¿Qué nueva realidad es posible pensar para Cuba, más allá de los cambios que no cambian nada, que solo confirman el statu quo y desconocen lo que acontece a una sociedad y sus necesidades? Las razones para la revolución democrática.

“¡Ahora sí vamos a construir la revolución!” Con letras catástrofe así tituló la tapa del Granma, único periódico permitido en todo el territorio nacional, un día de 1987, cuando se cumplían 29 años de la revolución impulsada por Fidel Castro. Pasaron otros 30 años de aquella publicación y la sensación es la de estar en un presente continuo. El mundo ha cambiado. Cuba no. Ahora estamos a 62 años de ese particular proceso político que marcó a fuego la cultura política de América latina y le otorgó sentido y oportunidad a una corriente de izquierda autoritaria que aún en la actualidad lucha contra la democracia y las libertades. 

La novedad es que el hermano de Fidel, Raúl Castro, con 89 años sobre sus espaldas, deja su lugar en el único partido político legal que tiene la Isla, el partido Comunista de Cuba. El VIII Congreso partidario se desarrolló del 16 al 19 de abril bajo estrictas medidas de secretismo y seguridad. Raúl ya había delegado su poder en Miguel Díaz-Canel Bermúdez para presidir el país bajo la figura de presidente del Consejo de Estado de Cuba luego de las lecciones de 2018. Como detallamos en el libro Así se vota en Cuba, las elecciones son muy distintas a las que desarrollan los países democráticos. En estos últimos la soberanía popular emana de abajo hacia arriba, otorgando legitimidad a todos los cargos públicos del Estado. En cambio, en los regímenes totalitarios la soberanía popular es absorbida por una elite y su tránsito ahora emanará de arriba hacia abajo, a modo de imposición. En Cuba hay 8 millones 700 mil personas en el registro electoral, pero en los hechos hay un solo elector que decide todo, entre otras cosas, cuándo entra y cuándo sale del sistema político formal.

A propósito de esta novedad Carl Gershman, presidente de National Endowment for Democracy, publicó en Diario de Cuba un artículo muy interesante en donde detalla la convulsionada actualidad de la Isla y concluye que estamos “ante la primera posibilidad real de transición política”. Muchas veces se ha dicho esto, pero esta vez no hay dudas de que esa posibilidad existe. Las razones son las siguientes: en primer lugar, la pandemia ha afectado la gobernabilidad en todos los países de la región y los regímenes totalitarios no son la excepción. En segundo lugar, la economía centralizada y estatista cubana está en banca rota. Una economía ahora dolarizada con los peores salarios del hemisferio y con inflación en ascenso es una bomba de tiempo. Se profundiza la escasez de alimentos y el mal humor social imperante se percibe. Han crecido las protestas, de 42 en septiembre de 2020 a 159 de febrero 2021, según el Observatorio Cubano de Conflictos. La represión se ha intensificado y va dirigida al reconocido opositor Daniel Ferrer, a los artistas del colectivo afrocubano Movimiento San Isidro, a las activistas feministas que denuncian un crecimiento de los feminicidios, término que la Asamblea Nacional de Cuba se resistió a reconocer, a los grupos LGTBI, pero también a los que parecen elevar demandas menos incómodas como es el caso del emergente movimiento que impulsa medidas contra el maltrato animal. Cada una de estas acciones de violencia estatal fueron denunciadas por Stuardo Ralón, comisionado para Cuba de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Como ocurrió en la “primavera árabe” o recientemente en las protestas pro democracia de Hong Kong, toda esta efervescencia ciudadana se logró advertir en la innumerable cantidad de videos captados por los celulares en estos últimos meses. El sistema político cubano no puede digerir estas demandas de cambio, su estructura burocrática, centralizada y no democrática sigue fiel a los viejos machos de la revolución. Hoy la llamada revolución cubana es un museo de lo que realmente se entiende por patriarcado. Un Estado paternalista que no hace concesiones para no perder autoridad, que reproduce prácticas y normas para mantener ese estatu quo en cuya cúspide (cada vez más simbólica que fáctica) hay solo hombres viejos que fuman habanos con vestimenta militar y rememoran épocas doradas de fusilamientos y violencia revolucionaria. 

Ese Estado macho que supo acuñar e institucionalizar la frase “Patria o Muerte” ahora se sacude todo cuando un grupo de artistas dan a conocer una canción que la impugna con el título de “Patria y Vida”. El Congreso del Partido Comunista, el Consejo de Estado, la Asamblea Nacional monocolor se encuentran en una realidad paralela, ajena a lo que está pasando en la sociedad. Antonio Gramsci describió magistralmente esta situación en sus clásicas reseñas Notas sobre Maquiavelo. Se trata de una crisis de hegemonía cuando “una clase dirigente fracasa en una misión histórica”. Esta clase dirigente tuvo más de 60 años para implementar su modelo y todo lo que muestra la realidad es de una precariedad inmensa. La universalidad de la pobreza, la dependencia absoluta al Estado patriarcal, la asfixia y el acoso a las libertades individuales. En definitiva, se trata de una crisis de autoridad, los dirigentes hablan, hacen sus discursos floridos, pero sus pies tambalean porque solo generan indiferencia en la sociedad. En cambio, la canción “Patria y Vida” se propaga con más de 4.5 millones de reproducciones en Youtube como un verdadero himno a la resistencia en toda la Isla.

Esta novedosa situación lleva a decir al historiador y dirigente de la oposición Manuel Cuesta Morúa que en Cuba está en marcha un proceso de “autodemocratización de la sociedad”, un fenómeno irreversible que entra en tensión con las vetustas instituciones totalitarias que se desmoronan como las precarias casas sin mantenimiento de la Habana. 

En definitiva, podemos asegurar que aquella consigna que fue vaciándose con el correr del tiempo pero que, no obstante, sigue siendo utilizada por la elite totalitaria del “¡Ahora sí vamos a construir la revolución!” es apropiada y resignificada por el nuevo movimiento feminista, por los artistas del movimiento San Isidro, por los partidos políticos proscritos como UNPACU, Cuba Decide, Proyecto Varela, Otro 18, las Damas de Blanco, el colectivo LGTBI o la juventud que integra el movimiento animalista. El “¡Ahora sí vamos a construir la revolución democrática!” es la nueva consigna que empieza a desplegar todo su potencial emancipador y que al hacerlo interpela a toda una elite totalitaria que ya no puede ofrecer otra cosa que no sea reacción y represión.

 

Leandro Querido. Licenciado en Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires, Argentina. Se especializa en sistemas electorales y Observación Electoral. Es Director Ejecutivo de Transparencia Electoral de América latina. Recorrió el continente siguiendo las elecciones de la región. Es autor del libro “Así se vota en Cuba”.