El caso de Jorge Enrique Rodríguez y los múltiples puentes tendidos con la sociedad civil muestra la potencia transformadora de los lazos humanos convocados que van mucho más allá de la dimensión puramente personal e individual para convertirse en el germen de la acción política.

En la madrugada del 29 de junio pasado Jorge Enrique Rodríguez, poeta, promotor y periodista independiente cubano, fue detenido por la policía. La noticia de su detención tardó un día en llegar a los amigos, entre los que me cuento, y a las redes sociales. Entre las primeras reacciones, marcadas por la sorpresa, la molestia y la impotencia, estuvo la llamada de un amigo común que, al comunicarse, me dijo: “Es Jorgito, ahora sí es personal.” Así nos lo tomamos quienes los conocemos. Y como somos tantos, y Jorgito es un hombre cuya trayectoria lo ha llenado de amigos y de conocidos que lo respetan por su rectitud y por su capacidad de diálogo sin ambages, cinco días después había salido del centro de detención, donde se encontraba esperando juicio sumario, con solo una multa.

Varios artículos se han publicado sobre el caso de Jorge Enrique Rodríguez, de modo que no profundizaré en las circunstancias particulares de su breve recorrido por el sistema penal cubano. Intentaré reflexionar más bien sobre las dinámicas que se articularon para lograr su liberación. No son completamente personales porque extienden la empatía más allá del círculo de amigos y colegas, pero lo personal es un camino al entendimiento de qué significa la solidaridad que nace de la sociedad civil y que no necesita de agendas ni grupos políticos para sostenerse. Primeramente, porque siempre es personal para alguien cuando cualquier ser humano es privado de sus derechos. Lo fue para la familia y los amigos de Roberto de Jesús Quiñones, para la de Silverio Portal y para los tantos acosados, reprimidos y encarcelados por el régimen cubano. Por otra parte, porque ese “personal” puede extenderse más allá de la afinidad y el parentesco. Es de eso de lo que la solidaridad trata, de una red constituida de lazos de afinidad ampliados a través de la sensibilidad y la empatía.

En términos concretos, la campaña por la liberación de Jorge Enrique Rodríguez consistió en la creación de una campaña en change.org[1], que recogió en dos días 2114 firmas; una carta a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y a la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos de la ONU, firmada por 48 organizaciones de dentro y fuera de Cuba, pidiéndoles posicionarse respecto al caso[2]; y la creación de un grupo en Facebook donde organizar la información, replicar los reportajes de medios periodísticos y compartir las expresiones de apoyo que iban apareciendo.

Esta es, sin embargo, solo la parte visible de un esfuerzo que en términos organizativos involucró a un grupo de personas concretas y en una escala más amplia, una red mucho mayor que firmó en change. org, compartió artículos, dio su opinión personal y contó en primera persona quién es Jorge Enrique Rodríguez y por qué su encarcelamiento no podría ser otra cosa que una injusticia.

La solidaridad que despertó el caso, tocó personas y grupos que usualmente no participan o se posicionan sobre casos similares en Cuba. Los casos de represión, el asedio al periodismo independiente o la violencia policial (entre otros), suelen ser pasados por alto por ejemplo en sectores de intelectuales y militantes de izquierda en Latinoamérica. Es un “pasar por alto” que se muestra muchas veces como apatía, una apatía que esconde un tácito acuerdo sobre la superioridad del sistema cubano sobre el resto de Latinoamérica, y que hace que todo hecho injusto sea minimizado o remitido al error, la excepción o lo anecdótico, pero muchos que pueden identificarse dentro de ese segmento, cruzaron el muro de la apatía y se sumaron a los reclamos por la liberación de Jorge Enrique Rodríguez. Esto se debió en parte a que su personalidad es de esas que tienen la capacidad de generar empatía. Un hombre negro, intelectual a la vez que representante de barrio, cuyo lenguaje se mueve entre la abstracción poética y el refrán popular, investigador de temas escasamente tratados y por lo mismo tremendamente necesarios de la realidad cubana, no da pie para las usuales racionalizaciones que justifican el distanciamiento acrítico de buena parte de esa izquierda latinoamericana.

