular Jean-Bertrand Aristide como metáfora para exhortar a las masas a revelarse contra la dictadura de los Duvalier, en una imparable inundación causada por las miles de “gotas ciudadanas” que deseaban profundamente la democracia. Este colectivo se hizo con las armas y fue contra el gran causante de los problemas socioeconómicos para Aristide, las milicias urbanas (Tonton Macoutes) y el ejército. Después de una sangrienta persecución a los partidarios de Lavalas, E.E.U.U. interviene para evitar que la masacre alcance proporciones aún mayores, como así garantizar elecciones, donde Aristide se convertiría en presidente electo, derrotando al candidato de la derecha que era apoyando por los extranjeros, Marc Bazin. Mandato presidencial que el sacerdote elegido a través del sufragio no pudo concluir por un golpe de estado que relegó nuevamente las esperanzas populares.

Todo esto antes mencionado es a lo que muchos autores han llamado estado de naturaleza, donde priman la fuerza y la voracidad propia de los deseos personales. Ese estado lo podemos atemperar mediante pactos comunes, las sociedades a lo largo y ancho del globo se han puesto de acuerdo con el fin de intentar alcanzar ese constructo llamado justicia.

Será importante que la sociedad haitiana trabaje para reducir las diferencias y el odio, en vistas a lograr una sociedad más integrada, más justa y económicamente mejor posicionada. No es una tarea fácil ni tampoco tarea de un día. Es claro que, como en otros países de la región, cuando la situación se torna insostenible es la población la más afectada por esta coyuntura. Es presumible que es algo que no lo podrán resolver solos. Pero esto abre la puerta a la pregunta, ¿el ejército haitiano está a la altura de lo que la democracia le exige? Y si no lo está, ¿hasta qué punto podemos aguantar ver a personas sufrir o incluso morir a causa de sus malas decisiones y/o de poderosas fuerzas reaccionarias que lo único que buscan es detentar el poder?

 

Exequiel Pérez López

Estudiante Lic. Administración, UNSE
Coordinador área formación, Federalismo y Libertad SDE
Santiago del Estero, Argentina