Existen momentos históricos en la vida de individuos, familias, sociedades, países y regiones enteras en los que el contrato social se pone en duda y es cuestionado. Este contrato social corresponde a los valores que priman en las colectividades, las formas en las que las personas interactúan, las instituciones formales, informales, públicas y privadas que organizan la vida en sociedad, y demás convenciones sociales que construyen y permiten nuestra ‘normalidad’. Por ejemplo, la Segunda Guerra Mundial fue un momento histórico que tuvo como resultado la reconfiguración de un nuevo contrato social que modificó nuestros sistemas económicos, políticos, financieros, productivos, y tecnológicos después de una estela de muerte y destrucción.

Hoy por hoy la humanidad, como nunca antes en la historia desde que se tenga registro, enfrenta un momento histórico que cuestiona el contra social que hemos considerado como ‘natural y objetivo’ debido a la pandemia del COVID 19. Las pérdidas humanas crecen sistemáticamente debido al ritmo de contagio, el desbordamiento de los sistemas de salud, y las limitaciones tecnológicas y económicas para contener el virus. Como resultado, hasta el momento, la única opción para ralentizar el número de contagiados, muertos y el colapso de los sistemas sanitarios ha sido que gran parte de la humanidad ha tenido que entrar en cuarentena y confinamiento. En otras palabras, ante este virus la única alternativa viable que el ser humano ha encontrado ha sido volver a las ‘cuevas’ de las cuales salió para ‘dominar a la naturaleza’ 2000 millones de años atrás.

Sin duda alguna las decisiones políticas y técnicas para encontrar una vacuna o tratamiento para salvar vidas, recuperar económicamente al sistema mundial que ya está en recesión, y proteger a los más vulnerables es lo mas apremiante. Para ello se requiere cooperación, dejar a un lado las mezquindades, y priorizar lo verdaderamente importante. Sin embargo, a pesar de la tragedia este contexto histórico es una nueva oportunidad para configurar un nuevo contrato social y construir una nueva normalidad para toda la humanidad mucho más sostenible, democrática, equitativa, solidaria, y eficiente que la que está desapareciendo.

En primer lugar, nuestra relación con el medio ambiente y los diferentes ecosistemas es insostenible. Esta crisis sanitaria a nivel planetario es un claro ejemplo de esta relación destructiva y depredadora. El nuevo contrato social tiene que priorizar la sostenibilidad ambiental como eje transversal de las relaciones sociales y productivas. Comenzando por diseñar políticas públicas nacionales e internacionales que combatan las fuentes del cambio climático.

En segundo lugar, la economía mundial y el sistema productivo deben dar un giro de 180 grados para depositar en el basurero de la historia los dogmatismos neoliberales y socialistas centrándose en una eficacia humanista. La misma debe permitir construir sociedades sostenibles ambientalmente, con los instrumentos tecnológicos que maximicen la eficiencia, y sin dejar a nadie atrás. Para ello, la digitalización de la economía es un instrumento formidable. Sin embargo, como todo instrumento para que además de eficiente genere equidad, debe existir la decisión política de incluir a los históricamente excluidos para que sean incorporados a sus beneficios y no sean simples engranajes explotados de una aplicación móvil. Precisamente las personas consideradas como ‘low skill jobs’y que el contrato social moribundo ha condenado a la miseria son quienes mantienen al mundo funcionando y a salvo. Recogedores de basura, cajeros, choferes, repartidores, agricultores, campesinos, entre otros junto a médicos, enfermeras, policías y militares están salvando millones de vidas mientras lees estas líneas.

En tercer lugar, la nueva normalidad no debe considerar como parte del paisaje rural o urbano la mendicidad, niños sin estudiar, ancianos sin seguridad social, jóvenes sin oportunidades, y sociedades enteras sumidas en la pobreza mientras la riqueza se concentra en pocas manos. Los mecanismos, procedimientos, el diseño de políticas públicas, y los grandes acuerdos macroeconómicos internacionales para llevarlo a cabo implicarán una serie de instrumentos técnicos, pero la decisión de hacerlo es una decisión política en beneficio de la humanidad.

En cuarto lugar, la globalización está amenazada por el confinamiento y el cierre de fronteras. Sin embargo, gracias a la misma la humanidad a pesar de estar encerrada entre cuatro paredes puede tener comunicación inmediata. Por lo tanto, la globalización que surja del nuevo contrato social debe ser una globalización incluyente, no solo una globalización financiera, sino una que integre a migrantes, trabajadores, grupos étnicos, culturales, y minorías sexuales. En otras palabras, la globalización debe reafirmarse, pero con un sentido humano; dado que alternativas como el proteccionismo, xenofobia, nacionalismo económico, chauvinismo, o estatismo pueden ser cantos de sirena para multitudes asustadas y desorientadas.

En quinto lugar, los sistemas políticos a nivel nacional e internacional deben reinventarse. La corrupción, la falta de transparencia, la ineficacia burocrática, así como la deslegitimación de los sistemas de representación caducos, y los partidos políticos deben ser sepultados junto al contrato social moribundo. Si los actores sociales, políticos, y diferentes organizaciones de la sociedad civil que verdaderamente respetan los derechos humanos, la democracia, y la justicia social no se reinventan, se abre el camino para populismos y extremismos que ofrecerán una falsa seguridad ante la incertidumbre que se avecina. Sin duda alguna la utilización de la tecnología y las comunicaciones para gobernar, consultar a la ciudadanía, y generar transparencia son fundamentales. Sin embargo, al igual que en la economía estos solo son instrumentos que dependerán de la calidad de los liderazgos, los concesos entre diferentes posturas, y la eficacia de las soluciones propuestas a los problemas colectivos.

Finalmente, la situación que enfrenta mi país, Ecuador, es una de las más dramáticas en la región en términos de personas contagiadas y fallecidas, especialmente en la provincia del Guayas. Las razones de esto serán analizadas posteriormente, hoy por hoy, la unidad, la solidaridad, y la eficacia entre el Estado, la sociedad civil, y el sector privado es lo fundamental que requerimos los ecuatorianos para superar esta tragedia. Ecuador, así como toda la humanidad, enfrenta un dilema histórico que solamente aparece por eventos extraordinarios. Existen dos alternativas ante esta tragedia: Nos levantamos de esta tempestad y seguimos con la misma realidad, sin aprender la lección; o nos levantamos y construimos un nuevo contrato social, una nueva normalidad. Porque la disyuntiva no es levantarse o no, la humanidad lo va a ser, la clave radica en que este momento histórico no solo sea una tragedia, sino una NUEVA OPORTUNIDAD.