Otra razón es probablemente la manera en que fue concebida la campaña. No podría decir si con esa intención o no, pero lo cierto es que la forma en que fue explicada la necesidad de la liberación inmediata de Jorge Enrique no estuvo acompañada de los acostumbrados gritos e improperios que llenan las redes sociales cuando se debate sobre Cuba, sino que adquirió de inmediato un tono de argumentación. Quién es, cuál es su obra, por qué es importante para el resto de la sociedad y por qué, por tanto, debía ser liberado de inmediato. Hay un poder de convencimiento en el argumento, en particular cuando se trata de un argumento autoevidente. El reclamo se vuelve así más difícil de descalificar.

Una característica relevante de la articulación generada para impulsar la campaña por la liberación fue la conciencia de realizarla desde la sociedad civil y no desde el apego o seguimiento de una agenda de algún grupo político. En algún punto esa diferenciación se volvió explícita, no tanto en la construcción de una línea insalvable sino en la discusión de qué es lo que las diferencia. La solidaridad es sin duda acción política. Lo es porque apuesta a una forma particular de construir lazos y de posicionarse frente a la vida social desde principios básicos como la sensibilidad y la empatía, principios sin los cuales el tejido social mismo no podría existir, pero no es política en el sentido de servir a un propósito ulterior o a los juegos de la toma y la contestación del poder.

Esto no significa, sin embargo, que se agote en la reacción frente a la injusticia. Se trata más bien de que se ancla, preferencialmente, en la reacción frente a la injusticia, y construye alianzas desde esa posición. Hoy día, esas alianzas tienden a ser establecidas a partir de líneas de confluencia. Por su labor como periodista, se convocó a los periodistas; por su vocación como poeta, a artistas y escritores; por su condición de hombre negro, a organizaciones antirracistas; por su situación de objeto del abuso policial y la represión, a los que han pasado o están en riesgo de pasar por una situación semejante. Esta manera de convocar las alianzas es natural, considerando la tendencia de los agrupamientos actuales de la sociedad civil.

Sin embargo, esta lógica tiene una deriva fragmentaria de impulso entrópico que, en el caso de la campaña por la liberación de Jorge Enrique Rodríguez pudo evitarse al insistir en que el ataque contra los periodistas independientes no es solo un ataque sobre ellos sino sobre la sociedad toda, al privarla de imágenes necesarias de la realidad que no están incluidas ni permitidas por las pretensiones de narrativa única que practica el Estado cubano. Más allá de este episodio particular, sin embargo, es algo que merece ser atendido. La deriva fragmentaria a la que me refiero está implícita en lo que podríamos llamar “solidaridad selectiva”, una solidaridad que reniega de sí misma, al limitar la posibilidad de la empatía solo a los semejantes y los cercanos, y se explicita a veces en la negación a que los problemas de un sector determinado sean tratados por miembros de otro sector.

Por ejemplo, el propio Jorge Enrique ha recibido críticas por ser hombre y tratar en sus reportajes periodísticos el feminicidio y la violencia hacia la mujer. Según estas críticas, los problemas de las mujeres no le corresponden. Pero es justamente la sensibilidad y la capacidad de moverse de su posición hacia experiencias de otros, de dejarse tocar por las historias que cuentan, de hacerse conducto de sus voces, lo que es necesario en este mundo, cada vez más lleno de compartimentos y cercados. Esos reportajes son, en el mismo sentido que he utilizado para hablar de la campaña por su liberación, solidaridad en el alcance amplio y político de la palabra.

Cuando Jorge Enrique Rodríguez fue liberado el sábado 4 de julio, a la alegría y el alivio le sucedió de inmediato la reflexión sobre concluir la campaña o continuarla y, en caso de hacerlo, de qué forma. La decisión de seguir, enfocándose en otros casos que pudieran entrelazarse con el de Jorgito a partir de líneas de similitud, demuestra que la solidaridad no es reactividad y puede -y debe- ser consciente de sus alcances.

