Las próximas elecciones estatales en México podrían significar un punto de inflexión en el futuro político del país, en tanto se disputan en ella espacios esenciales entre los partidos tradicionales y el nuevo partido gobernante. ¿Por qué esta elección genera nerviosismo entre los partidos políticos tradicionales?

Para tomar dimensión de la importancia de estas elecciones es necesario repasar el quién es quién y cuál es el objetivo por el que compiten. Los partidos son el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Partido Acción Nacional (PAN) y el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), y el premio que disputan son los escaños legislativos a nivel nacional y estatal y las gobernaciones en 15 de los 31 Estados mexicanos. En la actualidad, 11 son gobernados por el PRI, 9 por el PAN y 6 por Morena.

Dentro del grupo de 15 Estados que deben renovar sus gobernaciones en las elecciones intermedias, MORENA se juega sólo 1 gobernación (Baja California) de las que detenta actualmente, mientras que sus competidores tienen muchas más posiciones en riesgo: el PAN 4 de las 9 que posee (Baja California Sur, Chihuahua, Nayarit y Querétaro) y el PRI hasta 8 de las 11 que obtuvo en 2014 (Campeche, Colima, Guerrero, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Tlaxcala y Zacatecas). Queda claro que es el partido del gobierno nacional, MORENA, quien tiene la ventaja en estas elecciones en tanto tiene mucho por ganar y no arriesga mucho en el intercambio. Además, aprovechando el clima de agotamiento con la política tradicional presente en la población y el viento favorable que arrastran luego de la victoria en 2018, aunque menguado por la gestión de la pandemia.

Para conocer qué rol jugarán en estas elecciones, es necesario caracterizar a estos 3 partidos.

El PRI, si necesitara aún alguna introducción, se creó con el fin de continuar la revolución de principios del siglo XX más allá de sus hacedores y cumplió con creces dicho objetivo, en tanto retuvo entre los años 1930 y 2000 la presidencia del país y muchas gobernaciones hasta inicios de los ‘90. Representa entonces al mismo tiempo una de las maquinarias electorales más aceitadas de la historia y también un símbolo de la corrupción y el prebendismo, resultado de las prácticas a las que incurrió para sostener esa hegemonía.

El PAN, que nació en 1939 como respuesta al incipiente dominio del PRI, es el partido por excelencia de la derecha cristiana, identificado desde un principio con las ideas de desarrollismo industrial en contrapunto con la revolución nacionalista del PRI, asumió prontamente la representación de las élites y una postura política abiertamente conservadora. Durante las décadas de hegemonía priísta se vio relegado a la oposición y obtener alguna gobernación ocasionalmente, pero desde la década de 1990, a partir del agotamiento del modelo electoral del PRI y un crecimiento en las elecciones locales, logró construir el poder que lo llevó a obtener dos presidencias consecutivas, entre los años 2000 y 2012.

Si buscamos enseñanzas en la historia de estos dos partidos tradicionales podemos señalar que la cultura política mexicana, en conjunto con su sistema electoral y el mandato presidencial de 6 años, tienden a beneficiar (más de lo habitual) a los partidos gobernantes en tanto les permiten acceder a un considerable financiamiento y a incidir sobre los organismos electorales. Como resultado, un partido puede construir un dominio político de 12 años tan solo con jugar las cartas en su mano en forma segura. Es por ello que, como una especie de acto-reflejo, luego de cada elección ejecutiva sigue un resurgimiento de propuestas de Reforma Política, el partido que terminaba segundo recurría a resaltar los vicios del sistema político para poner en cuestionamiento los resultados, haciendo especial foco en las ventajas que los oficialismos obtienen de la influencia en los organismos electorales.

La novedad en esta oportunidad es que es el partido gobernante quien pide una reforma y la ha transformado en el principal tema de la agenda política de cara a las siguientes elecciones. ¿Por qué se produce este cambio de dinámica? Para acercarnos a las respuestas que buscamos, primero debemos caracterizar al partido que encabeza el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO).

