Imagen creada durante la campaña. (INVENTARIO)

“Nacer en Cuba ha sido mimetizarme en esa ausencia del mundo al que nos sometemos. No he aprendido a usar una tarjeta de crédito, no me contestan los cajeros. Un cambio de avión de país en país puede descontrolarme, dislocarme, dejarme sin aliento. Afuera me siento en peligro, adentro me siento confortablemente presa.

 No sé en qué momento permití que me quitaran todo y me dejaran sola, desnuda, con el Diario en una mano y un carmín en la otra, tratando de colorearme la boca de un rojo que parece demasiado subido para esta edad indefinida.”

Estas fueron las palabras que usó la escritora cubana Wendy Guerra en su libro “Todos se Van”, donde relata a modo de diario íntimo la infancia y adolescencia de la protagonista. Entre “despedidas afectivas” e incertidumbre, La autora cuenta, ni más ni menos, la realidad de una vida marcada fuertemente por la matriz política del Estado cubano.

Si bien la novela transcurre en los años 70 y 80, paradójicamente, no dista demasiado de lo que se vive en la actualidad. El pasado 8 de diceimebre #TodosSeVan fue el hashtag que causó conmoción entre los usuarios cubanos de la red social Twitter. Lo que empezó como un tweet más, sobre una despedida más, se replicó en minutos. En una suerte de efecto dominó, la etiqueta había invadido twitter y se había convertido en un listado sin fin de ausencias en la isla. Algunos se encontraban a sí mismos alejados físicamente de sus raíces y de su gente, otros simplemente recordaban con nostalgia a todos aquellos que se vieron obligados a partir. En solo un día, el proyecto Inventario reconoció la referencia a 362 emigrantes cubanos.

“No sé en qué momento permití que me quitaran todo y me dejaran sola…” los vacíos en la isla no se limitan a quienes se marcharon. “La carne de res se fue. El puré se fue. El café se fue. El dinero se fue. La langosta se fue. La leche de los niños se fue. Los medicamentos se fueron. Los médicos se fueron. También se fueron los centrales y los barcos pesqueros. Queda la miseria” decía uno de los tweets que nos recuerda constantemente las carencias que se viven en el suelo cubano.

La lista recorre desde el vecino que encontró motivos suficientes para irse, hasta la democracia misma, como si habláramos de una serie de casilleros en blanco.

A lo largo del debate que se generó alrededor del hashtag #TodosSeVan encontré quienes justificaban esta situación argumentando que eran números relativamente bajos o que “migrantes han existido siempre”. Según los últimos datos de la ONU en 2017, Cuba presenta un total de 1.558.312 emigrantes reconocidos, que supone un 13,74% de la población del país. Con respeto al segundo justificativo, es verdad, la migración en Cuba y en el mundo es un fenómeno que data ya de hace tiempo. Pero, por otro lado, encuentro un factor que no puedo pasar por alto: en su mayoría quienes opinamos (ya sea a favor o en contra del régimen) lo hacemos desde afuera, no somos más que espectadores. Observamos desde la comodidad de nuestros hogares, con la certeza prácticamente intacta de que ese acto, casi de valentía, que implica tomar el atrevimiento de pensar libremente no va a ser un obstáculo en nuestros trabajos, para nuestras familias o en nuestra vida en general. No existe tal temor.

Si me preguntaran, yo no podría afirmar si fue una campaña exitosa de concientización o simplemente el azar. Una vez más las redes sociales se convierten en el campo de batalla. Lo único que no puedo omitir es que esta realidad existe, en Cuba todos (los que pueden) se van, a nadie le gusta vivir a la sombra de un régimen autoritario y esta es solo una forma más de resistir mientras se vive confortablemente presa.