Desde entonces, el grupo inicial de amigos, cuyos oficios incluyen la investigación, el periodismo y la escritura, se convirtió en Libertad Cuba Lab[2]. Libertad Cuba Lab es, casi un mes después, un colectivo que recaba esfuerzos y colaboración para solidarizarse y demandar la liberación de cubanos que se encuentran ahora mismo afrontando el peso de la injusticia estatal dentro de la isla: Roberto de Jesús Quiñones, poeta y periodista que cumple ya diez meses de la condena a un año trabajo correccional con internamiento por el supuesto delito de “resistencia” y “desobediencia”; Keilylli de la Mora Valle, activista de la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), sancionada a un año y seis meses de privación de libertad por los supuestos delitos de “propagación de epidemias”, “desacato”, “atentado” y “desobediencia”; y Silverio Portal Contreras, opositor, condenado a cuatro años de privación de libertad por los supuestos delitos de “desacato” y “desorden público”. Los tres casos comparten, a pesar de las diferencias circunstanciales, una serie de constantes que se repiten en la aplicación de la justicia en Cuba: las irregularidades y contravenciones del proceso legal, la discriminación por razones políticas, el exceso en la sanción y la nula atención a los requerimientos de organizaciones diversas que, en los tres casos, han pedido la revisión de las sentencias.

También por esas constantes que se asoman a través de los casos particulares, Libertad Cuba Lab es un laboratorio de ideas donde se habla, entre otras cosas, de campañas de sensibilización, de solidaridad, de la necesidad de humanizar los rostros de las víctimas de un sistema criminalizador y silenciador del cuestionamiento y la diferencia, y de los desafíos ineludibles que impone crear una red de alianzas. Pero se habla también de la urgencia de repensar y debatir las condiciones que hacen posible la existencia de estos y tantos otros casos semejantes. Y por supuesto, porque la realidad cubana lo impone, ello incluye el abuso policial, la criminalización de la diferencia política, la violencia de género y la desigualdad racial.

Cuando hace unas semanas escribía sobre cómo el encarcelamiento de Jorge Enrique Rodríguez nos había hecho reunirnos, decía: “Jorgito no está solo. Somos muchos detrás de su huella. Somos muchos respirando con él cada minuto que está encarcelado y dedicándose a lograr que regrese a donde pertenece, con nosotros, con ese nosotros plural, extenso, múltiple. Y no es solo por él; es también por todo lo que él significa: periodista independiente, ciudadano arrebatado de sus derechos, una víctima más del aparato represor del gobierno cubano. Pero es también por él, porque es, definitivamente, personal.” Añadiría ahora, semanas después, que también es personal porque es por otras y otros; porque el gesto de la solidaridad, y el compromiso con sus consecuencias, puede convertir en parientes a los desconocidos. O quizás sea mejor decir, porque puede permitirnos reconocer que, aunque no los conozcamos, aquellos a quienes nos unen los hilos de la solidaridad, son nuestros parientes.

 

[1] https://www.change.org/p/alta-comisionada-derechos-humanos-onu-libertad-ya-para-jorge-enrique-rodr%C3%ADguez?utm_content=cl_sharecopy_23199502_es-AR%3A0&recruiter=655204595&utm_source=share_petition&utm_medium=copylink&utm_campaign=share_petition&fbclid=IwAR1WbSpnhROdXTJ0ZK969ehJxFHt9N-o4k8HrQ-3xoI9kTOIbEYoS0zwACM

[2] https://diariodecuba.com/derechos-humanos/1593789032_23541.html

 

Hilda Landrove

Cubana, de profesión maestra, se ha dedicado durante años al emprendimiento social y cultural y más recientemente a la investigación académica en temas de antropología. Actualmente es doctorante en Estudios Mesoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México.