El partido MORENA existe como tal desde el año 2011, formado para acompañar la campaña presidencial de AMLO en el año 2012. Ideológicamente identificado con los movimientos de izquierda y de base obrera en México y la región (forma parte del Foro de Sao Paulo), mantiene de sus orígenes como movimiento social un discurso “anti-político” en tanto se reconoce como contrapunto de los partidos tradicionales, gracias a esta discursiva encuentra una veta de representación ante el desgaste de los otros partidos casi centenarios frente a la ciudadanía.

Esta identificación como partido “rupturista” le permitió durante el último año imponer la Reforma Política en el principal tema de las elecciones de medio término, presentada como un paso proactivo del gobierno, el cumplimiento de la premisa “anti establishment”. Las principales propuestas de la Reforma son la austeridad económica, limitando el financiamiento a los partidos, y la eliminación de la figura de los legisladores plurinominales, cuestionados por la ciudadanía por considerarse redundantes y poco representativos.

Con estas dos propuestas, el gobierno de AMLO parece impulsar una reforma basada en encuestas y el pedido de la ciudadanía por recortar el gasto político, algo que en principio pareciera ser positivo, aunque bien podría esconder detrás de esa apariencia la intención de asestar un golpe a los partidos tradicionales. No sólo se estaría recortando su financiamiento público, sino que, tan cerca de las elecciones de 2021, estos partidos atravesarían una elección definitoria para su futuro inmediato con recursos considerablemente menores.

El valor específico de las elecciones de 2021 se explica porque se encuentran en disputa los últimos escaños y gobernaciones que siguen en manos del PRI y el PAN luego de la holgada victoria nacional de MORENA en 2018, y su pérdida puede resultar en un alejamiento de toda posibilidad cercana de retornar al poder ejecutivo y la consolidación de una nueva hegemonía de MORENA. Como ventaja adicional, estos últimos podrían conformarse como partido mayoritario sin necesidad de sostener la coalición electoral de 2018.

Otra preocupación presentada por los expertos en el tema hacia la eliminación del financiamiento público a los partidos es la fuerte relación que ya existe entre la política y el dinero del narcotráfico, que se transformaría en una mayor tentación ante la necesidad de sostener la política partidaria y la falta de financiamiento privado legal.

Sería simplista dividir la cuestión de la reforma política en propuestas “buenas” y objeciones “malas”: Todo proceso de reforma política debe ser juzgada en su debido contexto, y la antesala de una elección de medio término, en un escenario de pandemia global, no parece ser un momento oportuno. Por el contrario, pareciera ser un intento del gobierno nacional de aprovechar el viento de cola de las elecciones de 2018 para introducir una reforma a medida, obedeciendo al humor social actual y no a resolver problemas estructurales de larga data.

Los partidos tradicionales, por su parte, no están exentos de responsabilidad sobre la crisis de representación política de la que fueron artífices ni sobre las fallas institucionales sobre las que se sentaron cómodamente en tanto les fueron beneficiosas. Si ahora se oponen a esta reforma, poco parecen influir sus problemas de diseño en comparación al hecho de que se vean como principales perdedores inmediatos.

¿Necesita el sistema político de México una reforma? Probablemente sí, pocos podrían negarlo. ¿Es esta la reforma que necesita? Probablemente no. ¿Es este el modo y el momento de hacerlo? Rotundamente no. La reforma electoral debe surgir del consenso entre todos los partidos nacionales, la opinión de los expertos académicos y la intervención de la sociedad civil y la ciudadanía mexicana, quienes aportarían su experiencia gracias a su estupendo e incansable trabajo en esta y muchas áreas, y no pueden ser desoídos en este proceso.

Debería México, sus ciudadanos y su dirigencia dejar pasar la tentación de introducir una reforma a medias, producto de tiempos inciertos y un gobierno que siente que fue elegido para reformar, abriendo la posibilidad de una nueva reforma cada vez que uno nuevo lo sienta. Sería mejor entonces unirse en la tarea de trabajar en una reforma virtuosa de su sistema, y reformar el sistema para elegir a sus dirigentes.